Considerando en frío, imparcialmente, cabe la esperanza

Germán Vargas Farías

Era octubre de 2017, y en la sala Miguel Grau del Palacio Legislativo se desarrollaba el evento «Participación de Huánuco en la Gesta por la Independencia del Perú». El entonces congresista Juan Sheput Moore, presidente de la Comisión Especial Multipartidaria Conmemorativa del Bicentenario de la Independencia del Perú, se refería a los héroes independentistas en su saludo de bienvenida señalando que ningún peruano debe ingresar al bicentenario de la patria desconociendo la verdadera historia de los movimientos emancipadores.

Exponía aquella vez Sheput, que «antes de la independencia del Perú, se concretó un proceso de movimientos locales libertarios dirigidos por los próceres que son ejemplos para todo peruano»; y exhortaba a todos, especialmente a los historiadores, antropólogos, sicólogos, literatos, a «cumplir la importante misión de orientar a las nuevas generaciones de peruanos que deben conocer fehacientemente quiénes fueron los líderes de las gestas libertadoras y emancipadoras que forjaron la independencia de la Patria».

Pasan más de tres años de aquella disertación, es noviembre de 2020, y Juan Sheput, flamante ministro de Trabajo y Promoción del Empleo del gobierno usurpador de Manuel Merino, lamenta que las movilizaciones perjudiquen los negocios, aconseja «protestar, pero con calma», y funge de analista político para decir que la cantidad de participantes en las marchas «está aminorando»,  que los jóvenes –con quienes conversa- están más preocupados por otros temas que por la crisis política y moral del país, y que aquellos que participan debían definir bien lo que querían. El objetivo de las manifestaciones: «es muy difuso», señala.

«Cuando la pequeñez va acompañada de prejuicio y vanidad, se manifiesta en indolencia y termina estropeando los sentidos de las personas»

Aquel congresista que afirmaba que todos los peruanos debían conocer las gestas libertadoras, era incapaz –ahora como ministro- de reconocer una de carácter democrático que tenía frente a sus narices, torpe para percatarse de sus «objetivos concretos», y mezquino ante la generosidad de decenas de miles de manifestantes -mayoritariamente jóvenes- que en Lima, Huánuco, y todas las regiones del país, rechazaban multitudinariamente la podredumbre moral y política de un grupete de políticos que se coludían para perpetrar un golpe de estado, creyendo que podrían  salirse con la suya.

Cuando la pequeñez va acompañada de prejuicio y vanidad, se manifiesta en indolencia y termina estropeando los sentidos de las personas. Me parece que eso se evidencia en el caso de Sheput, así como de Antero Flores-Aráoz, el fugaz primer ministro del gobierno golpista que parece nunca entenderá el por qué de la indignación manifestada de la gente. «Quiero comprender que algo les fastidia, pero no sé qué», dijo denotando su desprecio.

“¿Qué puede inducir a un hombre que no es tonto a decir tonterías?”, se preguntó Mario Vargas Llosa para referirse hace más de diez años a Flores-Aráoz, a propósito de una de sus majaderías que conviene recordar. Y el mismo Nobel se respondió “dos cosas, profundamente arraigadas en la clase política peruana y latinoamericana: la intolerancia y la incultura”.

De eso, de la falta de escrúpulos, y del racismo en el caso del ex presidente del Consejo de Ministros, nos hemos librado con la caída del gobierno golpista de Manuel Merino, ese opaco personaje que pareció ser inventado para advertirnos una vez más que, si nos descuidamos, lo peor puede sobrevenir.  

Ahora estamos en un nuevo momento, la pesadilla -ese mal sueño- terminó. Ayer asistimos esperanzados a la asunción como presidente de la República de una persona que está en las antípodas de los mencionados. Sobrio, mesurado, decente. Francisco Sagasti se proyecta como el líder que requerimos en una circunstancia tan compleja como esta. No se trata de exagerar los ánimos, ni de sobredimensionar las expectativas, pero –lo percibo- ahora podremos respirar tranquilos. Y quiero creer que la sensación de alivio se mantendrá.

El presidente Sagasti terminó ayer su discurso citando un poema de César Vallejo que lo leyó para compartir su anhelo de trabajar para superar rencillas y disipar rencores. «Considerando en frío, imparcialmente», después de describir y hacer memoria de la mediocridad y el deshonor, podemos permitirnos una pausa, confiar en esta hora y, vislumbrando lo que viene, trabajar para lograr lo que queremos, emocionados.

     
 

Agregue un comentario