De Vargas Llosa a Onetti

Eiffel Ramírez Avilés

Hacia 1994 fallecía Juan Carlos Onetti en España. Había dejado tras de sí «La vida breve», «Un sueño realizado», «El infierno tan temido», «El astillero». Había dejado tras de sí esa prosa embargante, llena de insinuaciones, de datos escondidos, hechizante; tras de sí, esos cuentos que hay que leerse mejor en voz alta. Onetti no merecía el anonimato, pues había introducido la modernidad en la literatura latinoamericana; y por eso, ya en España, era un mito, alguien que recibía los honores y las aclamaciones que su nombre valía. Aunque faltaba un tributo más, el de Vargas Llosa. Y ello ocurrió hacia el 2008.

Sí, a primera y fácil impresión, Onetti parecía estar a la sombra de Vargas Llosa: que este ganó, en 1966, el premio Rómulo Gallegos, con «La casa verde», quedando Onetti solo como finalista con «Juntacadáveres» –y en ambas obras habiendo un burdel como escenario–; que Vargas Llosa era el hombre público, conferencista y crítico, mientras que Onetti era el huraño y el que aceptaba que había regalado sus dientes al peruano; que el uruguayo era el segundón y el que llegaba siempre tarde a la repartición de la fama; todo ello le generó, durante un tiempo, ese halo de ‘sombra’.

Sin embargo, en el horizonte de los verdaderos derroteros de la grandeza, no hay montaña que quitase su sitio a otra. Onetti era Onetti. Y Vargas Llosa supo que había que fulminar de una buena vez aquella espina de la comparación: debía dar el último tributo al que había rebautizado la literatura latinoamericana. En el 2008 publicó «El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti». Vargas Llosa, con este libro, se confirmó también a sí mismo: la literatura –como siempre lo entendió Onetti, incluso antes que él– era ese reto frente a la pobreza de la realidad, un viaje maravilloso hacia otros mundos. Esta teoría, pues, la vio encarnada en Onetti; y lo alabó por ello al extremo de dedicarle las palabras más conmovedoras –quizá– de todas sus páginas críticas, porque, a la vez que sentenciaba el definitivo puesto de aquel en la historia literaria, también se dejó llevar como un jovenzuelo lector y admirador del uruguayo: 

«Escribir era, para Onetti, no una “evasión”, sino una manera de vivir más intensa, una hechicería gracias a la cual sus fracasos se volvían triunfos. Por eso, toda su vida insistió en que la literatura no podía ser un mero oficio, una profesión, menos aún un pasatiempo, sino una entrega visceral, un desnudamiento completo del ser, algo que tenía más de sacrificio que de trabajo, que se llevaba a cabo en la soledad y sin esperar por ello otra recompensa que saber que, escribiendo, le sacaba la vuelta a la puta vida».

Mario Vargas Llosa. El viaje a la ficción, Alfaguara, pág. 226.

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