El implacable tiempo

Jorge Cabanillas Quispe

La lluvia caía en la hora vespertina, Felipe caminaba por las céntricas calles de su ciudad fascinado de ver cómo todos huían despavoridos ante las gotas que llegaban del cielo. El viento era frío y fuerte a esa hora. Había mantenido su celular apagado durante toda esa tarde. Tarareó la canción que había tomado por asalto su memoria a esa hora y cambiaba de nombre a la protagonista del coro de Milanés. La lluvia ya había cesado, caminó por la plaza y un grupo de personas se comenzaba a reunir en torno a un escenario. La brisa nocturna era ya delicada, caminó para alejarse de la gente; de repente, al dirigir su mirada la vio a través del vidrio de un auto que cruzaba el semáforo de aquella esquina.

Continuó su camino. Encendió su celular y se arrepintió de haberlo hecho, un mensaje le anunciaba la muerte de Pablo, el trovador cubano. Encendió un cigarrillo, recordó haberse fundido en sus últimas noches de insomnio aguardando la nada y escuchando una y otra vez alguna de sus canciones. Ahora estaba frente a la videocasetera antigua que le había pertenecido a alguno de sus abuelos. Iba a ser una noche larga. Abrió uno de sus cajones y puso un casete, encendió un cigarrillo, agachó la cabeza y apoyó sus codos sobre sus rodillas; escuchó la letra, pensó en los personajes: los imaginó caminando por su ciudad a cada uno con una historia diferente, pensó en Yolanda, la de Milanés, y se excusó con el autor por haberla rebautizado con otro nombre cada vez que escuchaba esa canción, por jamás atreverse a preguntarle si se quedaría una vez más por miedo a un jamás. Felipe entendió que, también él, acompañaba a su sombra por las calles llenas de vientos en las que evitaba perderse el paso a sí mismo.

Felipe hablaba en voz alta en medio del espacio vacío, le contaba al las imágenes que se formaban con el humo del cigarrillo que en la ciudad de los vientos también habían travestis perdidos, guardias pendencieros, que también ahí tenía una puerta invisible gigantesca por donde el tiempo inmisericorde pasaba sin que nadie lo notara, que también en esta parte del mundo los tiranos que se disfrazan de corderos en tiempos electorales se abrazan hipócritamente para defender sus bolsillos, pero que nadie iniciaba una revuelta; que habían curas que querían destruir una parte del único seminario para convertirlo en un garaje, pues ha de ser más valioso cualquier mísero peso que un rezo, que ahora mismo una imagen en su escritorio le recordaban que la brisa que silva un nombre a cada instante y que el recuerdo de su aroma no son suficientes para llenar su soledad.

Miró al techo, todo se llenó de silencio. Felipe hubiera querido seguir cantando una y otra vez hasta que lo sorprenda una vez más el alba, pero volvió a la realidad y, aunque hubiese preferido que esa casetera no dejara de sonar jamás para escuchar la voz del trovador y que el semáforo aquella noche hubiera permanecido en rojo algunas horas para verla un poco más, comprendió con una extraña sensación en el pecho que el implacable tiempo había pasado, que solo se nos permite observar a las musas un instante y que Pablo Milanés, aunque no sus canciones, había muerto esa noche para siempre.

     
 

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