El tiempo y lugar de la salud mental

Germán Vargas Farías

Hace unos días leí un comentario, reaccionando a un afiche sobre el cuidado de la salud mental en tiempos de pandemia, publicado en Facebook. Era una opinión entre muchas, pero me llamó la atención no porque sea rara o extraordinaria, si no porque revela una creencia que vale la pena examinar.

‘Cuando el hambre y la necesidad apremia no hay tiempo ni lugar para problemas de salud mental’, era el apunte, pareciendo sugerir que mientras no se atienda lo primero no tiene sentido lo demás.

Quizás concuerde conmigo que en una afirmación como esa, es posible advertir una noción de salud mental que dista mucho de lo que realmente significa. Entonces, primero es necesario explicar a qué nos referimos cuando hablamos de salud mental.

Para la Organización Mundial de la Salud, la salud mental “es un estado de bienestar en el que la persona realiza sus capacidades y es capaz de hacer frente al estrés normal de la vida, de trabajar de forma productiva y de contribuir a su comunidad. En este sentido positivo, la salud mental es el fundamento del bienestar individual y del funcionamiento eficaz de la comunidad”.

Tan importante es, que existe un consenso respecto a que «no hay salud sin salud mental», y ese es un principio que está en el centro del plan de acción integral sobre salud mental para el período 2013-2020, aprobado por la Asamblea Mundial de la Salud.

«La salud mental es, además, un derecho, y así lo reconoce el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales»

No puede posponerse, entonces, un componente esencial de la salud entendida, según la OMS, como «un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades.»

La salud mental es, además, un derecho, y así lo reconoce el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, cuando señala en el artículo 12, inciso 1) el derecho de toda persona al “disfrute del más alto nivel posible de salud física y mental”. Otros instrumentos normativos internacionales hacen lo propio, y existe jurisprudencia del Tribunal Constitucional estableciendo que el derecho a la salud mental se interpreta de conformidad con esas normas y tratados de derechos humanos, de los que el Perú es Estado parte. 

Puede entenderse que, una persona que probablemente confunde o ignora su significado, diga que no hay tiempo ni lugar para la salud mental, pero no se entiende la razón por la que algunas autoridades actúan como si tuvieran ese mismo parecer.

Corresponde a todas las instituciones públicas, y no solo a las del sector salud, ocuparse de la salud mental, porque está relacionada con la promoción del bienestar, y porque con la implementación de sus políticas pueden prevenir situaciones que afecten la salud mental de las personas como condiciones de vida estresantes, discriminación de género, inseguridad, y otras que transgredan los derechos humanos.

La salud mental está determinada por múltiples factores socioeconómicos, biológicos y medioambientales, y para su promoción, protección y restablecimiento deben concurrir, también, todas las personas y particularmente la comunidad organizada.

Siendo tan vasta la tarea no hay esfuerzo desdeñable. Lo ideal, sin embargo, es promover estrategias intersectoriales que atiendan especialmente a la población en situación de vulnerabilidad, y que alcance a todos los ámbitos, más aún en contextos de emergencia sanitaria como el que atravesamos.

Considerando que cuando hablamos de salud mental nos referimos al bienestar, felicidad y derechos de las personas, que a nadie se le ocurra decir que no hay lugar ni es el tiempo para ello.

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