Germán Vargas Farías

Cuando te avisaron que tu hijo estaba por nacer, no supiste qué decir. Estabas emocionado, se te notaba, pero no sabías si dejar las cosas que estabas haciendo, o esperar la hora del descanso  en la panadería donde trabajabas.

Habías pasado las últimas noches pensando que podía llegar en cualquier momento. Por sentido de responsabilidad, recato, o para evitar incomodar a la familia que generosamente les había dado posada, querías que naciera en horas de la mañana. Así, también, la única obstetra que vivía en el Tablazo tendría más posibilidades de llegar a casa, para atender a tu mujer.

Para ti, entonces, la mañana era el mejor momento para que tu hijo naciera, y así sería. Te decidiste, por fin. Avisaste al dueño que saldrías por un momento, pero precisaste que no tardarías en regresar. Él no te había pedido explicaciones pero así eras tú, ni el nacimiento de tu hijo iba a hacer que dejaras de cumplir tu trabajo. La casa estaba cerca. Apenas tardaste cinco minutos en llegar y ver a tu hijo recién nacido reposando en los pechos de tu esposa. Ella, cansada, sonrío al verte. Todo está bien -te dijo- está sanito, arrojó algo al nacer, pero ya está tranquilo, ¿quieres cargarlo? No respondiste, o acaso lo hiciste con otra pregunta, ¿Y Rosita? Fue la dueña de casa, la esposa de tu compadre, la que te contó que tu hija de dos años estaba jugando con su hijo Víctor, más pequeño que ella, en el cuarto de al lado.

Estabas contento, pero no se te ocurría cómo expresarlo. ¿Ya le pagaste a la obstetriz?, dijiste, ensayando una conversación que sabías no tenía sentido porque tu mujer solía preverlo y resolverlo todo. Sí –te dijo ella- ¿quieres cargarlo?, repitió la pregunta. Adivinaba que querías hacerlo, o es que tu mirada lo revelaba. A ver, dijiste. Y conmovido lo cargaste.

Ya sabías como hacerlo. Con Rosita habías aprendido que con tu mano izquierda debías sostener y proteger su cabecita y su cuellito, y con tu brazo y mano derecha debías cobijar su cuerpecito. Qué alivio sentiste al percibir su respiración, y fue mágico toparse con su mirada. Lo tenías en tus brazos. Tan anhelado, y tan pequeño. Tan dependiente de ti.

Pensaste en tu papá. A él le hubiese gustado conocer a su nieto, y a ti te hubiese encantado presentárselo. Había muerto sin conocer a tu hija Rosita, y tampoco sabría que un nieto suyo llevaría su nombre. Apenas pudo enterarse que te habías unido a una mujer que hacía trabajo doméstico mientras cargaba a su hijo.

Ocurrió hace 55 años, ¡cuánto tiempo! Ese hijo, al que pusiste tu nombre y el de su abuelo, te recuerda siempre. Se alegra cuando rememora las pocas veces que jugaron juntos, se apena por no haberte dicho más veces que te amaba, y te reconoce en algunas actitudes suyas, de sus hermanas (es decir, de tus hijas), e incluso en algunos gestos de tus nietas.

Tenías 45 años cuando nací, papá; y hace cinco días habrías cumplido 100 de haber vivido hasta hoy. Lo celebro haciendo memoria de ti, de tus afectos, de tu caballerosidad, esa que aprendiste gracias a mamá, y de la sencillez y discreción que marcó la vida de tu familia, y mi vida papá.