Cómo vacunar a los antivacunas

Germán Vargas Farías

Desde la llegada a nuestro país, la noche del domingo 7 de febrero, del primer lote de vacunas contra el nuevo coronavirus, ha empezado una carrera en la que pareciera todas las autoridades se han dispuesto para procurar que el proceso de vacunación se implemente rápida y efectivamente.

Sin eludir los trámites que corresponden, hemos visto llegar un vuelo procedente de Beijing, China; con parada en París, Francia; y en menos de 40 horas iniciar la primera fase de vacunación, habiéndose empezado, como se había anunciado, con el personal de salud que lucha en primera línea. 

La emoción de los primeros médicos vacunados ayer era evidente, porque –como indicaron- podrán desarrollar su trabajo sintiéndose protegidos, y porque no está lejano el recuerdo de muchos de sus colegas que murieron enfrentando, sin la protección debida, esta enfermedad.

Ayer mismo empezó la distribución de las vacunas, las cuales llegaron a las regiones que se había previsto, entre ellas Huánuco. Por la noche, el presidente de la República, Francisco Sagasti, recibió la primera dosis de la vacuna, para demostrar que, desde la perspectiva del Estado, es la mejor forma de protegerse, y de proteger a los demás, frente a la pandemia.

Aunque el lote de 300 mil dosis de la vacuna de Sinopharm recibidas, pueda ser considerado reducido, ya se anuncia un nuevo lote de 700 mil dosis, que llegaría en una semana, y luego otras que permiten augurar una campaña sostenida que, considerando la experiencia y prestigio logrado por el país en otros procesos de inmunización, puede ser también exitosa. 

« La renuencia o negativa a vacunarse, a pesar de poder hacerlo, puede estar influenciada por la incertidumbre, la desconfianza en el Estado y en las industrias farmacéuticas, la comunicación ineficaz y ciertas creencias, que se han exacerbado con información falaz diseminada desmesuradamente a través de Facebook, Twitter, YouTube y varios otros medios.»

Sin embargo, no todo está garantizado. La irrupción de grupos antivacunas, y sus campañas ruidosas y efectistas, constituyen un riesgo que no se debe desatender. La encuesta realizada hace algunas semanas por Ipsos, que informa que el 48 % de la gente no está dispuesta a vacunarse, frente a un 48 % que sí lo haría, representa un desafío adicional para lograr implementar una de las intervenciones más eficaces y efectivas de salud pública, la inmunización. 

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ya ha clasificado las «dudas» sobre las vacunas como una de las diez amenazas para la salud mundial.

La renuencia o negativa a vacunarse, a pesar de poder hacerlo, puede estar influenciada por la incertidumbre, la desconfianza en el Estado y en las industrias farmacéuticas, la comunicación ineficaz y ciertas creencias, que se han exacerbado con información falaz diseminada desmesuradamente a través de Facebook, Twitter, YouTube y varios otros medios.

Aunque pareciera no persuadirles argumentos como que, gracias a las vacunas, se evita la muerte de tres millones de personas cada año, hay que insistir con esa información. Señalar, una y otra vez, que se trata de vacunas seguras, efectivas y, que, si las campañas de los antivacunas continúan, tendremos pandemia de COVID-19, y una cuantiosa pérdida de vidas que se irá incrementando día a día, durante varios años.

De modo que no es suficiente esperar a que en algún momento estas personas cambien de opinión; hay que responder desde el Estado, y la sociedad en general. La gente que está de acuerdo con la vacuna debe también participar; a la prevención del contagio por el coronavirus hay que añadir acciones para prevenir la desinformación, el pánico y la desesperanza. 

Y quienes han decidido no vacunarse, deben tener en cuenta que no solo comprometen su salud, y la de sus familias, también arriesgan la salud de todos los demás.

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