Así conocí a Benedetti

Mario A. Malpartida Besada

Un 17 de mayo de 2009, es decir, un día como ayer, a los 88 años de edad, falleció el escritor uruguayo Mario Benedetti, cultor de la narrativa, la poesía, el teatro, el ensayo, el periodismo y la crítica de cine. Entre sus novelas memorables, se encuentra La tregua (1960), que fuera nuestro libro de cabecera por mucho tiempo y en reiteradas oportunidades. Escrita a la manera de un diario personal el protagonista, Martín Santomé, relata una etapa decisiva de su vida, desde su situación de empleado viudo, próximo a jubilarse, pues, así de pronto, ha renacido el amor en él y se ha vinculado sentimentalmente con Laura Avellaneda, su compañera de trabajo, a quien dobla en edad.

En realidad, con esta novela, Benedetti, reanuda los temas sobre la rutina burocrática y el amor tardío desarrollados en su poemario Poemas de la oficina (1953-1956), cuya cronología prosigue en la novela, pues la historia corre de 1958 a 1959. En dicho poemario dice, respecto de la jubilación: «El cielo de veras que no es este de ahora/ el cielo de cuando me jubile/ durará todo el día/ todo el día caerá/ como lluvia de sol sobre mi calva». («Después»); y sobre el amor otoñal: «Es una lástima que no estés conmigo/ cuando miro el reloj y son las seis./ Podrías acercarte de sorpresa/ y decirme «¿Qué tal?» y quedaríamos/ yo con la mancha roja de tus labios/ y tú con el tizne azul de mi carbónico» («Amor, de tarde»).

Martín y Laura son dos seres de generaciones distantes, pero que llegan a compenetrarse de un mismo amor. Considerando que la dobla en edad, Santomé no encuentra la fórmula más adecuada para declararle su contenido amor»

Hoy, que Benedetti ya no está entre nosotros, recordamos esta novela que marcó huella y reafirmó nuestra fe en la literatura y en la intensidad de su mensaje. Desde nuestra primera lectura nos conmocionamos con el lado sentimental del protagonista sacando fuerzas de su mellado corazón para retoñar sus años. Así como también de la tremenda dimensión humana de Laura Avellaneda, llenándole de frescura a su vida nueva. Él con su madurez, a punto de arribar a los 50 y, ella, en sus 24, en la plenitud de su ternura; ambos, profundamente humanos. Ella fue para él la tregua que le ofrecía la vida a sus días rutinarios, desde su viudez, en la oficina, o en la casa, enfrentándose con sus tres hijos de heterogéneos caracteres y conflictos diversos.

Martín y Laura son dos seres de generaciones distantes, pero que llegan a compenetrarse de un mismo amor. Considerando que la dobla en edad, Santomé no encuentra la fórmula más adecuada para declararle su contenido amor. Había hecho grandes esfuerzos para provocar encuentros casuales con ella en el mismo café. Inclusive, ya había tenido la oportunidad de invitarla. En esas ocasiones ella reaccionaba con aparente inocencia: «Ah, señor Santomé, me dio un susto». Y rechazaba cortésmente la invitación. Hasta que, en un definitivo encuentro, por fin se decidió y habló con la voz de sus cincuenta años: «Mire, Avellaneda, es muy posible que lo que le voy a decir le parezca una locura. Si es así, me lo dice nomás. Pero no quiero andar con rodeos: creo que estoy enamorado de usted». Fue como soltar todas sus angustias de un solo golpe y después caer abatido. Pero se levantó preparado, inclusive para el fracaso inminente. Anticipándose al traspiés, se preguntó qué habría hecho, llegado el caso. El mismo se responde: «No habría hecho nada. A lo sumo, quedarme desalentado y vacío, con la pierna cruzada, los dientes apretados y los ojos doliéndome de tanto mirar el mismo pocillo». Así de humano y nada melifluo, expresaba sus sentimientos, mientras corrían los siglos en espera de la respuesta.

El diario revela la vida de este hombre desde que empieza a contar el tiempo que le falta para la jubilación, como si el ocio fuera la meta de toda su vida, hasta que se le cruzó en su camino Laura Avellaneda, tan cerca de él en la rutina de la oficina, pero que cobra presencia vital ante los ojos de su jefe en forma paulatina. Así llegó el dichoso día en el café, el día de la declaración, que ella esperaba y él temía.

¡Ah!, la respuesta que Martín Santomé escuchó, fue: «Ya lo sabía», dijo. «Por eso vine a tomar café.».  Situación episódica sobresaliente que no sólo habría sorprendido al propio Santomé, sino también al encandilado lector.

Pero las treguas no duran mucho. El batallar diario para Santomé contra la tristeza y la soledad, se reanudó cuando recibió un mensaje telefónico: «¿El señor Santomé? Mire, está hablando con un tío de Laura. Una mala noticia, señor. Verdaderamente una mala noticia». No necesitamos transcribir más, preferimos dejar solo al personaje escribiendo su diario en tono desgarrado.

Bueno, así conocimos a Mario Benedetti, autor de La tregua, y poco a poco tratamos de ir abarcando su extensa obra, más allá de la huella que nos dejó esta novela, a la que no nos cansaremos de recomendar por la dimensión humana a la que nos remonta.

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