A la vida le he pedido

Mario A. Malpartida Besada

NOS HA deslumbrado la nueva versión de A la vida le he pedido, de Andrés Fernández Garrido, a quien hace poco nomás rindiéramos homenaje recordando su pasión por la poesía, a cargo de María Haydeé  y de Omar Majino quienes, en mágica combinación, han ensamblado una voz primorosa para el canto con el virtuosismo en la ejecución de la guitarra. Se trata de toda una producción cuyo resultado refleja la seriedad en el trabajo de interpretación, y no solo de entonar una canción con buen acompañamiento. En ambos casos tiene que haber habido un gran esfuerzo de estudio y compenetración del contenido de la letra y su correlato musical. No es, pues, lo mismo cantar que interpretar. Si no, de qué otra manera se podría comprender la intensidad de los sentimientos del poeta para poder transmitirlos con la misma emoción. Porque sabido es que la poesía es el mejor vehículo para transmitir sentimientos. Y en una canción con aliento poético, como el caso de A la vida le he pedido, se respira puro sentimiento.

Fernández Garrido ha utilizado las palabras más sencillas y su intensa capacidad de síntesis, para escribir toda una historia de amor en un poema-canción cuya esencia se encuentra en la primera estrofa.

Tú que sabes que te adoro,

Porque así te lo juré,

Sabes que eres mi tesoro,

Mi esperanza y mi fe.

Como es de verse, el autor empieza con un enfático por la propia naturaleza tónica del pronombre, y, además, siendo una segunda persona, no deja ninguna duda sobre sus sentimientos y el destino de ellos. Con esto ya tenemos de por medio aquella historia de amor con protagonistas claramente identificados. Por un lado, el autor que habla a través de su yo poético ya que, en poesía, es muy difícil que el poeta pueda camuflarse, como ocurre en la narrativa en la que el autor tiene varias opciones de estar presente en su obra. De manera, pues, que el mismo poeta es el eje de su propia expresividad. Además, el MI posesivo, en dos ocasiones, reafirma su presencia y elude adrede la posibilidad de escudarse en un yo lírico, como quien se niega a prestarle su voz a un vicario.

Luego está la persona a quien se dirige con intención apelativa porque alude a un hecho anterior, ella “ya sabe que es su tesoro” porque él “se lo juró”. Los otros versos complementan el sentido declarativo y la estrofa se convierte en una reiterada formulación de amor en la que la sucesión mi tesoro, mi esperanza, mi fe, se convierte en mi presente, mi futuro y mi siempre, es decir, un amor para toda la vida.

En el arreglo de María Haydee y Omar Majino, ella empieza recitando la segunda estrofa, como una suerte de preámbulo a la intencionalidad explícita del autor:

A la vida le he pedido,

Una gracia y un favor,

Que no haya jamás olvido,

Donde hubo tanto amor.

Esta estrofa es una invocación a la vida y una suerte de declaración de principios sobre el devenir ético de hombres y mujeres. Es también una aspiración cuyo logro garantizaría la perdurabilidad del amor. Se enlaza con la primera estrofa por su orientación conceptual del amor inacabable, aun después de cualquier desavenencia o separación.

La tercera estrofa reafirma hábilmente el sentido de las dos anteriores:

Para cantarte yo vivo

Es mi promesa de amor

No habrá jamás olvido

Jamás tristeza ni dolor

Sus dos versos iniciales reiteran su declaración amorosa y los dos versos finales son predictivos y establecen su plena seguridad de que no habrá ni olvido ni dolor, ocurra lo que ocurra, en franca solidaridad con la segunda estrofa. Así, pues, cada par de versos se vincula con cada una de las estrofas, respectivamente. Otro ensamblaje perfecto. Es que Anchico ha sido, entre otras cosas, poeta y músico. De manera que al escribir la letra de una canción lo hacía premunido de su sentido rítmico. Agreguémosle el dominio de las estrategias literarias de los poetas clásicos para dotar de musicalidad a sus textos. Sin embargo, todo ello no sería suficiente si no hubiera talento y sentimiento. Y Anchico tenía talento y era puro sentimiento.

A propósito del estilo clásico del autor, además propio de la época, emplea las llamadas licencias poéticas de los vates del Siglo de oro español. Los tres cuartetos están desarrollados por versos octosílabos, teniendo en cuenta las sílabas poéticas, no ortográficas. Por ejemplo, en el primer verso de la primera estrofa ha empleado la sinalefa y el silabeo resulta así: Tú-que-sa-bes-que-tea-do-ro. En el segundo verso, además de la sinalefa, aplica la ley de los acentos finales para conseguir las ocho sílabas poéticas: Por-quea-sí-te-lo-ju-ré. En este caso, la terminación en aguda obliga a sumarle una sílaba más.

En la fuga hay un ligero desajuste en los dos últimos versos, en los que el silabeo es estrictamente ortográfico para no alterar el número de sílabas y perder musicalidad, salvo mejor parecer.

Por otro lado, y para completar el sentido rítmico del verso, nótese la rima consonantada: a-b-a-b, secuencia que se aplica tanto en las dos primeras estrofas como en la fuga. Estos rasgos confieren estructura simétrica al texto por lo que resulta sumamente cadencioso y de estilo clásico, incluso para su lectura prescindiendo de la música, si fuera el caso. Toda una canción hablada.

Con estos componentes María Haydeé y Omar Majino han puesto lo suyo para realizar una magistral interpretación de la pieza, diríase con el mismo sentimiento con el que autor la creó.

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