En tiempos de café y de libros

Patricia Castillo Uculmana

Cuando no teníamos ni la más mínima idea de que esta pandemia ocurriría, nuestros días eran de cafés y charlas saliendo del trabajo. Hablábamos de todo, de algún evento o presentación e incluso ahí organizábamos y decidíamos el programa en una servilleta o en un envoltorio de té. Si había libro nuevo o próximo en la impresión, se comprometía al amigo en su presentación, por ahí hacer algunos unos dibujos para incluirlos y, no podíamos negarnos. Se pedían opiniones, se comentaban publicaciones recientes, ediciones, autores y éramos también críticos, en el buen sentido. Se conversaba mucho, con un buen café. Tenía que ser un buen café, si no, no se podía conversar bien. Era el placer de disfrutarlo al igual que la conversación.

Como alguna vez les conté, cuando escribía artículos en la revista Fases, dirigida por Rubén Valdez, que incluso algunas veces nos llegaron, a no muy sutilmente, botarnos de un café. Y eso era por las largas charlas y el poco consumo. No les conveníamos, ocupábamos la mesa más de lo debido. Ahora pienso en esos días y me acuerdo de un señor al que pusimos por sobrenombre Harry el Sucio, porque él hacía el trabajo desagradable de expulsarnos, llevándose las tazas casi vacías en nuestras narices, dejándonos en el aire y esfumando nuestros pensamientos. Entonces, solo atinábamos a levantarnos e irnos. Me pregunto, ¿qué será de Harry en estos tiempos de pandemia?

Recuerdo que salvo excepciones, casi todos éramos puntuales. Con Andrés Cloud, cuando nos reuníamos hace mucho, decía él que era porque “teníamos que arreglar el mundo” y nunca arreglábamos nada, solo charlábamos sin importar que el mundo se viniera abajo. El siempre correcto y muy amable Mario Malpartida, con sus atinadas observaciones enriquecía la conversación y nos comentaba de sus proyectos nuevos en literatura; Samuel Cardich, que siempre estaba en tren de escribir algo, nos hablaba de sus diversos proyectos, los que había dejado “madurando” o los propiamente nuevos. Justo antes de la cuarentena nos encontramos y platicamos de su último viaje a Europa. Una conversación interesante. Me mostró sus fotos. Pero, para ese entonces, ya había incertidumbre en la atmósfera y se intuía que las cosas se estaban poniendo algo sombrías en el mundo.

 Un amigo nuestro que ya no está, era el profesor Miguel Ángel Rodríguez Rea, un gran conversador. Como editor de la Universidad Ricardo Palma, tenía mucho que contar de cada libro, de cada proyecto, de futuros libros, siempre a la caza de alguna novedad o rescate literario. Un hombre muy bueno, noble, sencillo y generoso. Un verdadero amigo. Nunca se guardó un conocimiento en el plano intelectual, un libro, un consejo, una orientación, un contacto, etc. Sus conversaciones eran didácticas y sobre todo amicales. Le encantaba Huánuco, el arte, la literatura y sus amigos huanuqueños. Y es porque el profesor, quería mucho a nuestra tierra. Alguna vez, entre muchas tantas ocasiones, disfrutamos del sol y de una buena conversación, refrescándonos bajo el pórtico de mi casa, en el campo. Desde ahí mirábamos el verdor de las plantas, las chacras y los cerros, respirábamos el aire puro y veíamos a su hija pintar a plena luz del día, un paisaje huanuqueño. Con él se hablaba largo y tendido, no había final e incluso después del café se seguía hablando, ya en la cena. Un tipo excepcional que incluso unos pocos días antes de partir me seguía escribiendo y prometiendo venir a visitarnos.

Pero, ¿de qué conversaríamos ahora en el café si no habría este virus?, de mucho, seguro. Muy aparte de las novedades literarias, hablaríamos de todos los cambios sucesivos y funestos en la presidencia de nuestro país y, por supuesto, de las próximas elecciones, porque, claro, también hablábamos de política, de lo que pasaba en la ciudad, de lo bueno y lo malo. Entre nuestros amigos existen opiniones diversas. Muchos simpatizan por diferentes ideologías o pensamientos. Las cuales se respeta. Somos democráticos, amigos y la buena conversación se impone siempre.

En cambio en estos meses de pandemia ha proliferado como una manera muy práctica y una muy buena solución al confinamiento, las presentaciones y diversas actividades por internet, aunque para serles honesta, no me gustan para nada. A veces veo a algunos de mis amigos y desconocidos que se reúnen virtualmente para charlar. Levantan una copa de vino, cerveza, un café o agua desde su casa y se ven y los ven, en una ventana virtual, ellos y sus seguidores. Y se hacen a la idea de que están acompañados, y lo “están”, pero lo cierto es que están solos en su casa, frente a una pantalla, observados por unas caritas distorsionadas.

Particularmente, no soy muy seguidora de las redes sociales, me resulta aburrido estar mirando una transmisión que se cuelga, congela, enmudece, etc. Si bien se agradece a la tecnología por permitirnos esta comunicación como parte de la nueva modernidad, hasta que lleguen mejores tiempos, el café y los libros nos estarán esperando, siempre, para que cuando los amigos puedan y quieran, reunirnos otra vez.

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