Objetos olvidados

Andrés Jara Maylle

…¿Cuántas cosas,
limas, umbrales, atlas, copas, clavos,
nos sirven como tácitos esclavos,
ciegas y extrañamente sigilosas!
Durarán más allá de nuestro olvido;
No sabrán nunca que nos hemos ido.
Jorge Luis Borges.

Las casas antiguas, aquellas construidas con paredes de tapial o adobe y blanqueadas con cal, esas con techos de tejas rojas a dos aguas y con arquerías, ya no existen. Todas han sido irremediablemente cambiadas por casas modernas, de ladrillo y concreto, con columnas y fierro corrugado; o en el peor de los casos, con calaminas plateadas que refulgen y empañan intensamente con el sol de la mañana. Es la modernidad, aunque nos pese.

Y la modernidad, al mismo tiempo, no ha traído también aparatos y artilugios que hacen más fácil y llevadera la vida; que abrevian el arduo trabajo de hombres y mujeres y que han llegado para quedarse y sofisticarse con el paso del tiempo. La modernidad nos está convirtiendo en simples espectadores de la nada.

Y ante el impulso de lo nuevo, tantos objetos otrora imprescindibles, ahora están siendo olvidados para siempre, o se están convirtiendo en simples piezas de museo casero, de olvido y de desdén y que deben ser guardados, o mejor amontonados, en algún rincón para que no estorbe a los jóvenes modernos.

Quién en su sano juicio tendría a mano su antigua plancha a carbón, aquel objeto de fierro fundido, con un gallito como seguro y en donde en su interior se depositaba carbón ardiente para que al calentar la base, sirva con mucha eficacia para planchar toda la ropa de la familia.

Por ejemplo, quién en su sano juicio tendría a mano su antigua plancha a carbón, aquel objeto de fierro fundido, con un gallito como seguro y en donde en su interior se depositaba carbón ardiente para que al calentar la base, sirva con mucha eficacia para planchar toda la ropa de la familia. Gracias esa antigua plancha todos íbamos a la escuela con el uniforme bien asentado y sin arrugas visibles, como debe ser.

Ahora que todos (o casi todos) tienen agua potable en sus casas para qué, por ejemplo, tener un urpo en la cocina. En aquellos tiempos, los tiempos del Señor, tener uno o hasta dos urpos era una absoluta necesidad, pues allí se depositaba o guardaba agua fresca para todo uso. El agua, como puede suponerse, era recogida y llevada en baldes o latas desde el puquial más cercano, o en el mejor de los casos se sacaba de los pozos artesianos con una soga y rondana. Agua fresca y vital, agua vivificante que se guardaba en los urpos donde se mantenía pura y limpia, limpia y pura… agua para vivir.

Y si se quería moler el ají o las yerbas para el caldo verde; o si se quería desmenuzar el maní para el picante de cuy, o la cancha para transformarlo en machca, nadie usaba licuadora (que no se tenía), sino que se recurría al pesado batán, un gran macizo de piedra pulida y plana que no podía faltar en ninguna casa, ni de ricos ni de pobres. En toda casa que se respetaba, en un lugar fijo e inamovible, había siempre un gran batán para la molienda. Un gran batán con su manizuela, que era otra piedra de buen peso en forma de semirrueda, con el que se trituraba y molía cualquier cosa: trigo, maíz, ají, sal de roca…

Y dónde estarán ahora las lámparas con mecha y a querosene con las que la gente se alumbraba en las prietas noches huanuqueñas. ¿Algún joven moderno y bicentenario tendrá idea de qué se trata? Lo cierto es que sin ellas las generaciones anteriores no hubiesen podido estudiar, hacer sus tareas, leer libros, conversar con sus padres. Era todo lo que tenían para enfrentar a la oscuridad de cada día. O casi todo, pues había también el no menos famoso lamparín, que era una latita especialmente acondicionada para contener querosene y una mechita que, al encenderse, emitía una pequeña y muy tenue luz, pero que aliviaba la tiniebla. Bueno, aunque en las casas de los más pudientes podían encontrare velas por doquier. Pero esa era todo. Lámparas, lamparín, velas… luz de vida, luz contra la penumbra…

Y en un hogar respetado tampoco podía faltar la máquina de coser Sínger. Y no es por machistas, pero toda mujer de la casa debía saber pedalear la susodicha máquina para coser vestidos nuevos o hacer remiendos en camisas, pantalones u otras prendas. La máquina de coser es otro objeto que ha pasado al olvido, y con justificada razón. Hoy es más fácil y barato comprarse ropa de la China antes que hacer remiendos anticuados. Son los tiempos modernos… o eso dicen.

Y hablando de máquinas, ahora el mundo sofisticado de las computadoras ha eliminado para siempre de nuestros escritorios a las famosas máquinas de escribir. Ese artilugio que desde hace más de dos siglos había cambiado la forma de ver el mundo. Marcas famosas que llegaron por estos lares: Remington, Olympia, Olivetti, Smit Premier. Grandes y pesados armatostes que al ser tecleados intermitente, rítmica y convenientemente, a través de su negro rodillo, parían palabras, frases, oraciones, imágenes, textos. ¿Cuántos poetas, narradores, dramaturgos, habrán escrito sus obras inmortales en esas máquinas invencibles? Y hasta los burócratas en las muchas oficinas antiguas escribían oficios, memorandos, actas, resoluciones, etc. en esas máquinas imperturbables.

Esa era la vida. Ahora todo es diferente. «Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos». Ese es el destino que nos ha deparado y no hay vuelta que dar. Solo seguir adelante, sin mirar atrás, aunque recordando, siempre recordando.

                                                          Huánuco, 13 de diciembre del 2020.

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