Los barrios de Huánuco

Mario A. Malpartida Besada

LOS BARRIOS tradicionales de cada localidad son los bastiones donde se guarecen los recuerdos nostálgicos de hombres y mujeres de todas las ciudades. Es que por ahí se sentaron las bases para la llamada identidad regional, además de que la relación de vecindad existente contribuye a despertar la hermandad, la solidaridad, los amores y hasta la formación de familias, entre sus integrantes. En este sentido, los personajes, los usos y costumbres de viejos tiempos en la misma geografía, permanecen en la memoria colectiva de los pueblos, a veces enriquecidas por las leyendas, pero también con el riesgo de perderse o desvirtuarse. De ahí la importancia de perennizar esos tiempos a través de la palabra escrita, mejor si es con talento artístico, tal como lo ha hecho Virgilio López Calderón (Huánuco, 1936-Lima 2019) en una de las líneas temáticas de sus afamadas crónicas del ayer.

Esto ha ocurrido con Los barrios de Huánuco en Mis crónicas del ayer (Huánuco, Amarilis Indiana, 2021), rigurosa selección de crónicas alusivas al tema realizada por el editor, Hevert Laos Visag, que nos invita a la relectura de las crónicas «Iscuchaca», «Huallayco vida», «La Alameda», «La Cruz Blanca», «San Pedro pendencia» y «El Beaterio», acaso de las más sabrosas que ha escrito López Calderón, incluidas en el voluminoso libro Mis crónicas del ayer, de varias ediciones en la misma y única casa editora que difundió su obra. Su lectura nos adentrará aún más en la historia, sus tradiciones, sus personajes emblemáticos, en fin, en el sentimiento regional, y también nos hará recordar con nostalgia o a sonreír con picardía.

En primera instancia aparece «Iscuchaca», sobre el barrio de más abolengo y de los primeros en la ciudad de Huánuco, según afirmaciones del autor. Rememora lugares aledaños como el Acequión de dos aguas, los molinos de Paltos y de Batán, así como la antigua Calle Real, hoy jirón Dos de Mayo.  Explica las diferentes versiones para el nombre y, posteriormente, de la denominación de «dulce». Pero en el marco de la pintura del lugar, sus límites y un amplio repertorio de incidencias, se da tiempo para insertar memorables historias ocurridas en el lugar, como la protagonizada por la exuberante Rosita Seretti, domiciliada entre los actuales jirones Mayro y Dos de Mayo. Encandiló a tirios y troyanos y despertó nuevas sensaciones entre mozalbetes de la época. La descripción, entre risueña y pecaminosa de su strep tease como ritual para despedir el año viejo, es magistral.

El goce de la literatura está en su lectura, más aún cuando, al margen de lo placentero que resulta, el contenido nos remite a un reencuentro con el Huánuco del ayer que fuera retenida en la prodigiosa memoria de Virgilio López Calderón».

En «Huallyaco vida» sigue el mismo procedimiento anterior: pintura del lugar, personajes emblemáticos, hechos curiosos y graciosos, etc. Pero si Iscucacha es el de más abolengo, Huayallco es el más representativo, tanto así que se ha convertido en el símbolo de Huánuco. Explica con detenimiento varias versiones del porqué del adjetivo «vida».

Está dividida en varios apartados, cada cual con historias, tradiciones y personajes propios, generalmente con el toque risueño fundido dentro de la minuciosa información. Quizá la de mayor picardía sea aquella que relata un pasaje en la vida de Hortensia, conocida como Hutica, de acuerdo con la costumbre huanuqueña de usar hipocorísticos particulares. Tenía problemas al pronunciar la Ch y le salía como la T. Así, por ejemplo, en lugar de chancho decía tanto. Un día un señor se propasó con ella y ella lo denunció diciendo: «Tacón es malo», cuando quería decir: «Chacón es malo». Si quieren saber qué le hizo Chacón, pues a leer la crónica.

«La Alameda» se refiere al barrio originalmente llamado «Alameda del Patrocinio» que sirve como límite de la población hacia el lado norte, según precisión que hace el autor. Afirma también que, a partir de 1821, se le rebautizó como «Alameda de la República», luego simplemente La Alameda, aunque también recibe el nombre de «Patrocinio». Estos y otros intríngulis los explica con minuciosidad de datos y simpáticos detalles. Destaca la presencia de la iglesia El Patrocinio, la Cofradía de los Negritos con mención de sus más importantes caporales, corochanos, etc; también diversas fiestas y el encanto de los fresnos. Igualmente, costumbres que perduran hasta la fecha, tales como ser el lugar de concentración de los carros alegóricos y comparsas para su desfile por la ciudad en carnavales. Otras preciosidades magistralmente narradas, como la aparición de un cuerpo extraño en uno de sus fresnos, en el texto completo.

La crónica que prosigue en esta enjundiosa antología es «La Cruz Blanca», relacionada con la capilla la Cruz Blanca, entre la Alameda y Dos de Mayo. Y la pregunta motivadora es: «¿Por qué blanca si está pintada de verde?».  La respuesta tiene ribetes históricos, legendarios, cinematográficos, amorosos, eróticos, mágico-religiosos, todo ello envuelto en un lenguaje convincente con estructura de cuento. Realmente fascinante; final de escalofrío.

En la crónica «San Pedro pendencia», obviamente, se refiere al barrio signado por la presencia de la antigua iglesia de San Pedro ubicada, originalmente, «en la sexta cuadra del jirón Leoncio Prado. Con relación al extraño adjetivo que acompaña al nombre, López Calderón informa sobre las diferentes versiones que intentan explicarlo, cada cual con simpáticas referencias. Como hecho curioso nos cuenta que «antiguamente el barrio se llamó Huacchacato, que significa calle del pobre».

Igualmente, está estructurada sobre la base de varios apartados, cuyos títulos son toda una invitación a la lectura: El terror de San pedro, Mosquito, Trapito, Vaporito, El palito, entre otros.

Culmina esa significativa selección con la crónica «Beaterio», cuyas páginas iniciales son para presentar a emblemáticos personajes que avecindaron por la circunscripción, cada uno de ellos con anécdotas que marcaron sus vidas. Este barrio debe su nombre a «la presencia del Beaterio o convento de las religiosas de la Inmaculada Concepción, con su iglesia y su colegio». Al igual que otros casos, la divide en historias y les dedica episodios particulares a los vecinos, los Negritos de Chacón, a don Shatuco Morales, los panaderos, etc.

Esta palidísima reseña es apenas una guiñada al libro. Como siempre ocurre, el goce de la literatura está en su lectura, más aún cuando, al margen de lo placentero que resulta, el contenido nos remite a un reencuentro con el Huánuco del ayer que fuera retenida en la prodigiosa memoria de Virgilio López Calderón y convertida en palabra escrita, y bien escrita.

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