Pongamos la salud pública en cuarentena

Ps. Richard Borja Director Instituto Peruano de Psicología Política

La casi unánime opinión a favor de levantar la cuarentena focalizada en la provincia de Huánuco ha significado un consenso civil y político respecto a la ineficacia de la cuarentena como estrategia de contención de contagios de la covid-19 en Huánuco. A estas alturas, salvo contadas excepciones, todos están de acuerdo en que dichas medidas no se han acatado, y su vigencia, apenas circunscrita a una norma superada por la informalidad y la necesidad de una población cuyas actividades económicas están en la dinámica de la calle y el contacto, ya ha caducado y se ha quedado como tinta seca en un papel ignorado.

Sin embargo, siempre habrá voces discordantes respecto a este consenso general; y verán en la suspensión de la cuarentena el riesgo de elevar el número de contagios y con ello la superación de la capacidad del sistema de atención, mayores muertes y episodios más críticos que pueden ser motivo de lamentos posteriores. Dichas preocupaciones se alientan sobre todo desde el constructo teórico de la salud pública que, por cierto, son perfectamente válidas, dada su finalidad.

Los estilos de vida, las condiciones socioambientales, la vigilancia epidemiológica y la capacidad de respuesta institucional son determinantes de la salud pública, cuya máxima entidad articuladora e integradora es la Organización Mundial de la Salud – OMS. Y cuya labor ha sido objeto de ácidas críticas durante el inicio y desarrollo de la pandemia, muchas de ellas con real sustento. En el Perú es el Ministerio de Salud y sus unidades sectoriales descentralizadas las responsables de dirigir sus políticas, estrategias y programas. Algo que en esta pandemia hemos advertido, es que el trabajo de liderar la salud pública se ha dado en medio de una precariedad terrible.

No solo se trata de achacar a la cultura informal de la población y a su idiosincrasia, que sin duda debemos cambiar paulatinamente, todas las culpas de que seamos el país con la peor estadística a nivel de América Latina, en cuanto a contagios y muertos por millón de habitantes, semejante conclusión no resiste el sentido común y la contundencia de los hechos. Por ejemplo, que Huánuco sea una de las regiones que tuvo que enfrentar la pandemia sin un hospital de nivel, o que ni siquiera a más de doscientos días de emergencia, no tengamos una planta de oxígeno para llenar los tanques de quienes lo requieran con urgencia; solo para mencionar dos hechos.

La salud pública, según la OMS, engloba todas las actividades relativas a la salud y la enfermedad, el estado sanitario y ecológico del ambiente de vida, la organización y funcionamiento del servicio, su planificación y gestión. Es decir, es el abordaje de la salud desde una perspectiva estatista, multidisciplinaria y colectiva. Un poco en línea con el mensaje que hemos venido recibiendo durante este tiempo: “la salud es un asunto de todos, cuidémonos”

El mensaje es bueno, es coherente con la naturaleza colectiva y gregaria del ser humano; sin embargo, encierra una contradicción funcional; pues, siendo la salud un concepto de naturaleza pública y dependiendo del Estado para su implementación, es paradójico que se nos pida asumir la responsabilidad de cuidarnos todos, cuando ese mismo Estado no ha sido capaz de distribuir un adecuado sistema de atención sanitaria: sin hospitales, sin equipos, sin medicinas, sin personal de salud. Y sin embargo, nos piden cuidarnos y acatar la más simplona y coercitiva medida de control, vigente desde la edad media: la cuarentena. 

Un Estado que pese a los ingentes ingresos, producto de los tributos de millones de trabajadores y emprendedores, no ha sido capaz de cumplir con instalar la infraestructura que es la base de todo el sistema de atención en salud; que no ha sido capaz de incorporar en la currícula educativa, tópicos de salud preventiva y responsabilidad cívica, tan ausentes en escenarios como el actual; prefiriendo en su lugar, iniciar una cruzada para relativizar la identidad sexual de los niños y destruir las certezas que requiere una sociedad que se estructure en principios y valores. Ese mismo Estado ahora pretende a través del gobierno y su inmensa maquinaria propagandística hacernos creer que los equivocados somos los ciudadanos y no ellos.

La salud pública como concepto imperante y modelo de gestión está muy lejos de ser una realidad elogiable; y mientras nos echamos a andar en ese camino de lo ideal, es nuestro deber moral y fáctico, asumir la salud como un asunto personal; es decir: yo debo cuidarme de la mejor forma posible, porque nadie más lo hará; y si cada quien se cuida, tendremos un circuito virtuoso que nos aproximará a ese ideal por ahora distante y engañoso, secuestrado por un Estado cada vez más corrupto.

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