En el Mes de las Letras Peruanas un pionero de las letras huanuqueñas

Andrés Fernández Garrido

Mario A. Malpartida Besada

Con motivo del Mes de las Letras Peruanas queremos recordar a quien fuera uno de los enlaces literarios entre las generaciones anteriores (Pavletich, De la Matta, Adalberto y José Varallanos, Pedro Mes de las Letras PeruanasCárdich y otros) con las actuales generaciones, Andrés Fernández Garrido (Huánuco, 30 de noviembre de 1920-Lima, 14 de abril de 1986), por tanto, uno de los pioneros de nuestro actual proceso. La  vida de Fernández Garrido está marcada por dos grandes hitos. La fecha de su nacimiento fue referencia para instituir el Día de la Canción Huanuqueña, y su fallecimiento se registró en el mes de las Letras peruanas. Por ello queremos reiterarle este homenaje que le hiciéramos en su oportunidad y que, ahora, ha rescatado el libro Los nuestros. Perfiles biográficos. Tomo II. (Huánuco, Amarilis Indiana Editores, 2020.), que reproducimos in extenso.

Un fervoroso diletante y activista de la cultura, como don Andrés Fernández Garrido, asumió que la mejor manera de promover y divulgar el arte y la cultura era la prédica con el ejemplo. Por eso fue pintor, músico, poeta. Ahí no quedó su dinamismo. Quiso también enseñarnos a vivir en sociedad y desarrolló una fructífera vida institucional. Por eso, también, es que hoy no hay en Huánuco ninguna institución que no le tenga deuda de gratitud. Esto y su forma de obrar y pensar, justifican la expresión de otro conocido huanuqueñista cuando dijo “Andrés Fernández no es una persona, es una institución”.

En materia literaria, desde su Senderos en la bruma (libro que no hemos podido ubicar), hasta 150 años de gloria 1829-1979, pasando por Siluetas pasionales, Antología huanuqueña y Del lar nativo, hay una constante que, al mismo tiempo, fue norma y principio de toda su vida: su huanuqueñidad, comprendida esta sin falsos chauvinismos ni regionalismos mal entendidos. La presencia recurrente de Huánuco, su lar nativo, constituyó el motor de su existencia y el destino de todas sus energías. Lo pueden atestiguar los largos días que transcurrieron desde que a su retorno a Huánuco se instala en la biblioteca del “Leoncio Prado”, colegio donde luego sería profesor por más de 30 años.

Ahora bien, como hombre de letras pareciera que escrita estaba su partida en el mes de la letras peruanas. Abril y su sino mágico de haber traído al mundo, y despedido, también, a espíritus como el suyo, tan ligados a la sensibilidad por la palabra escrita (Vallejo, Mariátegui, Eguren, Valdelomar, Garcilaso), también se lo llevó.

Su primer libro Siluetas pasionales (1956), (Senderos en la bruma debió quedarse en originales), refleja el sentimiento lírico del autor a través de un manojo de poemas amorosos que al decir del prologuista Ezequiel Castillo Cárdenas, “trasuntan su espíritu por la pasión”. No podría ser de otra manera tratándose de un libro que desnuda su alma a través del más puro y auténtico sentimiento pasional. Porque, si no la perfección poética, es el sentimiento y la autenticidad las que impactan. Era la forma como se abría la nobleza del corazón por esos días. Andrés Fernández dice: “Estos pétalos mustios de la flor / implorante de mis versos, son para ti, / incoloros, lo sé, pero huelen a amor / porque fueron creados para ti”. Sentidos versos que revelan la presencia de un autor que no pretende llegar a la excelencia creativa, pero sí insuflar  el aliento inefable del amor. Eso era Anchico en su diario trajinar: puro amor.

Andrés Fernández Garrido ganó la inmortalidad mucho antes que su muerte lo confirme. Porque las cosas edificantes de una vida y una obra, no podrán jamás ser olvidadas. Él también lo pensaba así cuando en otro poema del mismo libro expresara: “Las flores del recuerdo, tú los sabes,/ no se agostan con el tiempo,/ antes bien, al conjuro de su perfume/ nos susurran muy quedo al oído/ el extraño milagro de su eterna canción”/. Ese “extraño milagro” no es producto de un día, ese milagro del recuerdo eterno se gana con el esfuerzo y la rectitud de toda una vida.

En la obra artística tan variada de AFG, Siluetas pasionales quizá no sea definitivamente un libro capital. Pero sí, la huella imborrable de la inquietud de una época y la sentida expresión sentimental de una escogida sensibilidad. La prosa poética “Evocación” con que concluye el libro, sintetiza este concepto: “…se hace un torrente de emociones mi palabra que la vierto a raudales para que florezcan y perfumen el recuerdo”. Se podría, pues, decir que con este libro AFG empezó a perfumar su propia historia.

Antología Huanuqueña (1962) fue el libro que nos acercó mucho más a AFG. Indudablemente, este sí es un libro referencial para nuestra historia literaria. Es un hito en el proceso de la creación en nuestra ciudad y resume el talento creador de una instancia histórica. En sus páginas se encuentra el testimonio de los autores y sus obras perennizando el trabajo cultural-literario de una época.

Después vino Del lar nativo (1972). Sabroso libro de narraciones que incluye “La apuesta”, “Miércoles de ceniza”, “Los farolitos” y “pan bendito”. En todos estos relatos la presencia del Huánuco de antaño, con su bohemia sana y bullanguera, juega rol protagónico. Sobre su contenido, muy bien apuntó del doctor Juan Ponce Vidal en el prólogo: “Su evocación de la bohemia antañosa, del anecdotario de los barrios o de las terribles historias de ánimas y hechos sobrenaturales, nos ponen en contacto con el Huánuco de 1936”.

Y en verdad, el grato sabor de la reminiscencia hace que quien lee este libro no lo lea, si no lo deguste. Podríamos afirmar que esta páginas sentaron las bases de lo que se entiende por huanuqueñidad, término acuñado especialmente para hablar del sentimiento telúrico que nos ha legado AFG.

El último libro édito de don Andrés Fernández es 150 años de gloria (1979). Está dedicado al Colegio Nacional Leoncio Prado que, junto con radio Huánuco, fue uno de los pilares desde donde batalló por su tierra querida. En realidad, se trata de una miscelánea y constituye la obra con la que culmina toda una vida de entrega y sacrificio en favor de su única causa: Huánuco. Este voluminoso libro, trabajado íntegramente de manera artesanal, le proporcionó alguna esperanza de satisfacción a Anchico. Ahí están sus propias palabras en la presentación: “Creo que hemos hecho algo por nosotros mismos, porque ello nos libera del olvido: entonces podemos morir tranquilos”. Pocas personas estarían en condiciones de afirmar lo mismo.

Quedan para el rescate y la investigación sus obras de teatro “La Cruz del camino” y “Quenas”.

Esta es la obra de don AFG en el campo de las letras. No abundante pero suficiente para cumplir su labor promotora. Cuántos escritores tuvieron que apoyarse en Antología huanuqueña para imitarla o para superarla; cuántos encontraron sus propios derroteros en la creación, impulsados  por el ejemplo de la escritura y la obra que se verificó en tiempos tan difíciles para las publicaciones, y, sin embargo, las hubo. Ahí queda como evidencia irrefutable la obra escrita de AFG, el hombre que ha dejado grabadas todas las letras de su nombre en la memoria imperecedera de todo corazón que se cobija aquí, bajo el cielo huanuqueño.

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