La humillada cerviz levantó

Germán Vargas Farías

Al momento de escribir esta columna, aún faltan actas por contar, pero el resultado favorable a Perú Libre parece ya irreversible. Tras una intensa y dura contienda electoral, en segunda vuelta, Pedro Castillo ha sido elegido presidente de la República.

Es tiempo, entonces, de reflexionar sobre todo lo acontecido, y habrá que hacerlo pronto sin minimizar lo evidenciado, pero sin revanchismos ni triunfalismos.

En primer lugar, con tantas miserias manifiestas en estas elecciones, no debiéramos perder la oportunidad de atender los desafíos que implican. Me refiero al deshonor de élites políticas y empresariales que han coaccionado en su afán de mantener el control del poder, y envilecen el sentido de la democracia que casi siempre confunden con sus intereses.

Una de las expresiones más groseras de ese envilecimiento lo hemos visto en los medios y la cobertura electoral que han ofrecido a la población, particularmente en los medios de alcance nacional. Su prepotencia quizás explique la resistencia de un vasto sector de la gente, que no cedió a sus pretensiones.

Ha sido patético ver a Álvaro Vargas Llosa interpretando y justificando, con aparente candidez, la irresponsable denuncia de fraude hecha por la señora Fujimori»

El caso de América Televisión y Canal N, cuyos directivos y propietarios no tuvieron ningún empacho en transgredir su compromiso de ejercer un periodismo transparente, equilibrado y objetivo, ha merecido el rechazo de los propios periodistas, escandalizados porque se quebraron prácticas elementales como aquella de transmitir equitativamente los cierres de campaña de los dos candidatos a la presidencia de la República.

Eso y otras conductas deberían merecer el reproche ciudadano, sin incurrir en censura ni afectar la libertad que, desgraciadamente, ellos mismos -propietarios y directivos- pervierten.

Otra de las manifestaciones que urge atender es aquella que muestra tan descarnadamente el racismo, el desprecio y la apelación a los discursos de odio en varios sectores de la sociedad, lo cual empieza o es promovido por esas élites a las que me referí al inicio. Para el psicoanalista Jorge Bruce, aunque los políticos entienden perfectamente las categorías morales, prescinden de ellas y optan por «vivir al margen de esos límites que Kant consideraba como las barreras contra la barbarie»

Es así que el terruqueo ha sido uno de los recursos más utilizados para descalificar, habiéndolo extendido a todas aquellas personas que declararon su decisión de votar por el candidato Castillo. No recuerdo otro momento en nuestra historia republicana que se haya hablado tanto de defender la democracia, a la vez que se agredía brutalmente a quien pensara diferente.

Estas elecciones han marcado también la caída de algunos personajes considerados referentes en el país. Mario Vargas Llosa fue durante los procesos electorales anteriores, uno de los más reconocidos. Su temprana adhesión a la candidata a quien justificadamente rechazó en los últimos diez años, por sus vínculos con la corrupción, fue decepcionante. Y, si consideramos lo que han logrado, inútil.

Ha sido patético ver a Álvaro Vargas Llosa interpretando y justificando, con aparente candidez, la irresponsable denuncia de fraude hecha por la señora Fujimori, cuando lo que correspondía era recordarle los compromisos contraídos. Ojalá que, por decoro, esta sea la última vez que Vargas Llosa padre e hijo se atribuyen el papel de garantes de la democracia. Han perdido la apuesta, y su credibilidad.

Es mucho más lo que necesitamos revisar, y por el bien del país y de su gente, nosotros mismos, no desdeñemos la oportunidad. Confieso sentir alivio, no merecíamos un gobierno que reivindicaba uno de los regímenes más siniestros de nuestra historia, ahora debemos hacer todo lo democráticamente posible para que no vuelva a ser alternativa.

El 28 de julio, cuando celebremos el bicentenario y se inaugure un nuevo gobierno, al menos no tendremos la vergüenza de presenciar el regreso de una agrupación, el fujimorismo, que ha representado los antivalores de la política en el Perú. Entonces, tal vez toque volver a cantar la vieja estrofa del himno que dice «la humillada cerviz levantó»

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