La triste desventura de una niña

(Una dolorosa realidad que supera a las tragedias griegas)

Andrés Jara Maylle

“Maldito virus, me dejaste sola y desamparada en este mundo extraño y violento”. Así debe pensar Miamar cada mañana cuando despierta en la humilde casa de su tía, donde está alojada, y sabe que no volverá a ver, nunca jamás, a las personas que más ha amado en su vida.

Miamar, víctima entre las víctimas, inocente entre las inocentes, es una niña de apenas doce añitos, tiene (o tenía) cuatro hermanos y cursa (o cursaba) el segundo grado de secundaria en un conocido colegio huanuqueño. Sus padres, el señor Tangoa y la señora Pérez, se conocieron cuando ambos trabajaban en la selva y aún jóvenes decidieron unirse y construir una familia. Ese era su mayor sueño.

Sus vidas, con sus altos y bajos, transcurrían con cierto equilibrio. El padre trabajando como ayudante de albañilería y la madre aportando con trabajos modestos y esporádicos. Miamar y sus hermanos (ella era la segunda) estudiaban y eso hacían los primeros días de marzo de este fatídico año. Hasta que a mediados de ese mismo mes se ordenó la cuarentena y sus destinos dio una violenta voltereta cambiándolo para siempre. Porque para Miamar la vida nunca volverá a ser igual.

Durante los primeros tres meses de la pandemia los cuatro hermanos asistían a clases virtuales con gran regularidad, especialmente Miamar, quien encontraba fabuloso y atractivo recibir clases en su propia casa y reencontrarse (a pesar de las limitaciones) con algunas de sus profesoras y con sus amiguitas, especialmente.

Luego, como una maldición absolutamente injusta llegó la tragedia una tras otra.

Primero, como es de suponer, su padre perdió su trabajo y rápidamente se secaron las fuentes de ingreso para la familia. Pese a los apuros, siguieron viviendo muy unidos, sosteniéndose con trabajos ocasionales como lavar ropa o limpiar habitaciones en casas ajenas, pero la vida continuaba para ellos.

Para inicios de julio una de sus profesoras reportó que Miamar no ingresaba a sus clases, no enviaba sus tareas o actividades asignadas y prácticamente había desaparecido. La docente, preocupada por su alumna, comenzó a investigar los motivos llamando a todos los que la conocían: amigas, parientes, vecinos.

Una semana después dio con ella y se enteró de la desventurada historia que padecía pese a su corta edad. Sucedió que un día la madre amaneció quejándose de unos ligeros zumbidos en la cabeza. No hizo caso pues siempre tenía esos dolores, pero comenzó a preocuparse cuando días después empezó a tener fiebres y perdió el gusto a sus comidas cotidianas.

Los dolores no solo persistían sino que se acentuaban con más fuerza. El padre, luego de conversar con sus hijos, decidió que lo mejor sería llevarla hacia el hospital, y eso hicieron. Ya internada en una cama y rodeada de muchos pacientes con iguales síntomas, los médicos confirmaron que la señora Pérez se había contagiado con el maldito virus chino y corría riesgo.

Dos días después, sin embargo, el virus hizo lo que no pudo hacer la pobreza, la indiferencia, las injusticias: sola y sin nadie la señora falleció y en unas pocas horas después fue “enterrada”. Cuando Miamar se enteró de la tragedia quedó estupefacta y probó por primera vez el agrio sabor del desamparo. Lloró con desconsuelo abrazando a sus hermanos menores pero ni las lágrimas podían aplacar los dolores tenaces que oprimían a su tierno corazón.

Cuando toda la familia aún no se reponía de la pérdida fatal, enfermeras del centro de salud fueron a la casa donde Miamar vivía en perpetua aflicción para tomar las pruebas a toda la familia. Allí le confirmaron que el hermano mayor también estaba contagiado y decidieron aislarse. El hermano también empezó a agravarse y fue directo al hospital a ser tratado. Pero como la tragedia había ya echado raíces en aquel hogar, el hermano también murió solitario y sin nadie y fue “enterrado” rápidamente.

Dos muertes en tan poco tiempo ya era demasiado para la familia. El padre, entonces, echándose el dolor sobre sus hombros, decidió volver a Pucallpa para buscar trabajo, dejando bajo la responsabilidad de la niña a sus dos hermanas menores. Al parecer al padre no le fue bien y no enviaba lo suficiente para que sus hijas coman tres veces al día.

Desesperada y con hambre, un día Miamar, prestándose dinero de unos vecinos generosos, decidió irse con sus hermanitas a Pucallpa en busca de su padre. El viaje fue terrible pero llegaron sanas y salvas. Se alojaron en casa de una de sus tías paternas y allí se enteraron que al padre no le iba bien con el trabajo y que había decidido probar suerte, esta vez, más allá, en Iquitos.

Cómo puede torcerse la existencia de una niña en un lapso tan breve. Cómo puede ser el destino tan cruel y ensañarse con la vida de una niña y sus dos hermanitas indefensas.

Hasta hace poco tiempo Miamar tenía el sólido soporte de la familia. Ahora todo está desbaratado, roto, confuso. Ahora no tiene a su madre ni a su hermano mayor. Y su padre también se está yendo hacia tierras más calientes en busca de mejores providencias. O quizás, solo está huyendo de la tragedia que le persigue día a día, mientras Miamar está alojada en la casa de una tía que se muestra hostil conforme pasan los días.

P:D. Cuando la profesora se comunicó con Miamar, la niña estaba un hospital pucallpino pues se había contagiado con el peligroso Dengue. “Estoy preocupada porque no sé nada de mis dos hermanitas”, le dijo llorando.

Huánuco, 19 de octubre del 2020.

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