La vacuna del Bicentenario

Germán Vargas Farías

Incluso en un país, como el nuestro, tan acostumbrado a los escándalos, hay sucesos que rebasan los límites.

La vacunación irregular del expresidente Martín Vizcarra, su esposa, su hermano, y de la exministra de Salud y de la excanciller, además de otros funcionarios públicos, personas del «entorno cercano» de estos, e ‘invitados’, en el contexto de la peor crisis sanitaria de nuestra historia, es decepcionante, indignante y, probablemente en varios de los casos, criminal.

El presidente de la República, Francisco Sagasti, visiblemente golpeado por esta situación, ha preguntado «¿qué hemos hecho mal como país para ponerlo en una situación precaria?», que seguramente es lo mismo que muchas personas quisiéramos escudriñar para librarnos de ese lastre tan pesado que es la corrupción, que siempre va acompañada de mentira, cinismo y cobardía. 

Aunque sabemos y solemos decir que los desastres sacan lo mejor y lo peor de nosotros, siempre existe la expectativa de un liderazgo capaz de conducir en tales circunstancias, y de hacerlo anteponiendo el deber inherente a su condición de servidores públicos, a sus miedos e intereses.

Los héroes que nos han enseñado a honrar desde las clases y cursos de historia en el colegio, son una expresión de eso. Han estado dispuestos al sacrificio, para que seamos libres, para defender nuestro territorio, y para salvaguardar nuestra vida y dignidad. 

«No solo tenemos la obligación de exigir que se esclarezcan los hechos y se determinen las responsabilidades, para que se apliquen las sanciones que correspondan, también tenemos el deber de no olvidar.»

Quizás el desfase está en que, a la par que seguimos rindiendo homenaje a aquellos, sin asumir el compromiso de encarnar lo que representan, hoy también se exalta el individualismo, y se celebra la «viveza criolla» que no es otra cosa que salvarse uno mismo, aunque al hacerlo se afecte a los demás.

En un país que ya supera las 44 mil víctimas debido a la COVID-19, y con otros miles de personas que claman por ayuda para no morir, entre ellas personal de salud y otras que están en primera línea, lo acontecido tipifica como traición. No solo tenemos la obligación de exigir que se esclarezcan los hechos y se determinen las responsabilidades, para que se apliquen las sanciones que correspondan, también tenemos el deber de no olvidar.

Pues son tan repugnantes esos actos, como reprobable que permitamos que queden impunes, y miserable que algunos –ya los vemos en el Congreso de la República- que pretendan que la bajeza de 487, o más, o menos, personas, justifica o disimula la vileza propia.

Congresistas como Ricardo Burga, Cecilia García, Martha Chávez, Marcos Pichilingue, entre otros, se solazan creyéndose reivindicados porque la degradación trasciende sus predios. Es tan inaceptable, hay que reiterarlo, desatender, postergar, a las personas más vulnerables, como aprovechar las circunstancias para edulcorar el atropello y su falta de escrúpulos. Los intentos por retrotraernos al momento en que pusieron en vilo al país, en más de una ocasión durante el año pasado, hay que rechazarlos con firmeza.

Como se puede apreciar, ese es otro de los efectos de transgresiones como estas. Les da aire a otros corruptos, y provoca la pérdida de confianza en las instituciones que incrementa el riesgo de que se pervierta todo.  

La alternativa es regenerar todo. Si algo debemos reivindicar, recuperar, o instituir, es la ética, los principios que concurran con el tipo de país y de sociedad que queremos. Hemos llegado al año del Bicentenario y pareciera que no hemos aprendido nada. La fragilidad de nuestras instituciones las expone una y otra vez a la rapiña de mercaderes, y oportunistas en la política, incapaces de comprometerse con algo más que sus billeteras y bolsillos.

«¿Qué hemos hecho mal como país para ponerlo en una situación precaria?» Es una de muchas preguntas que debiéramos sinceramente responder. Por desgano, o indiferencia tal vez, a veces pareciera que lo hemos entregado. 

Quizás no sea su caso, pero hay que tratar de entenderlo. Nuestro país, su gente, no merece lo que está sucediendo y, no sé si a usted le pasa, pero tiendo a creer que, si queremos vivir en libertad, y protegiendo nuestra vida y dignidad, no hay mejor vacuna que seguir luchando.

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