Por Valentín Sánchez Daza

Me cuenta que eran dos jóvenes, quizás adolescentes. Salieron de la discoteca El Boom, bien abrazados, y se metieron directo a su auto. Él estaba soñoliento, apoyado en su tico, sin prestar atención al diálogo de los demás taxistas, quienes, entre bromas, aguardaban la salida de los discotequeros con sus carros apostados en fila. Era una noche helada y de poca fortuna para él: no había hecho más que tres carreras a pesar de ser sábado y bordear la una de la madrugada, un momento en que debía hormiguear de gente todos los locales de la laguna Viña del Río.

Siempre que hacía una carrera se fijaba en la traza de los pasajeros, una medida que, en sus muchos años de taxista lechucero, lo había salvado de los asaltos y altercados que sus colegas sufrieron. Cuando se acomodaban en el asiento trasero, notó que los chicos tenían buena pinta y parecían incluso inofensivos. “A La Esperanza”, le dijeron los dos, en simultáneo. El sonido de sus voces, fusionados, adquirió un extraño matiz, como si viniera de lejos y no alcanzara a llegar, pero que avivaba un hilito de frío y sobrecogimiento en la columna. Él jaló el cierre de su casaca hasta el cuello, dijo que el costo del pasaje era diez soles, y puso en movimiento el vehículo, asumiendo como un sí el silencio de los jóvenes.

Por el malecón Leoncio Prado pisó el acelerador. Era una pista ancha y desvencijada, con desniveles, que corría paralela al río Huallaga. Aprovechó la vía despejada para fisgonear por el espejo retrovisor, pero la imagen que le devolvió esta no reflejaba a la pareja. Se habían corrido hacia el fondo derecho, haciéndose un ovillo, ella escondiendo la cabeza en el pecho del chico. Se le cruzó la idea de que los jovencitos iban a un hotel, pero lo descartó al instante, porque en La Esperanza, situada en los extramuros de la ciudad, no había hoteles. Lo sabía él, que conocía todos los telos caletas donde las parejas tiraban sin que nadie los pille. En La Esperanza —además de una universidad, recreos, calles estrechas y chacras de frutales y hortalizas— solo había un cúmulo de viviendas abigarradas alrededor de una pequeña plaza.

Llegaron a La Esperanza. Dejaron la Carretera Central y penetraron por una senda ascendente plagada de baches y cascajo. El frío se acentuó entonces en la cabina, un perro aulló a la distancia y una ráfaga de viento agitó los árboles. Luego, el silencio… Un silencio hondo, incisivo y malsano que escarapeló su espalda, mientras el carro avanzaba horadando la noche con sus luces gemelas. Estuvo así por unos minutos hasta que doblaron una curva y se toparon con unas carpas levantadas en la puerta de una casa donde había gente aglomerada. Era un velorio. Algunas personas estaban de pie, otras sentadas en sillas de plástico, conversando en voz baja y tomando shinguirito alumbrados por focos desfallecientes. “Habrá sido alguien muy querido”, pensó, cuando atravesaba lentamente entre la gente, con precaución, sin tocar el claxon por respeto a los dolientes, sacando la cabeza por la ventanilla del carro para timonear cautelosamente y no golpear la base de las carpas ni a ninguna persona. Cuando finalmente pasó, dio la vuelta para comentar algo a sus pasajeros, pero en los asientos no había nadie.

“¡Mierda! Esos pendejos me quieren hacer el perro muerto”, gruñó. Bajó del vehículo y volvió al velorio. “No se escaparán”, pensó, mientras se internaba entre la gente y los buscaba. Pero no los veía por ningún lado. Estuvo en ese plan durante un buen rato, yendo de grupo en grupo, incluso barajó la posibilidad de entrar al interior de la casa fúnebre pero desistió. Optó más bien por ir a la mesa donde jugaban cartas. Ahí tampoco había señales de ellos, por lo que se dio por vencido. “Siempre hay una primera vez”, reflexionó y volvió al tico. Pero cuando abría la puerta, alguien lo llamó por su apelativo. Era un antiguo amigo, también taxista, dicharachero y burlón, que vivía por esa zona y prestaba sus servicios durante el día.

—¿Qué haces aquí?—preguntó, alcanzándole una botella de shinguirito—. ¿Hiciste una carrera?

Él confirmó con la cabeza.

—Una parejita. Las mierdas se largaron sin pagar. Me la hicieron.

—¿Una parejita?, ¿acaso eran jovencitos? —preguntó el otro.

—Sí, casi chibolos. ¿Los viste?

—Claro. Están adentro.

Ingresaron a una sala pequeña, avanzaron por un corredor y salieron a un amplio patio. Al fondo, bajo un emparrado, había dos ataúdes. “Ahí están los jovencitos”, le dijo su amigo, ahogando una carcajada. Él se puso lívido y empezó a sudar frío. El pelo se le erizó, comenzó a temblar y su corazón bombeó con fuerza. Su amigo cortó la risa al verlo ponerse blanco y se puso serio. “Solo fue una broma”, dijo. “Ya me conoces. Los chicos que buscas deben ser otros. Estos dos murieron en el accidente de bus en San Rafael. Fue una parejita joven, discotequeros, muy buenos, que se querían mucho. Todos los querían. Una lástima que murieran, tenían tanto por vivir”.

Él no se atrevió a acercarse a los ataúdes, no quiso mirar los rostros de los cadáveres y salió corriendo de allí. Prendió el carro y se fue a toda velocidad a la laguna Viña del Río, sin saber si eran sus pasajeros realmente. “Un buen trago con los amigos y se me pasará el susto”, pensó. Llegó manejando como un loco, casi se choca al doblar por el Kilombo, antes de encontrarse con el resto de taxistas. “¿Vieron ustedes a los muchachos que llevé hace un momento?”, empezó a contarles, pero uno de ellos lo paró en seco: “¿Chicos? Tú estabas ahí apoyado, te levantaste, subiste a tu carro y te fuiste solo”.