Mano dura, recurso frágil y oportunista

Germán Vargas Farías

Keiko Fujimori ha dicho que su propuesta de gobierno se resume en «mano dura», y soy de los que piensa que es lo único creíble que ha declarado en lo que va de su campaña electoral. Lo dijo en la campaña del 2011, que perdió, frente a Ollanta Humala; y en la del 2016, cuando fue derrotada por Pedro Pablo Kuczynski. 

La hija del dictador apuesta por la «mano dura», y su afirmación ahora no desentona con la referida en dos de los momentos clave de su carrera política, ni tampoco con su actitud frente a los crímenes cometidos durante el gobierno de su padre.

Alberto Fujimori, como se sabe, está preso por crímenes de lesa humanidad, y la tres veces candidata a la presidencia, Keiko Fujimori, nunca ha hecho un deslinde claro en relación a los delitos de homicidio calificado con alevosía, lesiones graves, secuestro agravado, y otros, perpetrados por su padre.

En las elecciones del 2011, la candidata Keiko Fujimori, entonces con 35 años de edad, prometió «mano dura» contra el crimen, y lo hizo dejándose ver con Rudolph Giuliani, el exalcalde de Nueva York, célebre por lograr una importante reducción de crímenes en su ciudad.

«El ejemplo ‘de una madre que saca adelante a sus hijos con amor y con firmeza porque lo que más amamos es lo que más cuidamos’, es tan falso como la promesa de hacer una ‘oposición responsable’ que declaró al perder la elección del 2016»

La intención de Fujimori, en esa ocasión, fue responder a una de las mayores demandas de la población en el país: seguridad, problema que en las encuestas generaba tanta preocupación como el desempleo y la pobreza. Aunque la estrategia pareció funcionarle, no le alcanzó para ganar las elecciones.

En las elecciones del 2016, la candidata Keiko Fujimori, entonces con 40 años de edad, utilizó una retórica severa cuando se refirió a la inseguridad ciudadana, anunciando que encargaría el resguardo de puertos y locales públicos a la Marina de Guerra y al Ejército respectivamente, y construiría cárceles a 4.000 metros sobre el nivel del mar.

Con una nueva e igualmente costosa asesoría, a cargo de Jacques Séguéla, un experto francés en marketing político, la «mano dura» volvió a aparecer, y en un contexto donde para la mayoría el principal problema era la inseguridad, ella prometió acabar con ladrones y sicarios. Otra vez, sin embargo -y aunque estuvo cerca- no logró ser presidenta.

Lo narrado demuestra, entonces, que Keiko Fujimori, al igual que su padre, cree en la «mano dura», que no es otra cosa que severidad en el trato. Eso, dije al empezar, es lo único creíble de su mensaje; lo otro, el ejemplo «de una madre que saca adelante a sus hijos con amor y con firmeza porque lo que más amamos es lo que más cuidamos», es tan falso como la promesa de hacer una «oposición responsable» que declaró al perder la elección del 2016, a la par que hacía una demostración de fuerza, presentando comedidamente alineada a su gran mayoría en el Congreso. 

En las elecciones del Bicentenario, la candidata Fujimori, se presenta ya sin consejeros tan refinados como los anteriores, pero su discurso no ha cambiado. A sus 45 años de edad, ha reclutado como principal asesor a Fernando Rospigliosi, cuyo estilo rudimentario y visceral concuerda más con el comportamiento del fujimorismo, que lidera la candidata reincidente.

¿Cambió algo en la última década?, Nada, y lo peor es que siguió en lo mismo, el abuso y la prepotencia, aún en circunstancias graves para el país. 

La «mano dura» ahora, se propone en un contexto de pandemia y con un evidente agotamiento de la mayoría de la gente que, además de ver la muerte más cerca cada día -si no le tocó ya- observa cómo se esfuman sus recursos, sin vislumbrar la luz al final del túnel.

Entonces, se ofrece «mano dura» como si, efectivamente, resolviera los problemas. Oportunistamente, y como parte de una propuesta autoritaria que cierto sector de la ciudadanía, que se aferra a ese espejismo, demanda.

Cuando al candidato fujimorista al Congreso de la República, Fernando Rospigliosi, se le pregunta si se ratifica en lo que pensaba y decía antes, respecto a que Keiko Fujimori conocía de la corrupción perpetrada por su padre y su asesor Vladimiro Montesinos, contesta que «el pasado, pasado está», y que él no va a entrar a discutir esas cosas.

Esa es otra expresión del fujimorismo, el desgano por una memoria que les confronta, que revela su cinismo, y que no tiene nada que ver con la mamá amorosa y firme que saca adelante a sus hijos e hijas, si no -y esa es la imagen que tengo de Keiko Fujimori- con la hija aviesa y creyente en la «mano dura», que puede sin ruborizarse permitir la tortura de su madre.

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