Germán Vargas Farías

Era el último viernes de junio, y en el Polideportivo ubicado en el campus universitario se realizaba la ceremonia de graduación de los egresados de la Facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

Eran 213 jóvenes, varones y mujeres, egresados de Artes Escénicas, Comunicación Audiovisual, Comunicación para el Desarrollo, Periodismo y Publicidad, los que se graduaban esa noche, y el ambiente era de expectación y regocijo entre las más de mil personas entre autoridades, docentes, graduados y sus familiares, además de otros invitados asistentes a la ceremonia.

Como se acostumbra, primero fueron las palabras y me alegré que entre las tres autoridades que pronunciaron sus discursos no tomaran más de 45 minutos. He contado a familiares y amigos que en la ceremonia de mi graduación el orador principal, un notable jurista, ofreció un discurso de más de una hora cuando lo previsto eran 15 minutos y, desde entonces, temo que suceda algo parecido cada vez que asisto a un rito como este.

Llegó el momento de la entrega de diplomas, y todo transcurría entre gritos de júbilo –de familiares e invitados de cada graduado- que se incorporaron a la solemnidad del acto, hasta que le tocó subir al estrado a un joven que luego de recibirla se ubicó frente al público, como los demás, procediendo a romper su diploma ante la sorpresa de la mayoría de la concurrencia.

La performance del joven no duró más dos minutos en una ceremonia de aproximadamente dos horas, y solo lo involucró a él entre un grupo de 213 graduados. Lo curioso es que rompió su diploma, pero pareció no tener mayor interés en alterar el protocolo. El acto continuó.

Se dice que en todas las escuelas y facultades de Periodismo se suele poner el mismo ejemplo: “no es noticia que un perro muerda a un hombre, pero sí que un hombre muerda a un perro”. Eso se refiere a lo que es o debe ser noticiable, y tal parece que lo que merece destacarse es lo inaudito más que lo importante, y el sensacionalismo más que lo interesante.

En el caso que comento es lo insólito lo que acapara la atención, y me parece interesante que la ocurrencia se haya dado en el marco de una ceremonia organizada por, probablemente, el centro de formación de comunicadores más importante del país.

En estos tiempos, sin embargo, no solo los periodistas tienen ansiedad por encontrar hombres que muerdan perros. La “viralización” (propagación en forma exponencial) en Facebook y YouTube del video del graduado rompiendo su diploma, y que el suceso se haya convertido en tendencia en nuestro país, así como en México, Estados Unidos y España, da cuenta de la enorme audiencia que tienen las rarezas, sean cuales fueren su carácter y motivos.

Y es en las redes sociales, donde el video cuenta con más de doce mil reproducciones, que se están manifestando toda clase de conjeturas e interpretaciones, muchas de las cuales encierran prejuicios que -no hay que adivinar- preexistían al hecho.

Desde los que creen que se trata de “un mal educado”, “pobre diablo”, con “evidentes problemas mentales”, hasta los que creen ver en el gesto del graduado un acto valiente, y de protesta frente a la corrupción del sistema.

Desde los que siguiendo el pensamiento ‘aldomariateguista’ encuentran en el hecho la evidencia de que el problema son los progres, caviares y rojetes que han politizado la PUCP, hasta los que sostienen que no hay razón para alarmarse, que el joven debe estar molesto por algo, que tiene derecho a expresarse, y que no se le debe juzgar por romper un diploma que, además, no tiene el valor de un título.

Estuve en la ceremonia de graduación, me percaté de la actuación del joven, pero no le concedí mayor importancia. Yo era uno de los cientos de invitados que estábamos allí para presenciar la graduación de personas que amamos. Una de las graduadas es mi hija Natalíe. Dice su diploma que concluyó satisfactoriamente sus estudios de Comunicación Audiovisual. Comprenderán, entonces, cuál es la noticia importante para mí. Permítanme entonces, a través de esta nota, celebrarlo.

“Tal parece que lo que merece destacarse es lo inaudito más que lo importante, y el sensacionalismo más que lo interesante”