Lecciones del caso Monzón

A propósito del crimen en el VRAEM

Rubén Valdez Alvarado

El Valle del Monzón, que forma parte del Alto Huallaga, sitiado por el terrorismo y el narcotráfico desde la década de los 80 hasta inicios de la década pasada, hoy ve nuevas esperanzas en el horizonte, no solo con acciones de intervención del Estado (municipalidad distrital, Devida y gobierno regional), sino también por iniciativa de la población organizada y los emprendimientos locales, aún con limitaciones y problemas en medio de la pandemia.

El reciente crimen atroz perpetrado en San Miguel del Ene contra civiles, incluidos niños, nos vuelca la mirada hacia una zona muy convulsionada cuyo proceso de reconversión social amerita más que una reflexión, una mirada crítica y aleccionadora ante los hechos del narcotráfico en alianza con los residuos del senderismo en el VRAEM.

El Valle del Monzón, de acuerdo con el Observatorio Peruano de Drogas – OPD (www.sistemas.devida.gob.pe/siscod/indicadores), produjo 35.7 toneladas de cocaína en el 2012, 1.1 en el 2013 y 1.8 en el 2019; es decir, durante el reinado en el Huallaga de Artemio, uno de los últimos jefes senderistas, el cultivo de la hoja de coca y la producción de cocaína fueron muy altos. Desde su captura, el 12 de febrero de 2012, coincidentemente, caen los indicadores hasta el último registrado en el 2019.

Monzón resume la experiencia de salir adelante sin autoritarismo ni populismo cocalero, sino con emprendimientos competitivos, basados en la capacitación, apertura de mercados y tecnología»

La Operación Fierro 2003, en el valle del Monzón, encabezada por el entonces ministro del interior Fernando Rospigliosi, como es de conocimiento, no solo neutralizó la producción de cocaína con la destrucción masiva de pozas de maceración, sino también se produjo la detención, entre otros, de conocidos dirigentes cocaleros, que, en su mayoría, salieron en libertad. Sin embargo, esta mano dura contra el narcotráfico, a la larga, no contribuyó a la reducción sustantiva de la producción de la cocaína ni de la columna terrorista que operaba en el lugar. Por el contrario, cohesionó a los diversos gremios y dirigentes cocaleros, empoderándolos en toda la zona del Alto Huallaga limitando la presencia del Estado, incluso llegaron a tener representación en el congreso con Nancy Obregón y Elsa Malpartida.

Se calcula que en el VRAEM la columna terrorista del MPCM de los hermanos Quispe Palomino está integrada por aproximadamente cien personas según los analistas del tema. Sin embargo, la otra realidad es que el narcotráfico sigue en ascenso. De acuerdo con el OPD y el Índice de Producción Anual de Cocaína, en el 2012, en el VRAEM se registra una producción de 226.4 toneladas y, en el 2019, 269.0; es decir, en la actualidad, representa más del 50% de la producción de cocaína a nivel nacional. Con estas cifras, detrás de Colombia a nivel global, ¿el narcotráfico no es una amenaza real para todo el sistema?

El de Monzón es un caso a tomar en cuenta. El exalcalde Ing. Víctor Pajuelo Santos (período 2015 – 2018) y el actual alcalde Ing. Michael Rubio Gabriel, en primer lugar, marcaron distancia con la dirigencia cocalera anti erradicación, discurso que predominó durante muchos años, con la comparsa incluso de Artemio, para apostar por el desarrollo integral del distrito con proyectos productivos y alternativos. El primero impulsó, entre otras gestiones, la construcción de centrales hidroeléctricas con inversión privada y, el actual, viene consolidando proyectos productivos de café.

En el 2020, en plena pandemia, la Asociación de Productores Cafetaleros del Valle del Monzón (APROCAF) exportó más de un millón de kilos de café para Starbucks. El propósito es posicionar el café orgánico de Monzón como uno de los mejores del mundo. Para ello se ha puesto en marcha una pequeña planta procesadora de café que, a la vez, funciona como una escuela de baristas y catadores para los hijos de los agricultores, así como una certificadora de calidad para los productores.

Desde hace año y medio entró en servicio la carretera de doble vía debidamente asfaltada de Tingo María a Monzón, proyecto que llega hasta Ancash, aún en construcción. Esta importante inversión en la infraestructura pública en el Valle del Monzón, aunque limitada, ha permitido a los campesinos cocaleros tener una nueva mirada y comienzan a apostar por productos alternativos, especialmente, el cacao y el café. Es cierto que hay problemas, como también se sigue produciendo coca y cocaína, pero en menor proporción con respecto al 2012 hacia atrás.

Monzón es una posibilidad que no puede detenerse y abandonarse. Resume la experiencia de salir adelante sin autoritarismo ni populismo cocalero, sino con emprendimientos competitivos, basados en la capacitación, apertura de mercados y tecnología. Es un proyecto aún en curso.

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