El plato de mi tierra

Doenits Martín Mora

El plato de juane parecía un regalo abierto sobre la mesa. El hombre agudizó la mirada y torció los labios, con desconfianza. Evaluó lo que tenía al frente: la masa de arroz, verde y compacta, presumía firmeza; el refresco, colmado en el vaso, exhibía el color del camu camu; en el pequeño recipiente, la salsa espesa y ambarina, parecía de cocona. ¿La sazón lo defraudaría? Incluso el aroma, voluble y condensado, correspondía a los insumos adecuados. “Veamos si tiene lo necesario para ser juane”, se dijo, en tanto desenvolvía los cubiertos de la servilleta.

Descendió el tenedor al plato y cargó una ración de arroz. Se llevó el tenedor a los labios. Al saborear el juane, aún desconfiado, su paladar fue diferenciando la combinación de ingredientes selváticos, mezclados, cocidos y vaporizados, en una concentración especial. “¿Cómo hicieron para prepararlo igual que en la selva?”, se dijo, sorprendido.

Estaba en una ciudad diferente, plagada de imitaciones culinarias, dentro de un restaurante deplorable, y, sin embargo, al degustar el juane, se sentía como en casa, acompañado de los suyos, envuelto en el calor de la selva.

Volvió a cargar el tenedor de arroz y a llevarse otra ración a la boca. No cabía duda: se trataba de un juane auténtico, preparado como en los lugares más recónditos, por manos conocedoras de sus más ocultos secretos. Había valido el tiempo de espera, pese a todo.

En el siguiente bocado, mientras masticaba, su entusiasmo había mejorado, alentado por el deleite en el paladar. Menos le importaba que lo trataran mal durante el día. Personas desagradables existían en todas partes, sea el interior del país o la ciudad más importante.

Entreveró el arroz con el tacacho antes de volver a cargar el tenedor. Solo había tenido un mal día al encontrarse con varias de ellas en diversos lugares. Él también se ponía desagradable algunos días, sobre todo, cuando los dolores reaparecían.

Vertió chorritos de salsa sobre el juane, a fin de potenciar el sabor del arroz. Pero no por eso iría a quedarse más de lo necesario. Había tenido suficiente para comprender su desarraigo con la vida capitalina. ¿Cómo harían los que se venían a vivir dejándolo todo? Sufrirían los primeros meses: el clima, el desorden y la carencia los agobiaría. Pero no por eso renunciaban: resistían por sacar adelante a su familia o al establecer una. Había tantos motivos que los retenía en la ciudad, transformándolos y deslingándolos de su provincia.

Después de ingerir el último trago de refresco, levantó la cabeza y miró a su alrededor. Hombres y mujeres sonrientes, masticaban con avidez, dirigiéndose miradas joviales. “Pese a las dificultades, encuentran en la comida un momento de consuelo”, se dijo. “Es su manera de sobrellevar la angustia en la capital”.

Recogió la servilleta de la mesa y se limpió los labios, frotándoselos de un lado a otro. Se puso de pie. Hundió las manos en los bolsillos y se dirigió al mostrador, donde lo esperaba el dueño del restaurante.

Caminaba con mejor talante, satisfecho, pero aún contrariado porque debía enfrentarlo para retomar una discusión interrumpida por la comida.

     
 

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