¿Economía de mercado o sociedad de mercado? Un debate detrás de los resultados electorales

Pier Paolo Marzo Rodríguez
Pier Paolo Marzo Rodríguez

A la hora en que entrego esta columna no tenemos resultados electorales definitivos. Lamentablemente, la ONPE no ha avanzado en sus procedimientos y tecnología de conteo, así como el Jurado Nacional de Elecciones no ha avanzado en fiscalización electoral efectiva. Reformar las instituciones de garantía del derecho a elegir y ser elegido, de manera que este derecho fundamental no esté condicionado al dinero, es uno de los pendientes del Bicentenario.

Pero ya sabemos que nuestro Perú está electoralmente dividido por mitades. También que esta división engloba otra entre regiones costeras y regiones andinas. En las puramente amazónicas, los resultados siguen el promedio nacional.

¿En qué consisten estas divisiones? Sería superficial quedarnos en nombres de dos candidaturas. Así que entremos un poco en profundidad. Algo bastante evidente es que la mitad del país prefiere algunas mejoras (bonos, por ejemplo); pero sin mayores cambios en la relación del Estado con la sociedad. Que hoy es de baja intervención en la vida cotidiana económica y social, al punto que para muchos es normal tener que hacer “polladas por salud” cada vez que tenemos algún familiar enfermo; o perder la mitad de la producción agrícola en el transporte desde la chacra hasta el mercado minorista, o trabajar con contratos temporales o sin ellos, a veces por menos del sueldo mínimo. Otra mitad quiere cambiar todo eso, aún a costa de incertidumbre económica. De fondo, en la mitad de los electores tenemos una visión que ha confundido economía de mercado con sociedad de mercado, cuando ambos son conceptos contradictorios, como sí lo intuye la otra mitad de los electores.

En efecto, en una economía de mercado el acceso a los bienes mercantiles se da mediante la concurrencia en el mercado, donde se compra y venden artículos de consumo. Es normal y aceptado que algunos compren un celular de tres mil soles y otros, de trescientos soles. O unos, una 4 x 4 todo terreno, y otros, una bicicleta. Pero también se entiende que hay algunos bienes que el dinero no debe comprar. La amistad, por ejemplo. Sabemos que pagar por amistad, no da amistades reales. La vida, igualmente. Sabemos que “nadie tiene la vida comprada”. Experimentamos que una alegría por ganar un importante certamen deportivo, puede ser igual de intensa dentro del estadio al que accedimos con un costoso boleto, o en medio de una plaza pública a donde llegamos caminando. En general, en una economía de mercado, las condiciones para la vida también deberían ser accesibles sin importar de cuánto dinero se dispone. Hoy, esas condiciones son bienes relacionados a la salud, el acceso a la internet, la posibilidad de postular a cargos de elección popular, el acceso a mercados, principalmente.

En cambio, en una sociedad de mercado, todo se compra o se vende. Esta visión facilita las prácticas de corrupción, que suelen darse al buscar dinero por bienes o servicios que deben ser gratuitos. Facilita también la negación de insumos y prestaciones necesarios para la vida cuando uno tiene un padecimiento, salvo que se pague por ellas. Así como la obtención de votos según pagos o que se hagan a operadores en territorios, o gastos en publicidad. En general, en una sociedad de mercado se normaliza el pago por acceder a los bienes que permiten vivir. A su vez, esto normaliza desigualdades discriminatorias en la vivencia de derechos fundamentales. Rechazar esto, es lo que está detrás del mensaje de “cambio del modelo económico social”, que es por lo que poco más de la mitad de electores viene votando desde hace dos décadas, sufriendo una defraudación tras otra.

Ojo que no todos los votantes conservadores aceptan que bienes esenciales estén fuera del alcance de los pobres. Hay conservadores que entienden que hay bienes a los que todos deberían acceder; pero que han votado por mantener la situación actual debido a miedos inducidos por la propaganda electoral de quiénes tienen intereses en ello. En los recientes procesos electorales, a estos intereses por mantener posiciones de privilegio, se añaden los intereses por eludir la acción de la justicia en varios casos con acusaciones fiscales, lo que ha hecho más intensa una propaganda basada en asustar, limitando el debate sobre el tipo de sociedad y de economía en que queremos vivir. Es momento de traerlo al primer plano.

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