El voto voluntario y los derechos engañosos

Ps. Richard Borja
Director Instituto Peruano de Psicología Política

Derechos y deberes son los pilares más fuertes sobre los cuales se instituye la vida social; de tal modo que ahí donde las personas asumen aquello que les corresponde por su condición de seres humanos o ciudadanos de un país, también está eso que es más importante aún, las obligaciones que cada uno tiene para hacer posible la convivencia civilizada. Una sociedad fracasa cuando se pone más énfasis en los derechos que en los deberes y de eso, largos ejemplos hay en la historia.

Hago esta introducción para enfatizar la necesidad de hacer una reforma esencial en nuestro sistema político electoral; eliminar la obligatoriedad del voto y con ello las multas y sanciones que coaccionan al ciudadano peruano a concurrir a unas elecciones sobre las cuales no muestra mayor interés; sea por la poca idoneidad de los candidatos, por su nulo interés en la política o sencillamente por flojera. Si el voto es asumido como un derecho, según consta en el artículo 17 de nuestra Constitución y precisada en el artículo 31 de la misma donde indica que: “El voto es personal, igual, libre, secreto y obligatorio hasta los setenta años. Es facultativo después de esa edad”, se puede ver plasmada una contradicción engañosa, donde un derecho se convierte en una obligación.

«No se puede obligar a alguien a elegir si no desea, no se puede imponer por coacción a las personas a sostener un sistema de representación carcomido por la informalidad»

Decíamos que siempre es mejor poner por delante los deberes a los derechos, y eso implica no solo el acatamiento robotizado de las leyes; sino, la vocación personal por cautelar aquello que es vital para nuestra existencia; por ejemplo: trabajar para conseguir el alimento, es una obligación; el cuidar y proteger a nuestros hijos pequeños y a nuestros ancianos padres, es un deber; respetar a los demás es una obligación invaluable en una sociedad plural; que nuestros hijos cumplan con sus tareas y actividades escolares, es su deber. Y así, podemos mencionar muchos más, que constituyen nuestras obligaciones morales cuyo cumplimiento está motivado por razones de supervivencia, más allá de si las encuadra una ley o no. Sin embargo, los derechos carecen de motivación moral y no son parte de ese instintivo accionar vital que mueve a las personas; no hay nada en ellas que las active por sí mismas; pues ponen a las personas en un rol pasivo y receptivo como sujetos de derechos; son como premios recibidos por nuestra condición de ciudadanos que sirven para justificar la existencia del Estado, quien asume el rol de hacerlas cumplir.

En torno a estos últimos el debate aún no está agotado, pese a la posición dominante de quienes entienden los derechos como otorgados por el Estado, lo cierto es que esto es engañoso; tal como ocurre con el derecho al voto, que, presentado como DERECHO, termina siendo una imposición coactiva impuesta por el Estado bajo amenaza de multa. Sin embargo, la otra visión acerca de los derechos como cuestión natural adquirida, poco visibilizada en estos tiempos, reconoce derechos esenciales como el derecho a la vida y la libertad, los cuales son reconocidos por el Estado y garantizados en cierta medida por este; pero su cumplimiento está básicamente en manos de las personas, siendo por lo tanto un deber. El deber de respetar y cuidar la vida; asumir una libertad responsable, por ejemplo.

Muchos apelan al eufemismo de considerar como un “deber cívico” el asistir a elegir autoridades que representen a la población y tome decisiones y genere leyes para todos. Esa es una insensatez. No se puede obligar a alguien a elegir si no desea, no se puede imponer por coacción a las personas a sostener un sistema de representación carcomido por la informalidad y distorsionando completamente el sentido democrático de participar en asuntos públicos. En el fondo la resistencia al voto voluntario es por el temor a que en una elección la gente no acuda a votar o lo haga en mínima proporción deslegitimando el proceso electoral y a los electos; cuando esa no es otra cosa más que el autoengaño de quien no quiere ver la realidad; una realidad en la cual la mayoría de peruanos estamos descontentos con el actual sistema de representación, informal y distante en agendas y en confiabilidad.

No mejoraremos nuestro sistema de representación en el autoengaño; es mejor un diagnóstico crudo de cuan motivados y afectos a la política somos los peruanos y a partir de ello hacer las reformas reales, no ese maquillaje burdo que hizo el gurú Tuesta y que no aborda lo esencial; para eso necesitamos tener el voto voluntario, no como engañoso derecho impuesto; sino, como derecho natural de elegir en libertad.

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