7 de setiembre

A María, mi madre, siempre.

Jorge Cabanillas Quispe

En la azotea, ella observaba el cielo con los ojos llenos de ilusiones y el corazón palpitante, pensaba, seguramente, en las tardes de su mocedad cuando ingresaba al Heraclio Tapia y «arriba, León», gritaba a todo pulmón o en sus días de encierro cuando dicho equipo descendió a segunda división. Evocaba quizá las canciones de antaño que escuchó en la radio del abuelo y que hoy tararea mientras está sentada haciendo números frente a una computadora o limpiando con obsesión los lugares por donde camina.

Nos vimos por primera vez un día de febrero en un hospital de la ciudad y dicen que nuestros ojos se llenaron de lágrimas. Recuerdo sus primeros cuidados, recuerdo las Navidades cuando junto a mi hermana creíamos que era Santa, el gordo barbón que sale en televisión, el que dejaba los regalos para cada uno, pero era la mujer que en esas fechas tenía los ojos cansados y que con sus brazos extendidos y una sonrisa franca nos abrazaba con la fuerza con la que Dios creo el mundo, quien con cada hora de trabajo hacía posible el carrito y la muñeca. Ella suele recordar sus días en el Colegio Leoncio Prado, sus tardes de vóley, su rol de hermana encargada de la cocina en la casa de los abuelos; sus hermanos, seguramente, recuerdan con claridad las reprimendas y los correctivos que les aplicaba.

Cada mañana, sin importar la hora en la que haya cerrado los ojos para descansar, espera a cada uno con una taza caliente, con el café recién pasado y con algo para no salir de casa sin probar bocado. Ella que con sus hermosos ojos marrones es capaz de encontrar lo que sea como aquella tarde en la que me extravié por no conocer el camino; ella que me guía con las manos juntas como aquella mañana de marzo que me llevó, junto a mi hermana, a mi primer día de clases; ella que con su voz firme y melodiosa canta al ritmo de las aves, grita fuerte cuando Messi tiene la pelota y ya ni qué decir cuando, luego de una de sus genialidades, la Pulga anota un gol; reprende firmemente cuando hay que hacerlo y nos da la seguridad de cruzar sin miedo de lo que haya en la otra orilla.

Sigue en la azotea, la veo y pienso en que a veces es frágil también, pero que tiene el orgullo intacto y llora a escondidas, que reza cada noche por sus tres hijos a los que sigue pariendo sobre todo cuando se ausentan, que piensa en sus padres y aún no comprende muchas cosas, que piensa en Ruth como aquella tarde de agosto.

A esa hora, María, mi madre, parece que tiene los sueños intactos. Sé que la vida ha pasado y no ha sido fácil, pero conserva la belleza de aquella muchacha leonciopradina con brazo firme que jugaba vóley en las tardes. Ahora mira a las aves pasar y recuerda a su conejo, a la chacra, a la casa en Paucarbamba y en el jirón Huánuco, mientras tararea canciones, ella se emociona cuando le dan chocolates o rosas, mira a sus hijos en silencio y los bendice con amor. Conserva la hermosura, la sonrisa tierna y el carácter fuerte de aquella bebé que se asomó en la ciudad de los vientos un 7 de setiembre para dejar en la atmósfera la bondad de su ser.

     
 

Agregue un comentario