La agenda agraria y el paro de agricultores

Ps. Richard Borja
Director Instituto Peruano de Psicología Política

Imagino una realidad donde el Estado se ha hecho tan omnipotente que es capaz de resolver todos los problemas de la sociedad, recurre para ello a la anulación de la persona y de su libre albedrío, de su libertad para emprender, comerciar, montar un negocio, o como coloquialmente decimos, ganarse la vida. Por ejemplo, imagino que los dueños de restaurantes que no pudieron vender todos sus platos de comida piden que el Estado les compre lo que sobró; igual, los transportistas pidiendo que el gobierno pague los asientos vacíos que nadie ocupó; el carnicero, la ambulante, la frutera, el vendedor de camisas y todo ciudadano que realice actividades comerciales. Imagino que el Estado, a través de sus gobernantes apoya a sus ciudadanos y les compra a todos, lo que no pudieron vender.

Y es que la imaginación es ese lugar donde mueren los imposibles y donde reinan los deseos infinitos, hermosos, o a veces terribles; la realidad no tiene lugar ahí, es casi una palabra proscrita que pone en riesgo la fascinación de todo aquello que podemos imaginar. Bendito el que imagina mundos mejores; aunque sea solo por momentos, para tomar aliento y seguir labrando caminos hacia ese mundo en la dura carcaza de la realidad. Los deseos hablan del corazón de una persona; pero la realidad le cede el paso a la razón, y los problemas con los que tropezamos día a día requieren de un poco de imaginación; pero de mucha razón. Así que hacer realidad eso que imaginé, sería casi imposible.

«Una huelga lo único que conseguirá será afectar la economía de otros sectores en la ciudad, transportistas, comerciantes, restaurantes»

La agricultura en nuestro país tiene formas diversas; no es igual en la costa, en la sierra o en la selva; sus niveles de desarrollo tecnológico varían tanto como la dispersión socioeconómica y cultural que pintan la realidad de nuestra nación. En la época precolonial era una actividad productiva con un fuerte matiz religioso, de subsistencia y de tributo; salvo pequeños excedentes que se llevaban al ejercicio del trueque, la mayor parte de la agricultura era manejada por el Estado; las cosechas iban a los gobernantes y se otorgaban en forma de tributos; los productores no eran dueños de la tierra ni gozaban del resultado de su esfuerzo, que administraba el Estado inca. Fueron tiempos en los cuales se construyó formidables andenes, acueductos, camellones y cochas que constituían la tecnología y técnicas incas para hacer frente a la naturaleza y los riesgos que conlleva una actividad de este tipo. Con la colonia y durante el virreinato, el matiz religioso se perdió y la agricultura fue una actividad productiva al servicio de los nacientes latifundios y donde los campesinos y esclavos provenientes de África y China sostenían la producción; la diferencia es que la propiedad privada ya era parte del esquema productivo y con las reformas del velasquismo dicha propiedad pasó de manos de los latifundistas y hacendados a los campesinos, que carentes de técnicas y nociones de producción con enfoque económico, precarizaron la producción nacional. La actual agricultura es una actividad económica casi a totalidad y parecemos no verlo así.

Hoy, a dos años de la última huelga de agricultores en Huánuco, donde la solución fue el facilista acuerdo de comprar los productos directamente a los agricultores cuya sobre producción, abarató los precios en el mercado, volvemos a revivir la experiencia, con un Estado incapaz de diseñar una agenda seria para hacer de la agricultura no solo una oportunidad empresarial costeña; sino, una actividad económica que le resulte rentable a todo agricultor en costa, sierra y selva. Lamentablemente conviven modelos y enfoques agrarios que se neutralizan a si mismos y dejan al agricultor a expensas de sus deseos, la imaginación y la dura realidad. Como cuando dirigentes que ni siquiera son agricultores se aprovechan de ellos con promesas imaginarias y autoridades que carentes de firmeza y honestidad no son capaces de encarar el problema tal cual es, no sobre la imaginación; sino, sobre la realidad y asumir la agricultura como una actividad económica sujeta a la ley del mercado con la simple ecuación de oferta y demanda.

Los problemas se enfrentan con una agenda clara, honesta y viable, no romantizando ni avalando irresponsablemente agendas cortoplacistas basadas en la falacia y el oportunismo circunstancial; ojalá que lo entiendan dirigentes y autoridades y dialoguen desde el campo llano y no desde las trincheras; pues una huelga lo único que conseguirá será afectar la economía de otros sectores en la ciudad, transportistas, comerciantes, restaurantes. Mientras algunos afiebrados políticos seguirán usando a los más humildes, ahora transportados como papas en grandes camiones, para que sean usados como carne de cañón. Abordemos una agenda agraria lejos del mundo de la imaginación y tracemos una ruta efectiva de compromisos reales; nuestros hermanos agricultores lo merecen. 

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