Campo Nuestro o la historia del periodista frustrado

Andrés Jara Maylle

UNO

Hace exactamente una década atrás, un sábado 19 de diciembre del 2010, junto a mi amigo y colega Jacobo Ramírez Mays, me paré frente a dos cámaras en un improvisado set de televisión y, sin más ni más, inicié lo que sería (sin falsas modestias) un programa televisivo que ya dura diez años saliendo en vivo y en directo, todos los sábados de once de la mañana a doce del mediodía, en la señal por cable de Huánuco Telecom (en aquel tiempo Cable Visión).

Jacobo y yo no estábamos solos. Detrás de nosotros había un grupo de amigos muy entusiastas, aunque neófitos en el periodismo. Recuerdo que para ambientar nuestro set hicimos una chanchita con el que compramos el inmenso bánner que servía como escenografía de fondo. Allí estaban apoyándonos Luis Mozombite, Juan Giles, Víctor Rojas, Patricia Castillo, Rossy Majino, Gino Damas. Creo que ninguno de ellos apostaba por un año de programa, ni yo mismo; sin embargo, el tiempo ha pasado inexorablemente y sin querer queriendo hemos llegado a diez de aventuras sabatinas.

“Pero la idea de hacer periodismo (aunque sea chapucero y hechizo) me ha perseguido toda la vida. Y por angas y por mangas no he desaprovechado la ocasión para estar ligado a la radio, a la televisión y a la prensa escrita“.

El programa se llama CAMPO NUESTRO y, a diferencia de lo que hace la gente profesional y conocedora en asuntos de producción televisiva, este no tiene una estructura precisa, no tiene ni un esqueleto ni un orden establecido previamente; es más, Campo Nuestro debe ser el único programa en televisión que se va armando en el camino y en base al puro entusiasmo bienintencionado del conductor. Y nada más. Tal vez puede decirse que es un magazine que se sustenta en base a una extensa entrevista al invitado de turno, de preferencia un artista de estos y (ocasionalmente) de otros lares: narradores experimentados, poetas incomprendidos, pintores paisajistas, músicos decepcionados, actores en ciernes, intelectuales indisciplinados. También, cómo no, se ha entrevistado a gente de diversa profesión u ocupación: abogados con ambiciones políticas, autoridades ocasionales, docentes innovadores, periodistas afiatados. Inicialmente fue pensado como un programa que difundiera únicamente cultura; sin embargo, poco a poco, fue corrompiendo su esencia dando paso a diversos temas, especialmente el político.

Lo cierto es que Campo Nuestro acaba de cumplir diez años en el aire imbuido solo de terquedad y obstinación por hacer algo que particularmente a mí me encanta. A decir verdad, el programa sale gracias al apoyo únicamente de Huánuco Telecom y nada más. No tiene propaganda de nada, no cuenta con avisaje que lo sustente, el conductor no recibe pago alguno de nadie, aunque sí recibe en abundancia las gracias de los invitados de turno.

Tal vez la única recompensa sea el hecho de que durante una hora por semana, puedo curar y aliviar una de las grandes y más intensas frustraciones de mi vida: el no haber podido estudiar periodismo.

DOS

Efectivamente. Cuando en 1981 culminé sin mucha emoción mi secundaria leonciopradina estaba seguro que yo no iba (no quería) ser ingeniero, agricultor, cura, contador o cosa parecida. Lo único claro que tenía en aquel entonces era que quería ser un periodista y nada más. Hacía pocos años que la televisión en blanco y negro había llegado a Huánuco y ver a periodistas narrando las noticias o entrevistando a personalidades nacionales era lo único que me entusiasmaba. Pero ya en esa época yo sabía que del dicho al hecho había mucho trecho.

Como en ese tiempo en la UNHEVAL aún no existía la carrera de Comunicación (esta se crearía en 1985), averiguando me enteré que lo más cercano era ir a la Universidad Nacional del Centro del Perú, en Huancayo. Hice mis cálculos rápidamente y supe que eso era más que imposible, que en esas circunstancias no llegaría ni a Huariaca.

Recuerdo haber hablado muy vagamente el asunto con mi segunda hermana (mi Ángel de la Guarda) que ya trabajaba como enfermera, y también con mi padre: ella quedó conmovida con mi aspiración; en cambio mi padre, fiel a su estilo realista, cortó rápidamente la conversación sabiendo que sus posibilidades eran nulas. A mi madre, en cambio, no le cuadraba la idea de que su único hijo varón se vaya tan lejos, a tierras extrañas, donde nadie lo conoce, solo para estudiar una carrera.

Mi padre, labriego y honesto hasta su último día, cultivaba camotes, maíz y alfalfa en un predio donde escaseaba el agua; mi madre ayudaba como comerciante ambulante (a mucha honra), y hasta nosotros teníamos que “trabajar” en vacaciones para ayudar en el sustento. De dónde, entonces, sacarían mis padres para enviarme a Huancayo si no tenían ni para mandarme a Huancachupa.

Estudia una carrera que te gusta en nuestra universidad, me dijeron, y así quedó sepultada la idea de convertirme algún día en un periodista. Para resarcirme de mí mismo estudié Lengua y Literatura en la UNHEVAL y no me arrepiento. Fue una de las cosas más importantes que me ha sucedido en la vida: conocí grandes amigos, extraordinarios profesores e hice carrera docente gracias al apoyo de tanta gente que me estima. Y seguimos vivos.

Pero la idea de hacer periodismo (aunque sea chapucero y hechizo) me ha perseguido toda la vida. Y por angas y por mangas no he desaprovechado la ocasión para estar ligado a la radio, a la televisión y a la prensa escrita.

Así, aunque mi tiempo lo ocupaba como docente y escritor en ciernes, me daba maña para escribir artículos y crónicas periodísticas que aparecían en revistas y periódicos del medio (Hoy Regional, Ahora, Fases, Correo, Página3, etc.) Por eso, cuando hace diez años me propusieron hacer un programa en televisión, no lo dudé un instante y dije inmediatamente que sí. Así nació CAMPO NUESTRO, un programa que intenta ser cultural pero termina siendo todoterreno. Y así también curo mis viejas heridas y mis viejas aspiraciones que aparentemente han muerto pero que, como el ave Fénix, retornan a la vida y se renuevan cada vez que me pongo el disfraz y la máscara de periodista.

                                                          Huánuco, 20 de diciembre del 2020.

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