Luis Pásara / lamula.pe

Las encuestas de opinión confirmarán en los próximos días lo que es notorio: una mayoría considerable de los ciudadanos respaldan la iniciativa del presidente Vizcarra de adelantar las elecciones al próximo año para librarnos así de este Congreso y de este gobierno. Dispuesto el cambio, como corresponde, por la vía constitucional, la salida luce impecable.

La mayoría de los parlamentarios han hecho todo lo necesario para hacerse repudiables. Desde las mentiras en las hojas de vida hasta las interferencias en asuntos judiciales, pasando por irregularidades de diversos tipos, muchos de “los padres y las madres de la patria” no debieron llegar jamás a esos cargos de haber tenido que pasar un test de capacidades y otro de ética. Nos libraremos, pues, de esa canalla. Y como no hay posibilidad de reelección inmediata, muy probablemente no tendremos que verlos más. Es un gran alivio.

El Poder Ejecutivo, en manos de Martín Vizcarra, tampoco es defendible. Su inacción frente a los problemas más serios del país se ha excusado en el obstruccionismo parlamentario que, con ser cierto, no explica la ineptitud oficial que roza el escándalo en asuntos como la demorada reconstrucción del norte y la insistencia sospechosa en construir el aeropuerto de Chinchero, sin mencionar las objeciones de la Contraloría General de la República a ciertos manejos de la gestión de Vizcarra como presidente regional de Moquegua.

Vizcarra, sin proyecto de gobierno, hace bien en tirar la toalla. Sea irse un gesto de grandeza o sea una apuesta para volver en andas en 2025, exhibiendo su presente renuncia al gobierno como un antecedente de desprendimiento y generosidad. De momento, también nos libraremos de un gobierno sin brújula frente a la conflictividad social, la delincuencia y la desaceleración económica.

EL PROBLEMA QUE VIENE

Constatada la ineptitud de los políticos que van de salida, la grave pregunta es: ¿Quiénes los reemplazarán? ¿Entre quiénes podremos elegir a los congresistas y a un presidente el próximo año? Si mediante la ingeniosa reforma constitucional para adelantar elecciones lográramos librarnos del pésimo elenco de actores a quienes hemos tenido que soportar en estos años, encontrar mejores sustitutos es el verdadero problema.

Detrás de esa pregunta aparece otra cuestión, aún más inquietante: ¿Qué nos garantiza que aquéllos que sean elegidos en 2020 no hagan de la gestión pública una fuente de beneficios particulares? Es decir, que no sean portadores de ambiciones estrechas e inmediatas, sean legales o ilegales, como las de aquéllos que tenemos ahora a cargo del Estado.

Acaso el asunto de fondo sea que el país ha perdido una capacidad que supo albergar durante décadas: la aptitud de pensar sobre sí mismo. Aunque esto siempre fue asunto de élites, Haya de la Torre, José de la Riva Agüero, Jorge Basadre, José Carlos Mariátegui, Víctor Andrés Belaunde, entre otros, iniciaron hace casi un siglo una tarea clave: pensar el país como conjunto. Acertaron en algunos temas y erraron en otros, pero iniciaron esa tarea que en la segunda mitad del siglo pasado asumieron gentes con Augusto Salazar Bondy, José Matos Mar, Fernando Fuenzalida y Julio Cotler, entre muchos más. Ellos propusieron interpretaciones, formas de entender el país y sus problemas.

Con el fracaso del velasquismo –que asumió algunas de esas interpretaciones– y el posterior colapso de la izquierda política, la tarea de pensar el país ha quedado abandonada. De una parte, las nuevas generaciones de científicos sociales se han dedicado a desarrollar estudios focalizados, fragmentarios, de asuntos importantes pero que son insuficientes para armar el complejo rompecabezas del Perú actual. De otra, aparecieron los vendedores de humo –el más caracterizado y exitoso de los cuales fue Hernando de Soto– que propusieron, y algunos todavía proponen, recetas simplistas que en realidad persiguen beneficiar intereses particulares.

No tenemos gentes que piensen el Perú en su complicada totalidad: desde la exportación agrícola hasta la minería ilegal; desde la capacidad extraordinaria de Vania Masías, Juan Diego Flórez o Gladys Tejeda –para mencionar nombres ejemplares de estos días– hasta la desmoralizadora corrupción que corroe tanto al Estado –esto es, policía, jueces y fiscales, y funcionarios públicos– como a redes empresariales del tipo del Club de la Construcción; desde las demandas de comunidades desatendidas hasta el despilfarro malicioso de recursos en los gobiernos regionales; desde la investigación especializada en ciertas disciplinas hasta la degeneración prevaleciente en muchas universidades particulares. Es cierto que es un cuadro sumamente complejo. Pero lo grave es que nadie parece estar a cargo de pensarlo.

CADA QUIEN ESTÁ A LA SUYA

No hay propuestas para salir del atolladero en el que estamos –sea la delincuencia o el tránsito ingobernable de Lima– y, como no las hay, hacerse político no es asumirse portador de un conjunto de fórmulas para encarar nuestros problemas. Es, simplemente, ganar una elección a como dé lugar para luego hacer de las suyas. Porque esa práctica se ha hecho tendencia es que tantas gentes honradas rechazan de plano la posibilidad de ingresar a la política.

Tenemos un sector dirigente del país que, más que en otros momentos de nuestra historia, está muy por debajo de sus responsabilidades. Y esto incluye no solo a los políticos sino, en general, a los altos cargos en casi todos los sectores. En el ámbito privado, pese a los rituales simulacros de las conferencias anuales de ejecutivos, no están los Walter Piazza, Luis Banchero Rossi o Samuel Drassinower que supieron mirar más allá de la codicia, para engrandecer un país en el que pudieran hacer negocios legítimamente.

Mírese al ámbito universitario –adonde se supone que corresponde la tarea de reflexionar–, al de la gestión pública o al de la empresa privada, sus responsables no están pensando en el país a largo plazo. Por doquier prevalecen ambiciones particulares, sean legales o ilegales. Y de estas últimas sabemos, con vergüenza, cuando algunos audios nos enteran de las gestiones a las que se dedican algunos personajes bien situados.

De ahí el gran desaliento que prevalece en el país, aunque algunas medallas de oro bien ganadas por deportistas esforzados lo aminoren en estos días. En el país existe una insatisfacción masiva por múltiples razones, casi siempre justificadas. Y hay desánimo porque los gobiernos que se eligen –sean municipales, regionales o el nacional– no responden a las expectativas y demandas existentes.

¿Hacer una elección el próximo año cambiará este panorama? Aunque es deseable deshacerse de tanto sinvergüenza en unos meses, es muy difícil esperar que los reemplazos sean sustancialmente mejores.