La ilusión de una nueva Constitución

Ps. Richard Borja
Director Instituto Peruano de Psicología Política

“Hay que cambiar la Constitución”, afirman muchos con la ilusión del hincha peruano que compra una entrada para alentar a su selección durante un partido clasificatorio al mundial; con la misma ilusión de los niños que esperan la Navidad para buscar el regalo que les traerá papá Noel. Y es que las ilusiones tienen ese poder de darle fuerza y esperanza a las personas; les ayuda a vivir con intensidad, con alegría, con fuerza, con la confianza de que eso que esperan ocurrirá.

Las ilusiones se parecen también a la fe, donde sin importar las evidencias se confía plenamente en que eso que deseamos se hará realidad; sí, como en los libros de Coelho, donde la naturaleza conspira cuando deseas algo con intensidad, nos envuelve y nos lleva a ciegas hasta que la realidad nos hace tropezar y adoloridos ponemos el libro del buen Paulo en el último rincón de la biblioteca y caemos en la cuenta que solo es motivación, un empujoncito como diría mi tocayo Richard Thaler, y que lo mágico y heroico siempre seremos nosotros enfrentando la realidad.

Cuando las ilusiones son masivas como en este caso, se repiten esos históricos episodios sociales en los cuales como una fuerza invisible las personas se movilizan detrás de una promesa; algo que esperan diferente, novedoso y por supuesto, mucho mejor. Suenan voces susurrando esas ilusiones, como promesas bonitas y falsas, emulando el vals del gran Cholo Berrocal; y como no, aunque me seduce la ilusión contagiante, la historia de la que aprendo, casi siempre termina siendo una destructora de ilusiones, dejándonos el consuelo de: “fue bonito, mientras duró”. Como muchos ciudadanos venezolanos que hoy recuerdan con tristeza y nostalgia esas bonitas ilusiones que el difunto Hugo Chavez les generó. Y es que siempre hay quienes usan las ilusiones, no para mejorar; sino, para engañar y después dominar.

«Debemos tener claro que las leyes no obran milagros por sí solas; creer eso es la más absurda de las creencias»

Hoy nos ilusionan con una nueva Constitución, el Congreso ya quiere aprobar un referéndum y los políticos en campaña hablan de ella, como la panacea que aliviará nuestros males. Me pregunto: ¿Cuántos peruanos han leído la Constitución?, ¿Cuántos saben que a la fecha se han hecho más de veinte reformas desde su promulgación en 1993?; ¿Cuántos saben que ya llevamos doce promesas fallidas e ilusiones constitucionales?; ¿Cuántos saben qué es y para qué rayos sirve una Constitución? Quizá esta última pregunta sí amerita una respuesta, pues en ella subyace una pista para salir del laberinto de las ilusiones y asumir que la Constitución es un producto, tal cual sentencia el laureado profesor de la escuela de leyes en la Universidad Chicago, Tom Ginsburg. Un producto que tiene características, especificaciones y detalles concretos, pero cuyo uso siempre oscila entre la técnica y la práctica constante de su uso; y si no la conocemos, es probable que se malogre, que se torne inútil y que luego la desechemos; sin ver que no es cosa del producto, sino de la impericia y mal uso que hacemos de este.

Debemos tener claro que las leyes no obran milagros por si solas; creer eso es la más absurda de las creencias; y la ilusión más vendida de quienes adoran al Estado y le atribuyen poderes mágicos y absolutos para mejorar la vida de las personas. Algo que, con tanta historia de corrupción, mediocridad e ineficacia deberíamos ya haber dejado de creer; pero gracias a la fuerza de los relatos, excusas y promesas —como esas parejas violentas que agreden, pero luego piden perdón y dicen que cambiarán—, los políticos estatistas insisten en renovarnos ilusiones. Y aunque la verdad es que hoy la mayoría está desencantada y desilusionada con la labor del Estado, muy astutamente ahora sus devotos le echarán la culpa a la Constitución; como si en ella dijera, los funcionarios deben cobrar coimas y robar en las obras.  Engaño, excusas, ilusión y nuevamente engaño.

Yo creo en la enorme capacidad de las personas para enfrentar los problemas, para cooperar entre sí, para inventar y crear emprendimientos, negocios, formas de ganarse la vida y darle sentido a esa vida, en libertad con los pies en la tierra y con la fuerza de su voluntad que no está escrita en ninguna Constitución o ley y que si algo espero cambiar en nuestra Constitución es que cuide esa libertad y proteja a todos los ciudadanos del abuso del poder venga de donde venga, empezando del mismo Estado, tantas veces abusivo y al que otros adoran con fe ideológica o cándida ilusión. A mí no me ilusiona una nueva Constitución; me ilusiona la gran capacidad de la gente libre saliendo adelante, aquellos que madrugan y hacen patria día a día.

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