Germán Vargas Farías

Un post de la Defensoría del Pueblo publicado la semana pasada, en su cuenta de Facebook, provocó más de un centenar de comentarios y, como suele suceder en las redes sociales, discusiones no exentas de procacidades, descalificaciones, aunque también de explicaciones y razonamientos que no por equívocos se deben soslayar.

“Los niños, niñas y adolescentes tienen derecho a ser tratados con amor, respeto y comprensión. Para ello, es necesaria la promoción de las pautas de crianza positiva para los padres y madres. #DeUnaVezPorTodas ¡No al castigo físico ni humillante!”, fue el mensaje que avivó el intercambio.

De inmediato surgieron los “críticos” que le reclamaron a la Defensoría del Pueblo por “entrometerse en la educación de nuestros hijos”, “la pérdida de autoridad de los padres”, “la existencia de jóvenes vagos que fuman, toman, roban y no respetan a nadie”; que le recomendaron ocuparse mejor de la “ideología de género”; uno que sugirió que a los niños se les debe enseñar que “primero es el deber y después el derecho, no al revés”; y otro que insinuó que el servicio militar obligatorio era bueno porque enseñaba respeto, valores y disciplina.

Aunque las redes sociales no son el mejor lugar para un diálogo constructivo y respetuoso y, por el contrario, sea tan fácil pasar de la conversación a la reyerta, es posible intentarlo. Nos podemos comunicar mejor cuando somos capaces de evitar la tentación de comportarnos tribalmente. Y esto, que vale cuando usamos las redes sociales, es más pertinente aun tratándose de la crianza de niñas, niños y adolescentes.

En más de cuatro años participando en la capacitación de diversos grupos de padres y madres, y de cuidadores y cuidadoras, en un programa de disciplina positiva en la crianza cotidiana, he podido corroborar que la mayoría de las personas forma su opinión a partir de su propia experiencia, y que se tiende a creer que el castigo físico perpetrado por sus padres sirvió para que en la adultez se convirtiesen en personas buenas y decentes.

Tal creencia responde a la normalización de la violencia, que lleva a muchos a justificar e incluso enaltecer la agresión, en tanto asegura obediencia y el respeto irrestricto de las reglas. Haríamos bien en explorar la relación entre el castigo físico y humillante que sufrieron niñas y adolescentes y la violencia de género que, en no pocos casos, toleraron después.

Sin juzgar ni censurar a quienes crecieron creyendo que el castigo corporal les sirvió, y sin poner en cuestión el amor de sus padres y madres, es importante contrastar sus experiencias con la investigación.

Cuando las personas son informadas respecto a las investigaciones realizadas sobre el desarrollo saludable del niño, niña y adolescente, y sobre los estudios referidos a la crianza efectiva, y cuando se percatan que todas esas investigaciones y estudios demuestran consistentemente que el castigo físico y humillante hace daño, se predisponen para el cambio.

La disciplina positiva, sin embargo, no se queda allí. Es preciso dejar de castigar física y emocionalmente a las niñas y los niños porque es inútil y hace daño, y esencialmente porque hacerlo constituye una violación de sus derechos. Niños y niñas tienen el derecho de crecer y desarrollarse física y espiritualmente de una manera digna, libre y saludable, y nadie, ni los padres, maestros o cuidadores, tiene la autoridad de contravenir ese derecho.

Que una institución del Estado como la Defensoría del Pueblo nos recuerde lo ya establecido en la Convención sobre los Derechos del Niño, y en la Ley N° 30403 que prohíbe el uso del castigo físico y humillante, además de regular las medidas para promover el derecho al buen trato y las pautas de crianza positivas hacia las niñas, niños y adolescentes, es digno de resaltar.

Pueden parecernos inquietantes muchos de los comentarios vertidos en torno a un post como el publicado, pero más lo sería si nos distrajésemos reprobándolos sin advertir la enorme tarea pendiente que evidencian.

“Es preciso dejar de castigar física y emocionalmente a las niñas y los niños porque es inútil y hace daño”