Años de muertes absurdas (El fin de un asesino)

A mí nadie me lo ha contado. Lo he vivido en carne propia.

Fueron años de terror, de espanto, de llanto, de miedo. Un grupo de dementes quiso imponernos su ideología (u odiología) de muerte; quiso «regalarnos» el cielo comunista, haciéndonos pasar, previamente, por un auténtico infierno de fuego y sangre.

Como muchas regiones del país, Huánuco sufrió la enajenación y el sadismo de este grupo de enloquecidos, pues era una zona estratégica para su guerra fratricida. Es más, en Huánuco podían aliarse a esa otra lacra social: el narcotráfico, vivito y coleando en aquella época, a quienes protegían recibiendo a cambio inagotables cantidades de dólares con el que financiaban su guerra asesina. Por eso, dos años después de iniciada su campaña fanática y brutal (mayo del 1980), ya estaban ocupando la selva huanuqueña, matando campesinos, amenazando a profesores, dinamitando carreteras, degollando mujeres frente a la población entera.

Toda esa barbarie fue dirigida por un cobarde que se hacía llamar presidente Gonzalo y se creía la cuarta espada comunista. Dirigida por un miserable que hace veintinueve años fue capturado por un grupo especial de la policía, entregándose como una gallina sin disparar un solo tiro que es lo que habría hecho cualquier valiente.   Fue condenado a cadena perpetua y hace un par de días atrás murió senil y enfermo en su celda personal a los 86 años.

Hay muertes que dignifican una vida, muertes que transforman merecidamente al individuo. Este no es el caso de alias presidente Gonzalo. Aún muerto, este asesino seguirá siendo un asesino, este cobarde seguirá siendo cobarde, este hombre cruel, frío y sanguinario seguirá siendo cruel, frío y sanguinario. Así de simple, aunque sus viudas ideológicas cegadas por su fanatismo y aprecio a la muerte digan ahora que fue un gran «filósofo», un luchador social o cosas parecidas… Pamplinas, los que hemos vivido esa época sangrienta, los que hemos sufrido las consecuencias de sus desvaríos de matarife vulgar, sabemos lo que realmente fue: un carnicero cruel y abusivo que daba órdenes a sus huestes alucinadas y enceguecidas para matar a tanta gente humilde con un torniquete (porque había que ahorrar balas) mientras él, estaba escondido tomando vinos caros y comiendo y viviendo a cuerpo de rey.

Al salir del aula pude ver con estos ojos que no se lo comerán los gusanos pues pediré ser cremado, a tres personas encapuchadas que corrían cruzando el parquecito blandiendo sus armas largas y cortas y dando vivas a la revolución armada: acababan de asesinar, en la puerta misma de la universidad hermiliovaldizana, al docente y abogado Manuel Milla Pinzás»

No creo que haya peruano que no haya sufrido directa o indirectamente la tragedia de aquella sangría descomunal. En la costa, la sierra o la selva; en el campo o en la ciudad, podía entreverse la mancha de sangre que dejaban a su paso estos forajidos ideologizados. Y como digo líneas atrás, Huánuco, ha sido una de las regiones en donde más se ensañaron practicando su deporte favorito: matar si no estabas de acuerdo con ellos.

Por ejemplo, en el antiguo local de la Facultad de Educación de la Unheval, una tarde ingresaron como Pedro en su casa y dispararon contra el profesor Denis Lucas hiriéndolo de muerte. Después de una larga agonía, el docente falleció dejando agobiado por el dolor a toda su familia.

Otra tarde estaba desarrollando clases en el segundo piso del pabellón dos de la Ciudad Universitaria; de pronto, se escucharon unos disparos y una gran cantidad de alumnos que deambulaban por los pasadizos corrieron en estampida a refugiarse en los salones. Al salir del aula pude ver con estos ojos que no se lo comerán los gusanos pues pediré ser cremado, a tres personas encapuchadas que corrían cruzando el parquecito blandiendo sus armas largas y cortas y dando vivas a la revolución armada: acababan de asesinar, en la puerta misma de la universidad hermiliovaldizana, al docente y abogado Manuel Milla Pinzás. El abogado probablemente estaba amenazado y sabía que lo buscaban para matarlo, ya que andaba armado. Cuando llegué abriéndome paso entre la multitud, el cadáver yacía boca arriba y debajo de su terno azul estaba en un estuche un revólver que no le sirvió de nada pues, muy al estilo de los cobardes lo mataron por la espalda. Su cabeza parecía remojado en un charco de sangre.

Otro día, la víctima fue el profesor Carlos Gallardo, docente muy respetado y estimado entre sus alumnos. Y quizás por eso, sus verdugos decidieron que debían matarlo frente a ellos. Entraron al salón y delante de todos le encajaron varios tiros muriendo instantáneamente. El pavor de sus estudiantes no es menor al espectáculo sangriento que se podía ver cuando la muerte llega intempestivamente.

Estas son algunas de las muchísimas tragedias generadas por estos delincuentes terroristas al mando de alias presidente Gonzalo: dolor, muerte, llanto, miedo… Ojalá sea solo un mal sueño y que la historia aciaga y amarga no vuelva a repetirse jamás, aunque haya que lidiar con imbéciles que no recuerdan nada y quieren convertir en héroe (de barro, como muchos) a uno de los asesinos seriales más crueles de estos tiempos.

Huánuco, 12 de setiembre del 2021.

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