Castillo y la Derecha

Sociólogo Heriberto Estrada Muñoz

En toda sociedad ocurre una lucha permanente por el control hegemónico del pensamiento de la población. Esta es encarnizada cuando está en disputa el poder político. Hoy, en el Perú, se analiza la victoria de Castillo y sus propuestas de gobierno, en el cual, la derecha impone sus criterios de análisis, sus categorías y su esquema de interpretación para que toda discusión y reflexión legitime sus ideas. Las categorías como resentido social, antisistema, radical, terrorista, comunista, folclórico, etc. son las más recurrentes y a las que le atribuye formas académicas conducentes a deslegitimar, difamar y ridiculizar al candidato que le disputa «su poder».

Por ello, en el análisis de la derecha, Castillo es la expresión del resentimiento social, del radicalismo comunista, de ciudadanos de «segunda clase», de electores poco racionales y poco normales. Pero no analiza a quiénes representa Keiko, ¿quiénes son sus votantes?, ¿cuál es la moral y los intereses de sus electores?, aunque implícitamente, asume que sus electores son gente normal y muy racional. Pues, la derecha es renuente a aceptar que Castillo trasciende el resentimiento social y representa una alternativa política y que sus votos emanan de gente normal, reflexiva y consciente.

Pero, lejos del análisis de la derecha, Castillo es un profesor de escuela rural, rondero y campesino que tiene su vida cotidiana en ese Otro Perú: profundo y excluido. Los hombres del campo, históricamente pobres, en él ven a su verdadero prójimo, a alguien suyo, a alguien que sufre y vive como ellos, a alguien no extraño; por  tanto, creen que puede ser la garantía de un gobierno que los redime. Esto explica su alto caudal electoral en las regiones pobres: en Huánuco obtuvo 37,59 % de los votos; en Huancavelica, 54,20 %; en Cajamarca, 44,91 %; en Ayacucho, 51,97 %; y en Apurímac, 53,44 %, etc. Estos votos reclaman educación y salud de calidad, empleo, vivienda, carreteras, riego, crédito agrario, mejores precios para sus productos agrícolas. En síntesis, los pobres del campo y la ciudad, al votar por Castillo, votaron por más Estado y más mercado.

Y en esta campaña electoral, la derecha asume una terca defensa de un modelo económico que reproduce pobreza y exclusión social. Según el INEI, hasta antes de la pandemia, la pobreza afectaba al 36 % de la población; el desempleo era del 3,7 %; más de un millón de hogares no tenían vivienda; la desnutrición crónica afectaba al 12,2 % de los niños menores de cinco años de edad, las tasas más altas se reportaron en Huancavelica (32,0 %), Cajamarca (27,4 %), Huánuco (22,4 %), Amazonas (20,4 %); la anemia afectaba al 43,5 % de los niños de 6 a 35 meses de edad. La pandemia evidenció lo obsoleto que son nuestros sistemas de salud y educación. El Sinadef ha registrado más de 160 mil muertos a causa de la COVID-19. Según el Minedu, 130 mil niños de primaria no se han matriculado este año y 100 mil de la secundaria; aunque algunas fuentes extraoficiales afirman que un millón de niños dejaron de estudiar por no poseer un equipo de cómputo y acceso a internet. Esta realidad es la que la derecha prefiere mantener y Castillo ofrece cambiarla.

A pesar de estos indicadores, la derecha se muestra inmisericorde, ajeno al drama humano de los pobres. No comprende que el hambre, el desempleo, la anemia, la desnutrición infantil, etc. causan terror, pánico similar al terrorismo de los ochentas. Tampoco entiende que la pobreza es hambre, es angustia profunda, es desesperación, es abandono, es sentirse inferior a todo el mundo, es sentirse no humano, es saberse un sujeto de desprecio o de lástima, es no tener ningún valor social, es la pérdida de la libertad y la dignidad, es saber que tus hijos heredarán tu desgracia. La pobreza no solo es escasez monetaria: es la destrucción de la condición humana. Según Viviana Forrester, el pobre ni siquiera es explotable; para Boaventura de Sousa, es el deshecho de la modernidad. Castillo plantea cambiar el modelo neoliberal para redimir a este sector social.

Además, en este proceso electoral, la derecha muestra cinismo, predica la libertad de mercado pero en los hechos lo interviene con perversidad. El mercado, en el Perú, realmente no es libre; allí no ocurre una competencia libre y limpia. Los gobiernos de derecha trafican con las leyes, los permisos, las exoneraciones de impuestos; así mismo, promueven y protegen ciertos monopolios. Ejemplo: Montesinos en la salita del SIN tomaba decisiones a favor de ciertas empresas. Pero la intervención del gobierno no queda en la venta de favores, sino que pervierte el mercado, de manera que las ventajas competitivas empresariales se basan en el soborno y no tanto en la calidad ni en los precios de los bienes y servicios, lo cual disuade el comercio, la inversión y eleva los precios de los bienes. La intervención en el mercado genera rentas elevadas a través de los sobornos: caso Odebrecht, OAS, etc. Por ello, la derecha pelea con pasión, vehemencia y locura para mantenerse en el poder y evitar cualquier reforma que Castillo amenaza realizar.

En la actualidad, se presenta una gran posibilidad que el presidente del Bicentenario sea un maestro del Perú marginal, elegido por las mayorías nacionales y no impuesto por los grupos de poder económico, el cual le otorga autonomía para renegociar la explotación de nuestros recursos naturales y otras concesiones para que el Estado pueda percibir mayores porcentajes de los excedentes que genera la explotación de dichos recursos. Y ojalá se pueda cambiar el modelo neoliberal y el Estado se convierta en el planificador de la economía y redistribuidor de la riqueza nacional, así como lo hace Arce en Bolivia, AMLO en México, así como también lo hizo Lula en Brasil y Correa en Ecuador.

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