El Estado “cuidando” tu salud

Andrés Jara Maylle

Lindo chiste, bella quimera, dulce ilusión. Fantasía pura o un buen sueño… Eso, solo un bonito sueño. El Estado cuidando tu salud: ja ja ja ja ja.

Huanuqueños, hermanos de mi alma”, desengáñense; el Estado nunca ha cuidado nuestra salud mejor que nosotros mismos. Siempre fuimos nosotros, los que haciendo malabares conservamos nuestra salud lo mejor que se pueda, porque el Estado llega siempre tarde, o no llega nunca.

Acudimos por nuestra propia cuenta a médicos connotados, a curanderos, chamanes, adivinos, clarividentes, brujos, lo que sea con tal de mejorar nuestra salud. Invocamos a Dios Todopoderoso, al niño Jesusito, a la virgen de Guadalupe o a María, al Señor de Burgos, a Santiago Matamoros, a San Judas Tadeo, a San Blas (el patrono de los que padecen dolores de garganta), al Señor de Chalpón o al de Chacos. Elevamos nuestras plegarias y le imploramos salud con salmos, oraciones, rezos y conjuros paganos a los apus andinos. Conversamos con el pastor evangélico, el cura de la parroquia, el diácono que es nuestro vecino; todos ellos son buenos consejeros (espirituales, especialmente) para mitigar las dolencias del cuerpo y del alma.

Si es que tenemos algo de dinero nos vamos a una clínica privada, de las muchas que ahora existen en la ciudad; de lo contrario debemos acudir, muy a nuestro pesar, al hospital de Essalud (donde solo para entrar hay que ser bien valientes), o al hospital de contingencia, en donde el panorama es muy desalentador. Si es que nuestra economía está en los suelos, solo nos queda ir a un tópico donde una técnico en salud nos aplica, previo hincón con una aguja gruesa en la nalga, un cóctel de medicinas que a decir de muchos, nos calma siquiera unas doce horas los dolores indecibles de la enfermedad.

Como dije, dependiendo de nuestra economía, de nuestras creencias, nuestros conocimientos y hasta nuestra fe, consumimos por nuestra cuenta panadol, paracetamol, ivermectina, azitromicina. Preparamos repugnantes mejunjes con ajos, cebolla, alcanfor, hojas de sauco, coñac y leche y nos lo bebemos sin protestar (y sin permiso de ese monstruo burocrático que es el Estado) en aras de nuestra buena salud que solo nosotros nos lo podemos proveer.

“Dependiendo de nuestra economía, de nuestras creencias, nuestros conocimientos y hasta nuestra fe, consumimos por nuestra cuenta panadol, paracetamol, ivermectina, azitromicina. Preparamos repugnantes mejunjes con ajos, cebolla, alcanfor, hojas de sauco, coñac y leche y nos lo bebemos sin protestar (y sin permiso de ese monstruo burocrático que es el Estado) en aras de nuestra buena salud que solo nosotros nos lo podemos proveer.”

Hacemos hervir un combinado de yerbas medicinales y ancestrales: hojas de matico, muñá, menta, tallos tiernos de eucalipto hembra, trozos de limón real, papitas machacadas de kion (jengibre, es su otro nombre) y luego, calientito, inhalamos su humeante aroma hasta casi asfixiarnos. Y también nos lo bebemos agregando un par de cucharaditas de miel de abeja. Algunos preparan su ponche sanador, que no es más que una incompatible mezcla de jugo de naranja caliente combinado con huevos crudos. Todo eso hacemos para sanarnos, para estar mejor día a día y sin que el Estado intervenga, porque sabemos por nuestra larga experiencia que ese elefante viejo y ciego, esa tortuga lenta que es el Estado, nunca cuidará nuestra salud mejor que nosotros.

Porque si el Estado, como dice, quisiera cuidarnos debe hacer cosas sencillas pero eficaces.

Por ejemplo, si el Estado quisiera cuidarnos construiría grandes, modernos, acogedores y buenos hospitales en tiempo récord, y con todo implementado, para que los pacientes lleguen y con solo ver las saludables condiciones del nosocomio se sanen rápidamente. Claro que para ello tendría que prescindir de los muchos funcionarios corruptos que cobran los diezmos con desfachatez; tendría que mandar a la cárcel a todos esos “profesionales” que aconchabados con presidentes regionales, ministros, viceministros o gerentes hacen pésimos proyectos solo para ampliar a cada rato los presupuestos, convertidos en jugosas “ganancias” ilegales.

Porque si el Estado se preocupara por nosotros compraría en términos justos y sin la canallada de los sobreprecios (otra fuente de robo descarado para los funcionarios) millones de mascarillas, jabón líquido, alcohol medicinal y los repartiría a toda la población para que, por lo menos, tengan con qué protegerse.

Si el Estado quisiera cuidar de nuestra salud, contrataría para los hospitales, centros asistenciales y postas la suficiente cantidad de médicos de todas las especialidades, enfermeras, personal técnico, pagándoles salarios más que decentes, pues esta gente maravillosa arriesga su vida minuto a minuto por nosotros, los irresponsables.

Y sobre todo, si el Estado, ese monstruo de mil cabezas, como dice, cuidara nuestra salud ya hubiese hecho lo posible y también lo imposible para adquirir la suficiente cantidad de vacunas para comenzar a inmunizar a toda nuestra población. Pero no, esa maldición llamado Estado solo ha comprado una mínima cantidad de vacunas, de las más caras y las menos eficaces y que, incluso no se sabe cuándo llegará. Esa es nuestra verdadera tragedia…

Pero no. El Estado, fiel a su estilo ineficiente y mediocre, no ha hecho ni hará nada bueno. Solo hace lo más fácil: encerrarnos a las malas en nuestras casas, poblar de policías y hasta de tropas del ejército las calles, impidiendo que la gente haga lo que mejor sabe hacer: trabajar duro para generar su propia riqueza y cuidarse, como solo ellos saben hacerlo, sin permiso de nadie. Sí señor.

Huánuco, 31 de enero del 2021.

Agregue un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *