Palmas por Semana Santa

Andrés Jara Maylle

Ya ves, hijo, estos días está lloviendo porque la gente de Panao está sacando palma del monte.

¿Seguro, mamá? ¿Cada vez que se saca palma llueve?

Así es, hijito. Justo para Semana Santa llueve por eso. Porque además nosotros, acá en Huánuco, necesitamos los ramos de palma para acompañar al Señor en su entrada triunfal. Él, montado en su burro, llegó contento a su pueblo sin presentir que sería traicionado por ese mal hombre llamado Judas. Luego fue castigado y azotado y finalmente crucificado delante de su propia madre. Así padeció nuestro Señor en su última semana de vida, hijo.

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En el calendario cristiano, el Domingo de Ramos, es una fecha trascendente. Se inicia lo que se llama la Semana Santa y los católicos lo celebran a su manera. Es cierto, ya nada es como antes; son cada vez menos las personas profundamente devotas para quienes estas fechas representan una verdadera razón de meditación con su conciencia.

Ahora, para muchos, son solamente días feriados que hay que aprovecharlos para hacer un viaje, un campamento o una salida al campo para relajarse del tráfago citadino; Básicamente es eso, pero ya no serán esos momentos de reflexión, de retiro espiritual o de reforzamiento de la fe que se pregona.

Los tiempos inevitablemente son diferentes y “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. Quizás por eso (y también por la cuarentena) el espíritu religioso de otrora está opacado y pasa casi desapercibido. También está así pues los individuos hemos sido atosigados por la “modernidad”, por la visión puramente material de la vida y por el inevitable retroceso del catolicismo por razones diversas cuya explicación rebasa la intención de la presente nota.

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—Mañana domingo, muy temprano, primero el cura celebrará la santa misa. Todos estaremos allí, cada uno con nuestra palma, larga, fresquita, como tiras amarillas.

¿Y para qué son las palmas, mamá?

Pues para acompañar a nuestro Señor, imitando su entrada a Jerusalén. Él irá adelante, montado en su burro y nosotros, como en los tiempos antiguos, iremos por su tras levantando nuestras palmas en señal de victoria. Así, dice, Jesucristo entró a su pueblo un domingo de hace miles de años, hijo. Lo que Él no sabía es que una semana después sería crucificado por unos hombres malos. Y todo por un puñado de monedas, hijo. Igual que esa traición nunca se ha visto hasta ahora. Por eso, en estos tiempos, a los peores traicioneros se los llama “vendecristos”.

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Algunos compraban sus ramos de palma que días antes los pañacos vendían en las puertas de las iglesias, mientras otros esperaban que los mayordomos obsequiaran el mismo día de la misa. Como quiera, la capilla de Huayupampa (hoy en un incurioso abandono) muy temprano rebasaba de fieles, no solamente de la zona sino de mucha gente venida de la misma ciudad y los alrededores.

Huayupampa se vestía de color, de fe, de fiesta religiosa. Terminada la misa, ante el asombro general, unos hombres sacaban a Cristo de su altar y lo llevaban hacia afuera, donde ya esperaba un burrito viejo, tal vez de algún peón de la hacienda San Roque. Allí, sobre el lomo del animal, con mantas y soguillas era bien asegurado y comenzaba la procesión que recorría una vuelta entera alrededor de la vieja capilla. La peregrinación era lenta e iba acompañada de rezos, cánticos, salmos y oraciones. Casi cada treinta metros se detenía para que el señor cura invoque sus plegarias y el mayordomo suelte cohetes hacia el cielo, celebrando la entrada de Cristo a su pueblo.

Culminada la procesión todos los fieles volvían a sus casas llevando consigo sus ramos de palma como si se tratara de un trofeo ganado con justicia.

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Estas palmas, hijo, después de la misa y de la procesión ya están bendecidas y pueden protegernos de cualquier mal.

Sí, mamá. El cura incluso ha derramado agua bendita sobre la palma y sobre nosotros que estábamos cerquita al altar. Unas gotas cayeron por mi cara y la he saboreado: es un poco saladita, mamá.

Mañana mismo haremos largas tiras de las palmas y con ellas amarraremos a las plantas y a los animales que tenemos en la casa. Es bueno eso.

¿Y para qué es bueno, mamá?

Como han sido bendecidos por nuestro Señor, si lo amarras a una rama de naranjo, de palto, de café, de chirimoyo, de higos, estos darán muchos frutos, grandes y dulces. También debemos amarrarlo en la puerta del gallinero, para que abunden huevos y pollitos. Igual en el corral del ganado o de los carneros para que aumenten bastante y para que los protejan de los rateros que están cuidándonos y al menor descuido se roban nuestros animales. Para eso, hijo.

Y entonces, ¿por qué nos robaron el carnero Pichicho el año pasado, mamá?

No hagas más preguntas, niño. No olvides que ya comienza la Semana Santa y hay que portarse bien todos estos días.

Huánuco, 28 de marzo del 2021.

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