Teresa Chara de los Rios

Estábamos solas. Ella y yo. Una mujer admirable, con muchas arrugas en la frente, que denotaba las innumerables preocupaciones que tuvo que superar durante su vida.

Esos ojos nunca los olvidaré. Eran ojos que no tenían un color preciso, pero despedían vivacidad y ternura. Su cabello cano resplandecía. Al inicio le costó hablar, pero luego poco a poco tomó confianza y empezó a contar su historia, con la sabiduría que da los años, con la sabiduría de haber vivido intensamente.

Aleja se llamaba. Sólo alcanzó a estudiar la primaria completa, y para esa época, llegar a tener la primaria completa, las convertía en mujeres cultas.

Contó que había estudiado internada en un colegio católico,  muy conocido y dirigido por monjas. Sabía leer, escribir, tejer, bordar y cocinar. Era la candidata perfecta para casarse con cualquier hombre y ser una buena ama de casa.

Lo conoció, se casaron y después de su tercer hijo, se enteró que su esposo estaba anteriormente casado con otra mujer  y tenía otros tres hijos. Que sus viajes continuos no eran solo por trabajo, sino porque tenía que reportarse con la otra familia. Es decir tenía doble vida. Ella no lo soportó y terminó la relación. Fueron momentos dolorosos.

Sufrió mucho. Sin embargo, un día se levantó, se limpió las lágrimas y se prometió nunca más llorar por él. Tomó conciencia que ella era el único sostén para sus hijos y tenía que cuidarlos, educarlos y que no se podía dar el lujo de seguir llorando.

Gracias a sus conocimientos en repostería empezó vendiendo queques en el mercado. Recuerda que el primer día, tímidamente preparó un queque con el dinero que le prestó su comadre, y antes de salir de casa, rezó un padre nuestro y ave maría para venderlo. De eso dependía que sus hijos pudieran alimentarse ese día.

A la media hora de haber empezado la venta, ya no tenía una sola tajada. Esto la motivó y al día siguiente preparó una mayor cantidad. Se hizo conocida y la clientela le pedía ya no sólo queques sino otros pasteles. Fueron años de mucho trabajo, de levantarse de madrugada y acostarse muy tarde, sin importar si era domingo o feriado, hasta que al fin logró tener su propia pastelería.

Recuerda que al principio no tenía dinero para renovar la ropa de sus hijos. Debía lavarla en la noche y plancharla al día siguiente temprano, para que ellos se las pudieran poner. Remendaba y parchaba los rotos que hacían en las rodillas de los pantalones. La pobreza no es sinónimo de suciedad. Siempre limpios y bañados. El mejor perfume -me dijo- es el del jabón de tocador.

Ella siguió hablando. Debemos ser honestos. La honestidad te hace una persona fiable. La honestidad vende. La honestidad te acerca a la gente. La honestidad es el adorno más valioso que tenemos. Eso les enseñó a sus hijos y hoy son buenos y reconocidos profesionales.

Y por último –me dijo- nunca dejemos de ser generosos, que no es lo mismo que regalar a los pobres.  A veces se confunde con altruismo. La generosidad va más allá que dar lo que nos sobra. Si las cosas te han ido bien, entonces ayuda a que a otras personas también les vaya bien. “No les des el pescado, sino enséñales a pescar”. Darles el pescado solo los hace dependientes.

Hoy Aleja goza de una tranquilidad económica y es el soporte emocional de sus hijos. Estando próximos a celebrar el Día de la Madre, esta historia motivadora me deja una gran enseñanza. Agradecer a la vida por todo lo que tenemos, trabajar arduamente, ser honestos en todo lo que hacemos y ser generosos con los que necesitan, es el mejor legado que les podemos dejar a nuestros hijos. ¡Feliz Día de la Madre!

“La honestidad vende. La honestidad te acerca a la gente. La honestidad es el adorno más valioso que tenemos”