Tiempos duros y hombres débiles

Richard Borja Director Instituto Peruano de Psicología Política

Estamos por culminar un año que podemos calificar de malo; por todo aquello que ha ocasionado en el mundo, hay quienes lo han padecido más que otros; pero es indiscutible que al margen de la perspectiva del vaso medio lleno, la pandemia, las desastrosas decisiones de gobierno, la precarización de la economía familiar, la atribulada movilización social y el populismo imperante dan razones suficientes para decir que este es un tiempo duro.

Hay una regla que particularmente creo infalible para iniciar un análisis psicológico y sociológico de la humanidad y explica el por qué de los tiempos que vivimos. Se resume en esta frase: “Los tiempos duros crean hombres fuertes, los hombres fuertes crean tiempos buenos; los buenos tiempos crean hombres débiles; los hombres débiles crean tiempos duros” es inevitable preguntarnos, ¿en qué tiempo nos encontramos ahora?

El coronavirus encontró un mundo de personas y autoridades relajadas y fofas, alejadas de esa fortaleza creativa que lo mantiene expectante de las amenazas, preparado para enfrentarla y superarla; los buenos tiempos que en cierto modo fuimos viviendo, aún con las brechas sociales, nos han encontrado desprevenidos, frágiles y confundidos y lo peor es que esa debilidad reflejada en la carencia de sapiencia para enfrentar los retos y amenazas por parte de nuestros políticos apenas está empezando. “…Hombres débiles, crean tiempos duros”

El crecimiento sostenido que ha tenido el país en los últimos 20 años, haciendo de Perú la envidia de Suramérica ha creado esa falsa sensación de bienestar, banalizando las decisiones y prioridades de la gente y sobre todo, de los gobernantes que se han sucedido; destinando los recursos públicos a cuestiones tan fútiles y accesorias como los mandiles rosados, mientras los hospitales carecían de equipos y de personal, mientras las carreteras y la conexión no corresponden al tiempo que vivimos; una delirante narrativa pro derechos, pero una ausencia peligrosa del sentido del deber y la responsabilidad; y por supuesto la corrosiva corrupción que destruye el alma de una sociedad.

Los seres humanos al igual que todos los seres vivos siempre han buscado comida, cuidado a sus crías, deseado sexo, evitado el dolor y peleado por status; es lo que diríamos, la naturaleza de todo ser vivo aún a través de las largas distancias evolutivas y los cambios que se han sucedido producto del desarrollo científico y tecnológico. La psicología del ser humano no ha cambiado, o mejor dicho, no ha cambiado completamente y en gran medida esta circunscrita a uno de los ciclos arriba mencionados. Toda esa concatenación de cambios y mejoras que ha experimentado la humanidad, es consecuencia de su lucha con el entorno, con sus amenazas, con sus riesgos y con la inagotable voluntad de sobrevivir, escenarios que han tenido que sacar lo mejor de la fortaleza que guarda nuestra especie.

Sin embargo, logradas ciertas comodidades vienen el relajo y el ablandamiento. En estos tiempos el ser humano es cada vez más dependiente del estado, de las leyes que le ponen márgenes a su conducta y le prenden un semáforo a su conducta; convirtiendo la libertad en una especie de carta blanca para todo, pero separándola de la responsabilidad de su ejercicio. Los chicos de ahora son más sensibles, algunos a niveles dramáticos; más que nunca se evita el dolor y la fragua de los roces toscos que componen la naturaleza de los seres vivos; hoy, niños se suicidan porque les gritaron en clases; y por supuesto una larga carrera de competencias por mayor status, sea a través del dinero, los títulos acumulados o la ilusión de quienes se perciben a si mismos como superiores. Un mundo dominado por el hedonismo, el consumo desenfrenado y la filosofía del hoy ahora, que hace invisibles los límites de lo permitido y la responsabilidad.

Siempre hay excepciones a la regla; pero es evidente que estamos en ese ciclo en el cual lo poco que hemos logrado con esfuerzo, lo estamos diluyendo en los hornos del populismo, la ilusión de estado de bienestar y la irresponsabilidad; como cuando Huáscar y Atahualpa creyéndose cada uno emperador y de la talla del sol, no vieron reflejar sus debilidades y peligrosos conflictos en las pulidas armaduras de los íberos conquistadores, hombres fuertes, conquistando hombres débiles. Ya luego nos vendría la nostalgia; como diría Borges, amando lo ya perdido; por eso es vital que estos tiempos duros, forje una nueva generación de hombres fuertes que creen tiempos buenos.

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