Germán Vargas Farías

Ayer, mientras esperábamos el inicio del taller sobre Disciplina Positiva que estamos facilitando en Huánuco, una de mis colegas me contó el caso de Berta, una de las miles de mujeres afectadas por los desastres ocurridos recientemente en nuestro país.

Berta es una mujer que aparenta unos 35 años de edad -posiblemente tenga menos- que llegó a Lima a fines de los noventa siendo adolescente. Hoy tiene tres hijos pequeños fruto de su relación con Daniel, un paisano suyo a quien conoció cuando ella vendía comida en un puestito del mercado en el barrio donde vivía.

Consiguieron un terreno en Carapongo y allí transcurrían sus vidas, tranquilos pero no exentos de sobresaltos. El año pasado, la noticia del embarazo de Berta no fue la más feliz para la pareja pero tampoco se contrariaron. Tenían dos hijos ya, un varón de 8 años y una mujercita de 4, y solo era cuestión de acomodarse. Los trabajos eventuales de Daniel y el esfuerzo de Berta por generar ingresos a través de diversas actividades, no alcanzaba para gozar de las comodidades que deseaban para ellos y sus hijos, pero –eso decían- podían comer y ganarse la vida honradamente.

Estaba entrando al sexto mes de embarazo cuando, a partir de un examen rutinario, el médico tuvo la sospecha de que algo andaba mal en la salud de Berta. Le recomendó entonces exámenes adicionales que confirmaron lo que temía: cáncer. Era urgente tomar decisiones y la más grave fue inducir el parto.

Lo que dijo el especialista fue que debiendo recibir quimioterapia, el feto no podía ser expuesto. Se actuó con rapidez y el bebé nació prematuramente. Necesitado de calor y alimento especial, su madre le brindó lo primero pero no pudo amamantarlo. Los medicamentos que le habían prescrito e ingería constituían un riesgo para el recién nacido.

Pese a todo, la vida de Berta y su familia marchaba mal que bien, y su esposo redoblaba esfuerzos para afrontar la difícil situación con el apoyo ocasional de algunos familiares y vecinos. Pasaron cuatro, cinco semanas, hasta que sobrevino el desastre. Para Daniel fue entonces más complicado trabajar, la ayuda se encogió pues sus ayudadores de antes también habían sido afectados.

Preocupado por el alimento especial que requería su bebé y por la apremiante necesidad de medicina para su esposa, Daniel alargó su jornada laboral. Todo trabajo era bueno si le permitían unos soles más de ingreso. Pero no alcanzaba.

Mi amiga conoció a Berta cuando siendo parte del equipo de Paz y Esperanza que atiende la emergencia, le escuchó pedir cada vez que llegaba a la zona, el alimento especial que requería su hijo prematuro. La plata no alcanzaba y Berta había optado por postergar su apremio por  medicina. La prioridad para ella era el alimento para sus hijos.

Berta es una de esas madres que decide canjear su vida por las de sus hijos e hijas. He conocido muchos casos como el de ella, y siempre me han conmovido sus historias y gestos extraordinarios.

A poco de celebrarse el Día de la Madre quise compartirles lo que mi amiga me contó sobre Berta, cuyo nombre como comprenderán he cambiado, porque entre tantos discursos y anuncios comerciales se suele olvidar a las mujeres que celebramos.

Hay madres, como Berta, que requieren solidaridad más que regalos. Y que bueno sería que las celebremos ofreciéndola, es decir haciendo nuestros sus problemas, y comprometiéndonos a resolverlos con justicia y dignidad.

«Entre tantos discursos y anuncios comerciales se suele olvidar a las mujeres que celebramos»