El valor de la vida

Eiffel Ramírez Avilés

En el orbe de nuestros dilemas contemporáneos, ha adquirido gran relieve las cuestiones del aborto y de la eutanasia. Naturalmente, ello se debe a que implican decisiones sobre un punto fundamental de nuestras existencias: la muerte. En el caso del aborto, la mujer interrumpe el desarrollo de un feto y este fenece; en el caso de la eutanasia, alguien pone fin a la vida de un individuo que sufría físicamente. De ese modo, se ha generado una división fogosa entre quienes apelan a la prohibición y penalización de tales actos (pues creen que hay un aniquilamiento deliberado) y quienes aceptan su permisión y legalidad (ya que en su opinión se respetaría la libertad individual). Católicos, feministas, profesores, ministros, jueces, etcétera, rivalizan al respecto y parecen no ponerse de acuerdo nunca. ¿Existen alguna respuesta razonable?

En 1994, Ronald Dworkin –uno de los más preclaros liberales de las últimas décadas– ejecutó una osada e interesantísima solución que vale rememorar. En su libro El dominio de la vida1, encaró aquellos dilemas en base a dos estrategias peculiares: a) los que están a favor y en contra tienen algo en común; y b) el debate en sí es un asunto religioso.

Veamos la primera. Para Dworkin, las personas que discuten sobre el aborto y la eutanasia creen en algo esencial y compartido: la sacralidad de la vida; es decir, esta es valiosa de por sí o tiene un contenido objetivamente importante. Luego, por ejemplo, tanto abortistas como antiabortistas aceptan que la vida humana no debe ser vulnerada, ya que la apreciamos inestimable; caso contrario, daría igual debatir si hay que privar de ella a un embrión, a un niño o a un adulto. Todos respetan la vida, porque piensan que posee una cualidad relevante, autónoma. En consecuencia, para nuestro autor, al afrontar el tema del aborto, el primer paso que se debe dar es no ver si un feto tiene o no derechos (lo cual sería un sinsentido, comparado con un adulto), sino en cómo se puede y se debe respetar aquel valor objetivo de la vida, o sea, su sacralidad. ¿Pero qué significa este valor?

Pasemos ahora a la segunda estrategia. Dworkin sostiene, siguiendo a Thomas Nagel, que las personas, independientemente de si profesan una religión tradicional, tienen preocupaciones religiosas. En efecto, ellas se preguntan constantemente sobre materias profundas y misteriosas que conciernen al destino de sus vidas, como por ejemplo, qué me sucederá después de la muerte, cuál es el sentido verdadero de mi existencia, ¿hay un ser trascendente? En ese orden de ideas, para el pensador, el aborto y la eutanasia –que son temas delicados e insondables acerca de la vida y de la muerte– son problemas religiosos. Por ende, inquirir sobre qué significa el ‘valor de la vida’ es una cuestión religiosa.

Estas dos estrategias tienen consecuencias muy importantes. Si el aborto y la eutanasia están ligados al valor de la sacralidad de la vida, y este es un asunto religioso, debemos evaluar quién es el llamado a establecer el significado de ese valor: ¿el papa, el presidente, el parlamento, el filósofo o usted mismo? En la visión liberal de Dworkin, los ciudadanos tienen un derecho de libertad (llamado también principio de independencia ética), según el cual, cada individuo, y solo este, es el único que decide sobre situaciones que le atañen a su personalidad y a sus creencias. Ningún otro –ni el gobierno, ni la iglesia, ni los vecinos– puede decidir por él en sus íntimas convicciones. En ese orden, quien debe determinar el significado del valor de la vida –que es un tópico, repetimos, personalísimo y religioso– no es otro que usted mismo, acorde a este principio de libertad. Por lo tanto, en el caso del aborto, es la mujer embarazada, y solo ella, quien debe optar por ser madre o no, por si abortar o no; y en el caso de la eutanasia, es la persona desahuciada y sufriente quien elegirá morir o no.

Pero lo dicho hasta aquí no se establece a rajatabla. La argumentación de Dworkin tiene varios matices que refuerzan las dos estrategias anteriores que resumimos. Así, en el caso del aborto, el escritor se vale de la famosa sentencia dictada por la Corte Suprema de los Estados Unidos –Joe v. Wade– en 1973, con la que se permitió (y se permite) el aborto a las mujeres estadounidenses. Según este histórico fallo, ellas pueden abortar dentro de los tres primeros meses de embarazo; en los siguientes tres, el estado puede regular tal acto en base a la salud de la madre; pero en los tres últimos, cuando el feto es viable, un estado puede prohibir este hecho. Esta sentencia tuvo como referencia la Décimo Cuarta Enmienda de la Constitución de ese país (que sostiene, en general, la libertad de la persona). Empero, para Dworkin el sustento de la permisión del aborto tendría que estar ubicada mejor en la Primera Enmienda, que plantea la imposibilidad de que un gobierno pueda imponer a sus ciudadanos un tipo de religión o creencias. De esa forma, como dijimos, si el aborto es una cuestión espiritual, una comunidad no puede inmiscuirse en las elecciones privadas de una mujer embarazada. 

En el caso de la eutanasia, Dworkin asume la idea de los intereses críticos. Estos son los intereses que deberíamos tener (como una buena relación con nuestros hijos, el alcanzar los objetivos profesionales, el poder ayudar a otros, etc.) Partiendo de esta idea, una persona que, ante una enfermedad irremediable y que le causa solo dolor, puede evaluar si ya no desea seguir viviendo, en base a sus propios intereses críticos: si ya los cumplió o si está satisfecho con lo que hizo hasta antes de caer enfermo. Entonces, tendría derecho a que, cuando lo desee, se le aplique la eutanasia. En caso de que se tratase de una persona que ya no puede expresar su voluntad (se encuentra en estado vegetal, pongamos), serían los parientes o sus cercanos los indicados para disponer si esa vida ya no debe continuar, considerando, nuevamente, los intereses críticos que esa persona ejecutó y logró en su faceta consciente.

No se puede negar la audacia y la apertura de Ronald Dworkin al tratar de estos temas. Sus dos estrategias planteadas pueden ser polémicas, pero nunca deshonestas; no esconden ningún partidismo en particular. En todo caso, tal como lo enfatizó Thomas Scanlon, es un partidario por la vida, un partisano de ella. La defiende, pero en el sentido de que todos y solo nosotros debemos ser responsables en definir lo que ella significa. El libro de Dworkin nos involucra; nos empuja a abrazar el reto de qué es la vida y qué es la libertad.

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