¿Por qué es importante reformar la Constitución?

Ps. Richard Borja
Director Instituto Peruano de Psicología Política

Hoy inicio una etapa como colaborador del Diario Página3, que amablemente me ha cedido un espacio de reflexión, divulgación y responsabilidad pública; a partir de expresar ideas en una columna de opinión. Razón por la cual estoy muy agradecido, y a la vez exigido a estar a la altura de dicha responsabilidad, pues una opinión o una idea son herramientas poderosas cuyo uso, debe ser siempre honesto, mesurado y prudente.

Mientras pensaba en el tema que ocuparía esta primera columna, repasé el nuevo gabinete, cuyo cambio más resaltante y positivo nos parece el del ministerio de salud; donde la doctora Mazzetti tiene reconocidas credenciales para asumir el timón de un sector que ha estado pesimamente manejado hasta ahora. Sin embargo, caí en la cuenta que más allá de que algunos perfiles son buenos y otros no tanto, es nuestro deber cívico desearle éxitos y una buena gestión, pues lo mejor siempre es esperar para evaluar su trabajo y sus resultados en lugar de emitir juicios anticipados.

Entonces dije, vamos a escribir sobre la reforma constitucional; no necesariamente porque crea que es un elemento de agenda nacional imperiosa; sino, porque en las últimas semanas he advertido una serie de eventos, foros y conversatorios acerca del tema; además de recurrentes discursos electorales sobre su necesaria reforma y que, sin duda alguna, será agenda discursiva muy presente en las elecciones nacionales 2021. Lo primero que hay que comprender entonces, son las motivaciones para ello, y que pueden ser políticas, técnicas, ideológicas o populistas. ¿Cuál sería la que nos motivaría para cambiar la Constitución una vez más?

Y digo una vez más, porque hasta ahora hemos cambiado 12 veces de carta magna, desde aquella jurada en Cadiz en 1812; siendo la última y vigente aquella de 1993, aprobada por un Congreso Constituyente Democrático, luego de un corto periodo de escaramuzas políticas y cuestionados ejercicios de poder. Doce constituciones en menos de doscientos años de vida política autónoma, independiente y soberana, dentro de lo que cabe. ¿Es acaso deporte nacional, cambiar constituciones cada 16 años, en promedio?, ¿Soluciona eso en algo, las necesidades básicas de los peruanos, sobre todo los más vulnerables y humildes?, ¿Es solo la expresión egocéntrica de generaciones de juristas que piensan que la realidad se cambia con papel? Y pueden haber muchas más preguntas.

Cientos de personas han fallecido en sus hogares o en la puerta de los hospitales sin poder ser atendidos por nuestro sistema de salud; miles de pequeños comerciantes, han perdido sus ahorros y capital de años de esfuerzo, por la parálisis económica. Pese a tener un crecimiento económico que han hecho del Perú la envidia en Latinoamérica y el mundo, la pandemia nos encontró con menos de 100 ventiladores mecánicos, sin camas UCI, sin equipos médicos y con personal de salud recibiendo sueldos de hambre en muchos casos, mientras la corrupción mantiene su gris, dolorosa y tóxica presencia.  No sería más importante, reformar el Estado, antes que pensar en reformar una vez más, una constitución; que, por cierto, pareciera que casi nadie conoce, que no la han leído o la han leído mal y para muestra los parlamentarios de ahora y hasta el presidente y su ministro de Justicia y expremier que con sus declaraciones e interpretaciones dan señales de ello.

No es acaso el Estado el que ha demostrado su completa ineficacia para enfrentar una epidemia que aún duele y dolerá a nuestro país y pese a que su presupuesto se ha multiplicado en los últimos 10 años, solo el sector salud, tiene un presupuesto de casi 22 mil millones de soles el 2020 y en Huánuco no tenemos oxígeno, ni camas de atención y dos hospitales a medio construir.

Y surge entonces el viejo dilema y las voces más ácidas sentencian: “¡El mercado y el modelo económico han fallado!” Parece inaudito, 25 años de crecimiento económico que sin embargo no se ha reflejado en lo básico, que es infraestructura de salud, educación y conexión. ¿Qué ha fallado? El estado que ha crecido elefantiásicamente, o el mercado que ha provisto de recursos como a ningún otro país en los últimos 20 años. ¿No serán el problema la corrupción, la tarjeta, la coima y los swings que trafican con los recursos que aportamos todos? Siguen las preguntas.

Hace días participé de un foro sobre la vigencia de la Constitución de 1979; panelistas, abogados a quienes respeto y aprecio mucho, exaltaban la poética y encaje social de dicho texto. Particularmente también reconozco el valor histórico de la Constitución del 79 y a sus insignes constituyentes; pero además veo en ellos no solo el ego que obnubila al hombre; sino, la gravitación de los conglomerados de acción política organizada, provista de ideas estructuradas, de visiones del mundo y del país y de una primacía evidente de la política institucionalizada que represente la heterogeneidad de los peruanos y no de la praxis comercial en que ahora, vacía y precaria, se ha convertido.

En tiempos de crisis requerimos unidad, eso es irrebatible; pero cuando asumimos que la condición ordinaria de la democracia es el consenso, me pregunto: ¿La democracia es consenso?… Eso implicaría asumir que las metas y los caminos son únicos; que el debate y el carácter de la política se subyacen a una receta escrita y ya dada y que el pensamiento, los valores y las expectativas de todos los peruanos como sociedad son únicos. ¿Realmente es así? Tengo mis reservas para creer que hay un monopolio del pensamiento en nuestro país, y por lo tanto, dudo, que la democracia sea consenso. Creo que es diálogo propositivo, honesto, valiente y transparente que busca acuerdos a favor del país.

Concluyo resaltando que previo a pensar en cambiar una Constitución, es muy necesario trazar una agenda que nos lleve a reformar la política, su ejercicio y el estado y su gestión; si algo hay que mejorar en la actual Constitución, que se mejore, pero no antepongamos los zapatos a las medias.

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