Las cartas de la moral

Eiffel Ramírez Avilés

Las palabras ‘moral’ e ‘inmoral’ son bastante usadas en nuestros asuntos diarios, ya sea en los privados o en los públicos. Cuando vemos que un vecino decide no alimentar a sus hijos y dedicarse a la vida disipada, lo tildamos de irresponsable, es decir, de inmoral; cuando nos enteramos que un funcionario público hurta recursos del estado, le reprobamos y lo llamamos inmoral; cuando escuchamos que un vigilante ha devuelto una billetera que fulano extravió, lo estimamos como honesto, esto es, que su acto fue moral. ¿Qué significa, pues, ser moral o ser inmoral?; ¿qué es la moralidad?

Una primera distinción básica es la siguiente, a saber: a) la ‘moral’ puede ser entendida como ‘costumbre’: el estilo de vida y la idiosincrasia de un pueblo constituyen, así, su moralidad; b) puede ser vista como una disciplina de la filosofía: y por eso, existe la ‘filosofía moral’, que se encarga de estudiar dicha palabra y sus alcances; y c) la ‘moral’ puede ser utilizada como adjetivo y, en base a ello, calificamos los actos de los humanos de ‘moral’ o de ‘inmoral’, tal como observamos en los ejemplos del primer párrafo.

Por otro lado, los filósofos distinguen entre ‘moral’ y ‘ética’. De esa forma, la ‘moral’ es lo que le deberíamos a otras personas (e. g., apoyar con recursos económicos a los pobres o a las personas con discapacidad; alimentar y educar a nuestros hijos; etc.); mientras que la ‘ética’ viene a ser los principios que cada uno asume o elige para su propia vida (e. g., lo que decido sobre mi futuro profesional; lo que afirmo sobre mi orientación sexual; etc.). En ese sentido, ‘moral’ es el vínculo de obligaciones que nos une a los demás, y ‘ética’ es lo que decido sobre cómo regir mi vida.

Sin embargo, hay otra diferencia crucial para entender la moralidad. ¿La moral es un hecho o es un valor? Los filósofos –y cualquier otro– disputan sobre esta cuestión desde antaño. Así, por un lado, están aquellos que creen que la moral es un sentimiento, una emoción, vale decir, algo tangible y fáctico. Por ejemplo, si veo que alguien está torturando a un niño, siento algo dentro de mí que me dicta que tal acto es reprochable y, por ende, inmoral; por lo tanto, según esta posición, la moral dependería de cómo nos sentimos cuando presenciamos un acto cruel o injusto. Esto, por supuesto, tiene un peligro evidente: qué pasa si no sentimos nada cuando observamos que en nuestro delante se está golpeando a un niño. Para un sádico, pongamos, dicho maltrato no estaría mal, al contrario, podría estar bien, porque en su fuero interno lo sentiría placentero. Contemporáneamente, esta corriente ha derivado en la llamada neuroética. La moral sería, según esta, una cuestión neuronal y un producto de la evolución del cerebro: algo es malo porque, como especie humana, lo hemos venido asumiendo así, esto es, como algo desventajoso para la supervivencia.

Frente a estas tesis físicas, existe otra postura que nos señala que la moral es más bien algo ideal:  un pensamiento, un valor. No creemos que la tortura de niños esté mal porque lo sintamos así, sino porque pensamos que existe un valor llamado –por ejemplo– “respeto por la integridad de cualquier ser humano”, y que este nos manda obedecerlo sí o sí, caso contrario, caeríamos en el rango de lo inmoral y de lo despreciable. Esta segunda posición, entonces, se apoya en que la moral es un dictado de la razón y que, al ser nosotros racionales, tenemos que acatar sus mandatos. Otros también afirman que los valores conforman un reino independiente de los hechos (acorde a la proverbial guillotina de Hume), y por eso, no dependen de datos fácticos ni de sentimientos. Como se ve, esta segunda tesis tiene la ventaja de superar la convicción del sádico; sin embargo, presenta naturalmente objeciones: quién establece los valores; quién nos dice lo que debe significar el valor ‘justicia’, el de ‘respeto’ o el de la ‘tolerancia’.

Si apostamos por esta última postura (pues la tesis del sentimiento moral me parece riesgosa), y cuando alguien es acusado de ‘inmoral’, tendríamos que representarnos lo siguiente: a) qué hizo en los hechos aquel hombre o mujer; b) pensar si el acto realizado vulnera un cuadro de valores; y c) argumentar o explicar, acorde a dicho cuadro de valores, por qué aquel acto estaría mal y si merecería una consecuencia (una sanción o castigo). Como se ve, debe haber un hilo de argumentación y subsunción. En ese sentido, que diez, cien, mil, o hasta más individuos, alcen la mano y digan que una persona es ‘inmoral’ (o que así lo sienten ‘dentro de su corazón’), no cuenta. La inmoralidad de alguien no se puede decidir por los números ni las pasiones. Debe ganar el argumento, no los votos.

Finalmente, dos advertencias. La primera: nadie tiene la última palabra en la definición de la moral. Así que nadie debe esperar a que un juez, un filósofo, un gurú, un pragmático o cualquier otro, establezca de manera concluyente lo que ella y sus componentes significan. Pero tampoco se tiene que caer en un relativismo del tipo “todos tienen su propia moral”; recalco otra vez: no ganan los números, sino los argumentos. La segunda: de un tiempo a esta parte, y según los vaivenes presentados en la política de turno, muchos están viendo las historias personales en base al binomio ‘moral-inmoral’; ‘bueno-malo’; ‘corrupto-no corrupto’. Estas calificaciones, en vez de aclarar los dilemas morales y políticos, los encasillan y los entorpecen. La moral, como la vida, es un tema siempre abierto, amplísimo, lleno de matices y de cartas, y en la que a veces hasta la suerte asume un rol importante; no la reduzcamos a inútiles dualidades, que más que apertura mental, generan intolerancia, arbitrariedad y hasta odio.

1. Desprendido del Diccionario de Filosofía de José Ferrater Mora, edit. Ariel, Barcelona, 2004; entrada “Moral”.

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