La camiseta no se mancha

Germán Vargas Farías

Fue en 1999 cuando Alberto Fujimori nombró a Teófilo Cubillas presidente del Instituto Peruano del Deporte (IPD), y lo recuerdo bien porque fue una noticia que me provocó desazón.

Ya era evidente la corrupción de la dictadura fujimontesinista, y apenaba que un personaje emblemático del fútbol peruano que, según la FIFA, estaba en la lista de los 50 mejores futbolistas del Siglo XX, y que con sus diez goles anotados en tres mundiales de fútbol era el símbolo de la blanquirroja, se pusiera al servicio de un régimen marcado por el oprobio.

Fujimori, como se recordará, fugó del país el 13 de noviembre del 2000, aprovechó su asistencia a una Cumbre APEC realizada en Brunei para cobardemente huir desde allí a Japón, y ya en el país de sus ancestros —y también suyo, según una investigación realizada durante cuatro años por la entonces periodista Cecilia Valenzuela— redactar su renuncia que vía fax recibimos seis días después.

Lo que aflige, no lo voy a negar, es que un grupo de deportistas que hace poco encarnaban e integran uno de los poquísimos factores de unidad en el país, haya devenido en un elemento más de división, pese a lo que arguyen algunos de los jugadores»

Tras conocerse la vergonzosa dimisión del dictador, Cubillas presentó su renuncia irrevocable a la presidencia del IPD, y pudimos acceder a información sobre su gestión al frente del deporte peruano cuando Vladimiro Montesinos, siniestro asesor del autócrata, confesó ante el juez que «se le pagó tres mil dólares» y se le concedió una serie de favores judiciales al «Nene», para que apoyara la reelección de Fujimori.

Es decir, aquél brillante futbolista que nos regaló diez goles anotados en dos de los tres mundiales de fútbol en los que participó, se vendió. Desgraciadamente, hay varios otros episodios o situaciones que desdicen su condición de figura representativa de nuestro fútbol, pero, sin duda, aquellos que a la manera de Galeano suplicamos «una linda jugadita por amor de Dios», preferimos recordar (¡ya vienen!) los goles de Cubillas, y no las asquerosas jugadas en las que se involucró después.

No porque se traté de lo mismo exactamente, volví a sentir un sinsabor parecido al de 22 años atrás cuando, a través de las redes sociales, vi a inicios de esta semana a varios integrantes de la selección peruana involucrarse en una campaña abiertamente a favor de la candidatura de Keiko Fujimori.

Yo no discuto el derecho que tiene toda persona de expresarse libremente, sea cual fuere su oficio o posición, y supongo —aunque un buen amigo cree que esa es la razón— que tampoco se trata de intereses crematísticos. Lo que aflige, no lo voy a negar, es que un grupo de deportistas que hace poco encarnaban e integran uno de los poquísimos factores de unidad en el país, haya devenido en un elemento más de división, pese a lo que arguyen algunos de los jugadores.

Y no puedo dejar de asociar lo que pasó el 2000 y hacia fines de los noventa (recuerden que Héctor Chumpitaz, otra de las figuras fulgurantes de nuestro fútbol, fue también corrompido y por eso juzgado y condenado por el Poder Judicial), con lo recientemente acontecido; y si existe un denominador común entre uno y otro momento es el apellido Fujimori, y también la ambición desmedida de poder que no respeta símbolos, que los arrasa y envilece.

Creo necesario hacer este ejercicio de memoria porque estamos frente a una candidata que hace apología de uno de los periodos más nefastos de nuestra historia que, como se aprecia, pervirtió el deporte y todo, y porque resulta patético ver a un grupo de deportistas decir o insinuar que esa señora es garantía de democracia y paz en nuestro país. No hay duda: aquel que no conoce su historia, está condenado a repetirla.

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