Mario A. Malpartida Besada
DOS historias paralelas se pueden distinguir en Shensel. La Expiación del mal, (Lima, Apogeo Editorial, 2019), como trataremos de demostrar. Pertenece al escritor huanuqueño Jhonn C. Medina Olivas, casi novel en estos menesteres, pues su obra está precedida de apenas una anterior, Roma oma et (1918), criptográfico título que hay que leerlo al revés. Precisamente, por ese recorrido breve y sin apremios en su vida literaria es que la presente novela causa una grata impresión.

El eje narrativo tiene que ver con la vida del adolescente Wagner, víctima de la violencia, el maltrato familiar, la discriminación, el abuso, la marginación, la injusticia, el desprecio. Todo ello en el seno de su propio hogar y motivado por su opción sexual. Su correlato está relacionado con los vericuetos de la administración de justicia y los artilugios de un abogado inescrupuloso para manejar los argumentos de acuerdo con sus intereses, para lo cual no le importa subvertir lo correcto y lo justo.

En el medio de estos planos narrativo se encuentran los entretelones del Club Shensel, al comienzo, aparentemente, una digresión inoficiosa, pero que cobrara relevancia y justificación al final, cuando quede al descubierto la misteriosa personalidad de Shensel, promotora del club, y su insólita relación con Wagner. El develamiento de este dato escondido será el punto de convergencia de la historia y, al mismo tiempo, producirá un efecto contundente, enteramente verosímil en nuestros tiempos, pero que podría provocar cierta polémica en su apreciación, agravado por un final ciertamente truculento.

Los escenarios geográficos son La Primaveral (alusión a Huánuco), ligera mención a la Gris (alusión a la capital) y Smok City (alusión al smog de las grandes ciudades industrializadas, acaso como una alegoría del progreso ya que uno de los personajes retorna de aquella ciudad con evidentes muestras de vida exitosa) que, en ese orden, reflejarían el peregrinaje de huida de Wagner de sus acosadores, representados por el hermano mayor (Wady) en contubernio con  su propia madre (Wanda) y la cuñada (Katy). Estas últimas toman partido por el violador y empujarán a Warner hacia un final violento y catastrófico, luego de haber sido absorbido por la vida nocturna, el trago y las drogas.

Sus veinte capítulos transcurren en secuencias no necesariamente cronológicas y, además, van hábilmente apuntaladas por raccontos y analepsias, para completar los datos que, en las narraciones mayores, aparecen sugeridas o, aparentemente, desestimadas. Los hechos, omitidos adrede, serán recuperados e insertados en páginas sucesivas y agregarán graves explicaciones a las conductas de sus personajes. Dicha estrategia, propia de la novela, rompe el facilismo lineal de la historia y siembra el asombro en el lector porque le pone al tanto de  escabrosas interioridades en el pasado de la familia. Todos estos ingredientes, y otros de similares impactos, van insertados dentro de la estructura narrativa y ponen en evidencia la habilidad y oficio del autor.

El capítulo inicial es una suerte de panorama general de los acontecimientos. Primero nos remite directamente al clímax de la  historia, la manera de  un comienzo in media res,  y luego da referencias de otros episodios que serán desarrollados en la novela: el violador ha sido apresado, hay “indignación” en la esposa y la madre, a pesar de conocer la conducta del acusado; desafecto familiar, resentimiento de los hijos, un abogado inescrupuloso que pregona conocer jueces  corruptos, la víctima abandona el hogar y la familia. En ese marco, otros indicios ubican a la familia protagonista como perteneciente a la clase media baja (parte de ella ha descendido a la miseria), que vive al margen de la moral y de las leyes, envuelta en conflictos policiales y, más aún, con antecedentes de promiscuidad entre sus miembros.

Dentro de ese contexto el autor, abogado de profesión, se comporta como pez en el agua relatando el teje y maneje en el ámbito del derecho y aprovecha para denunciar la existencia de algunos profesionales carentes de ética. Estos caen en prácticas conocidas, como sorprender a la familia de los acusados solicitándoles dinero supuestamente en nombre de fiscales y jueces. Asimismo, describe los diversos procedimientos legales y usa como recurso que coadyuve a la narrativa textos íntegros de la documentación judicial, con sus formatos y terminología correspondientes.

En una especie de alternancia binaria aparecen los capítulos dedicados al Club Shensel, toda una sensación instalada así de pronto en la ciudad, principalmente a su promotora que es la que da nombre al club. Ella es descrita como poseedora de todos los encantos imaginables a una mujer bella y exitosa. Su capacidad expresiva y desenvoltura la muestra como una mujer de enormes cualidades para conducir por el camino del éxito a las futuras modelos y cosmetólogas. Su perorata es de carácter convincente –tipo autoayuda- y revela a un autor que se ha metido en el personaje y que ha estudiado toda la monserga pertinente. Una de las asistentes más aprovechadas y reconocida al final del ciclo será Ángela, nada menos que hija de Wady, circunstancia nada casual porque funcionará, a la manera de un gran vaso comunicante,  en los capítulos finales, cuando se produzca la revelación acerca de quién es realmente Shensel. Llegado ese momento, el lector comprendará el porqué del rol protagónico asignado a este personaje a través del título, a pesar de su casi ajena participación dentro de meollo del asunto.

Shensel. La Expiación del mal es una novela de gran desarrollo, con muchas aristas a contemplar. Sin embargo, la naturaleza y brevedad del presente artículo impiden mayor amplitud en el comentario. Enhorabuena para Jhonn C. Medina OIivas por este significativo paso en su trayectoria literaria.