Germán Vargas Farías

No terminaba de asimilar lo que había pasado. En la radio se informaba que había sido un terremoto de 8,5 grados en la escala de Richter, y no necesitaba verlo en televisión para corroborarlo. Lo podía ver, escuchar, oler, sentir cruda y palmariamente.

Lamentos, sollozos, súplicas, reclamos, personas llamando a otras a gritos, se mezclaban con sirenas recurrentes, el ruido del desplazamiento dificultoso de brigadistas, y llamados atropellados a la calma.

Finalmente había ocurrido. El ‘silencio sísmico’ había terminado abrupta y ruidosamente. El gran sismo que, se decía, no sucedía desde el terremoto de 1746, lo estaban sufriendo las casi diez millones de personas que residen en la capital del país, aunque con diversos grados de afectación.

Mario no puede creer lo que ve. De la casa alquilada donde vive sigue saliendo polvo, como si la estuvieran barriendo por dentro. Se escucha ruidos, cosas que caen, y el polvo asoma. Mira a Esther, su mujer, concentrada en la silla y escasa ropa que lograron sacar, como atesorándola. En medio de todo, se sienten afortunados. Sus hijos, que radican en Huánuco uno y el otro en Estados Unidos, están bien, y aliviados de saber que ellos, sus padres, también.

Se acerca una joven rescatista y les pregunta cómo están. Bien, responden agradecidos. Pero su consternación es evidente. No tanto por lo prolongado -casi 40 segundos- del sismo, sino por los efectos que empiezan a conocerse. Por la radio (en el celular de Esther, cuya carga está por acabarse), escuchan que habrían más de 50 mil muertos, no menos de medio millón de heridos, y una cantidad enorme de viviendas colapsadas. Podrían ser de 200 mil a 300 mil viviendas, se dice.

Los reportes dan cuenta de la considerable afectación en Villa El Salvador (se informa que más del 80% de viviendas se ha derrumbado), así como en Carabayllo, San Juan de Lurigancho, Puente Piedra, La Molina y Cercado de Lima. Es en esos distritos donde se registra un número mayor de muertos y heridos.

Los hospitales están desbordados, y la ministra de Salud ha debido reconocer que hay daños en la infraestructura de los hospitales Arzobispo Loayza y el Dos de Mayo negando, sin embargo, que estén inhabilitados.

Indica la ministra que, a pocas horas de ocurrido el terremoto, no se ha podido realizar un catastro de daños de la red hospitalaria y asistencial de salud, y admite que algunos establecimientos han quedado inoperativos, pero la mayoría solo presenta daños menores.

Es evidente el desconcierto de la ministra de Salud, así como el de otras autoridades. El presidente de la República luego de declarar el estado de emergencia, y de decretar tres días de luto por las víctimas del terremoto, ha sobrevolado la capital fijando de inmediato su atención en el Callao, impactado por un tsunami que ha inundado gran parte de la provincia.

Desde el helicóptero, el presidente divisa cómo varias de sus principales avenidas están inundadas, lo que ha complicado la tarea de brigadistas y el traslado de ayuda a los damnificados. Se conmueve al ver a mucha gente que desde las azoteas de algunos edificios le saludan y suplican su rescate.

Observa el aeropuerto en su trayecto y aunque está habilitado puede apreciar la enorme dificultad para ingresar o desplazarse desde allí.

Mario no puede dejar de pensar que este era un desastre anunciado. Escucha decir a un especialista que este terremoto es 70 veces mayor que el de 1970, y que no debía sorprender a nadie. Y lamentar que se hubiera hecho tan poco para prevenir la magnitud de la catástrofe.

Ni siquiera él, siempre atento a lo que pasa en el país, tenía un plan de protección y evacuación para su familia. En su trabajo participó en más de un simulacro para no desentonar, y no tomó muy en serio la recomendación de tener lista una mochila de emergencia. Ahora lo lamentaba. A Esther le hubiera hecho mucho bien contar con una chompa más, y a él le habría encantado tener allí un chocolate para ofrecérselo como una forma de endulzar el amargo momento.

Escribo este texto para advertir, y recordarme a mí mismo, a lo que estamos expuestos. Sea en Lima, en Huánuco, o cualquier otra región del país, no debiéramos olvidar que nuestro país está localizado en el “círculo de fuego del Océano Pacífico”, zona de alto potencial sísmico y que concentra el 85% de la actividad sísmica mundial.

La información que consigno es la que conocemos hace mucho tiempo ya, el número de víctimas fatales, heridos y daños materiales es la que proyectan instituciones especializadas. Sin embargo, es posible que llegado el momento lo que ocurra sea bastante peor de lo anunciado. Y no será por desconocimiento, será desidia, y desapego por la vida propia, y la de los demás.

“En su trabajo participó en más de un simulacro para no desentonar, y no tomó muy en serio la recomendación de tener lista una mochila de emergencia”