Electrocentro en la mira

Doenits Martín Mora

Como si no fuera suficiente el susto por el sismo de 7.5 grados temprano, ahora avanzada la noche las luces de la calle se apagaban. ¿Qué habría sucedido con los faroles de los postes? Dominic se detuvo junto a la entrada de la bodega, empuñando su bolsa con pan. Miró hacia ambos lados de la calle.

El desperfecto no parecía generalizado: cuadras adelante, los postes de alumbrado público refulgían sobre la calzada y las fachadas con normalidad. Los transeúntes, sin embargo, comenzaron a apurar el paso al evidenciar las calles en penumbra. ¿Era la segunda, tercera vez, en menos de una semana? Cortes similares se habían reportado en diferentes sectores de la ciudad.

Alguna sobrecarga o mala conexión, tal vez el deterioro de los generadores. Electrocentro no brindaría detalles como siempre. Diversos usuarios se habían quejado en redes sociales la ocasión anterior. Sergio Calderón, director de una agrupación de mariachis, por ejemplo: “Cortaron la luz desde la cuadra 5 del jirón Independencia. ¿Alguna explicación Electrocentro?”. La empresa de distribución eléctrica, por supuesto, no emitió ningún comunicado. Tampoco lo haría ahora, se dijo Dominic. Tal es su proceder, como si los desperfectos fueran parte normal de su trabajo. Sin embargo, al cobrar no escatimarían ningún voltio, incluso cargarían al recibo el “normal” servicio de alumbrado público.

Si había que cortar aquí o allá, lo harían sin mayores problemas. Lo que hacía imperceptible su proceder es que afectaban aisladamente a los vecinos y solo por periodos cortos; de manera que ellos no se veían totalmente afectados o no directamente. ¿Pero qué hay de aquellos que necesitan la luz de la calle para trabajar como las brosterías, bodegas y farmacias? Ante la escasez de alumbrado público, ven afectada su clientela, descienden las ganancias del día, tienen que cerrar antes de tiempo. Electrocentro, en cambio, cobra igual por un servicio deficiente.

El problema es mayor cuando el corte es abrupto y generalizado: ya lo padecimos en los picos más altos de la pandemia. Hubo denuncias públicas que se vieron sofocadas por dificultades mucho mayores. De modo que había un responsable que señalar, se dijo Dominic, y comenzó a caminar de regreso a su casa. El problema es que nadie se atreve a mencionar Electrocentro hasta que se ve afectado; es decir, no nos quejamos cuando se va la luz en la casa vecina, sino en la nuestra.

En el caso del alumbrado público, peor aún, porque no nos afecta mientras en el interior de la vivienda haya iluminación. ¿Pero qué pasaría si tuvieras que estacionar el carro afuera, si tuvieras una bodega o un restaurant que atender? Entonces, sí nos asumiríamos víctimas ¿verdad? Por lo tanto, Electrocentro continuará con los cortes mientras los afectados se enfrenten solos ante un problema común, o no se enfrenten, que es lo que sucede. Mientras caminaba, Dominic distinguió a un hombre escondiéndose tras un poste de luz. ¿Iba a asaltarlo? Miró con mayor atención y se percató de que el hombre miccionaba. Parecía nervioso y apurado.

En cuando lo vio acercase, se levantó el cierre de la bragueta y se alejó a pasos largos. También eso generaba la escasez de luz en las calles, aunque más recaía en la falta de urbanidad. La penumbra de la vía absorbía las sombras de las fachadas, condensándola en una masa negruzca. Dominic buscó el interior de la acera y continuó caminando.

Cada cierto tramo, los postes de luz, como flores marchitas, pendían su tallo inerte hacia el pavimento. ¿Hasta cuándo normalizaríamos este servicio deficiente?, volvió a preguntarse Dominic. ¿Merecemos ser tratados así por un servicio que pagamos con decoro? Al llegar a la esquina, los faros de un vehículo resplandecieron la calle. Dominic se había detenido a contemplar la oscuridad. Tal vez, sin querer, esperamos que una tragedia como un sismo suceda para entender nuestras torpezas, pensaba.

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