En Vida

Edgard A. Gaspar Vergara
Comunicador Social

Las manos del taciturno empleado de la funeraria abren la tapa del ataúd. A través del vidrio protector, el rostro sereno del difunto, que parece dormir, denota la paz que concede la inercia. La familia en pleno rodea el féretro que reposa su carga sobre unos taburetes metálicos. No falta nadie. La esposa, en la cabecera, solloza de tiempo en tiempo detrás de unas gafas negras que protegen sus inflamados ojos. El hijo mayor flanquea a la madre por el lado derecho, tomándola de los hombros, mientras la acude en sus espasmos con un pañuelo blanco. A la izquierda del sarcófago, abrazada a la caja, llora la segunda hija del matrimonio y sus lágrimas resbalan por el brillante barniz que protege la fina madera de arce rojo.

Los amigos, algunos de los cuales tuvieron que hacer largos viajes, también se han dado cita para esta última despedida. Están incluso quienes nunca fueron a la casa del finado por un saludo de cumpleaños, o al hospital en sus últimos días. Completa el cortejo fúnebre los compañeros de promoción del colegio, que hoy se congregan por primera vez en este extraño e inesperado reencuentro.

Los violines de la orquesta cesan su nostálgica intervención en medio de la brisa vespertina que da movimiento a las flores vivas del camposanto. Ha llegado el momento de explayarse verbalmente. Uno a uno, extensos discursos toman su lugar en el tiempo. Algunos incluso suenan profundos y sinceros. Entonces, la tarde se llena de gratitudes, títulos inesperados y reconocimientos tardíos; palabras que, fusionadas con olores de flores y hedores de tumbas, se pierden en el aire, sin conseguir el efecto deseado en la corteza auditiva primaria del cerebro del fallecido, en proceso de descomposición desde hace dos días.

Después de aproximadamente treinta minutos de elogios, vivas y minutos de silencio solicitados por los ocasionales expositores, se cierra la tapa del ataúd, y este inicia el descenso a través de la negra oquedad de la tumba. El corto viaje se realiza en medio de una lluvia de pétalos de rosas blancas, al compás de las melancólicas notas musicales de la orquesta y las últimas exclamaciones de adiós y lamentaciones. Sendas paladas de soleada tierra van llenando el vacío restante, estableciendo una distancia tangible y definitiva entre la vida y la muerte. Ojalá unas cuantas, de las muchas palabras expresadas hoy, hubieran sido dichas hace unos días atrás.

«La gente tiene cosas muy bonitas que decir de ti; solo está esperando a que te mueras para que las diga.» sentencia una frase popular, y no deja de ser una cruel verdad. Tal parece que es más cómodo expresarse favorablemente sobre alguien sin sentir el incómodo escrutinio de su mirada o el cuestionamiento de su juicio. Total, el muerto, muerto está.

«Si quieres hacer feliz / a alguien que quieras mucho… / díselo hoy, sé muy bueno / en vida, hermano, en vida…» escribió acertadamente la poetisa Ana María Rabatté. Las palabras y las flores están hechas para los vivos. Un «te quiero», «eres muy importante» o un abrazo sincero a los de casa y a los amigos cercanos o lejanos son llaves que abren las fuentes de producción de endorfinas, generando felicidad en quien las da y quien las recibe. El médico del alma receta: misericordia, bondad y escucha. No hay nada más gratificante y conmovedor cuando un amigo reconoce y te dice: «Me agrada tu compañía porque tú me sabes escuchar». Las caricias al alma son las formas más esenciales de generación de bienestar. «Nunca visites panteones, / ni llenes tumbas de flores, / llena de amor corazones, / en vida, hermano, en vida…»

     
 

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