Perú, patria enferma

Andrés Jara Maylle

Gabriel Eligio siente que su país, ese país inasible que su padre lo enseñó a querer cuando aún era un infante y no entendía casi nada de la vida, se encuentra entre la espada y la pared. Siente que esta patria abstracta, moldeada por las palabras patrióticas de su padre, se encuentra justo al borde del abismo.

Siente que su país se resquebraja cada día y una brecha se abre a cada instante. Tal vez sea una brecha que viene desde los tiempos inmemoriales y la gente no se ha dado cuenta de su existencia. Pero ahora está ahí, ante la vista de todos los que no sufren de ceguera, miopía o cosa parecida. País nuestro, país dividido, país al borde del precipicio.

Su padre (soldado raso, primero y cabo, después, en cuarteles en Jauja, Ayacucho, Cangallo, etc. en la década del cuarenta del siglo pasado) le enseñó a Gabriel Eligio a amar a su patria con heroicos referentes.

Enseñó a amarla contándole historias inverosímiles de don José de San Martín cuando cruzó Los Andes al lomo de su mejor caballo; con las historias de un tal Simón Bolívar que llegó de un lejano territorio del norte liberando a su paso triunfador cuanto país pisaba. También con la gesta de un anciano de origen italiano, Francisco Bolognesi, que se negó a rendirse y juró defender su patria hasta el último aliento de vida; y con las proezas de Miguel Grau quien al mando de un barquito de juguete se enfrentó a la armada completa de un ambicioso país sureño.

Por eso y no por otra cosa es que Gabriel Eligio, ahora más que nunca, extraña a su padre, pues siente que su patria se hace trizas. Enciende el televisor y atisba el abismo, activa la radio y presiente el despeñadero, abre un periódico y el pozo está ahí, esperando la fatal caída.

Así, imbuido de esas palabras fervorosas de su padre, Gabriel Eligio aprendió desde niño que después de la familia siempre estará la patria. Aún ahora recuerda las palabras paternas que llegaban casi hasta quebrarse cuando hablaba, por ejemplo, de Cahuide, de Túpac Amaru, de Leoncio Prado.

Pero su dios en ese Olimpo de héroes siempre fue Andrés Avelino Cáceres, para él la encarnación de la dignidad nacional y con cuyo ejemplo podía explicar cualquier problema que atravesaba el país. “Si los traidores peruanos hubiesen apoyado decididamente a Cáceres, ningún chileno hubiese humillado nuestro suelo, hijo. Por el contrario, nosotros hubiésemos llegado a Santiago, la capital de ese país de mierda”, solía decir en momentos difíciles.

Esa fue la patria que Gabriel Eligio construyó en su cabeza, una patria a la medida del cariño que su padre profesaba por ella. Una patria aprendida en aquellas conmovedoras conversaciones que padre e hijo tenían al borde de los cultivos de camotes, maíz o alfalfa; o cuando a media mañana descansaban la faena bajo la sombra del viejo molle que hasta hoy sobrevive para avivar los recuerdos; o en las noches, después de la cena, mientras el padre chacchaba, ceremonioso, buscando alivio con el contubernio de sus muchos apus protectores.

Pero han pasado ya más de cuarenta y cinco años de aquellas conversaciones, de esas gratuitas y vivificantes lecciones de historia y Gabriel Eligio es consciente de que el tiempo no ha pasado en vano. De que este país que su padre tanto amó, que tanto le enseñó a amar, se está yendo literalmente al carajo.

Qué hubiese dicho ese viejo, casi iletrado, pero sabio labriego en las actuales circunstancias, en estos momentos aciagos: el ciudadano común se encuentra en la encrucijada de dar su voto a una señora ligada por décadas a la corrupción más descarada que gangrenó su patria o a un profesor inepto, que ignora todo sobre cómo gobernar un país, pero que sí sabe de sobra cómo paralizarlo, con huelgas violentas y cierre de carreteras, por ejemplo.

A este abismo hemos llegado. Y no parece haber caminos de retorno.

Por eso y no por otra cosa es que Gabriel Eligio, ahora más que nunca, extraña a su padre, pues siente que su patria se hace trizas. Enciende el televisor y atisba el abismo, activa la radio y presiente el despeñadero, abre un periódico y el pozo está ahí, esperando la fatal caída.

No se ve por ningún lado alguna luz que ilumine el oscuro y largo túnel en el que hemos caído. Solo se escuchan voces de odio, de reproches, de inquinas, de hostilidades sin nombre. Voces que quieren hacernos creer que todos somos enemigos de todos.

Gabriel Eligio quisiera ser nuevamente niño, sentarse en el poyo de su casa junto a su padre y escuchar sus palabras sabias, sus lecciones edificantes sobre un país maravilloso que él supo amar a su manera. Quisiera nuevamente sentir el aliento cariñoso a su tierra con que su padre sabía envolverle cada vez que hablaba sin saber que su hijo, volvería a recordar esas palabras casi cincuenta años después, en momentos graves, difíciles, decisivos…

Huánuco, 2 de mayo del 2021.

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