Entre la irresponsabilidad, la indiferencia y el heroismo

Claudia Hübner Mendieta

Era una mañana soleada, hace tan solo unas pocas semanas. Una tía cercana había enfermado de pronto, por lo que tuve que acompañarla junto a mi papá y mi hermano al hospital del Seguro Social. Nos situamos en la cola de urgencias. Cabe mencionar, que esta era muy larga y avanzaba con tal lentitud que pasada la primera hora ya no había nada más interesante que hacer que observar a las personas que ingresaban al hospital. De repente, una camioneta blanca entró disparada al lugar. A penas me dio tiempo para voltear y ver lo que pasaba, cuando un hombre de mediana edad sale de esta y muy desesperado grita «¡Ayúdenme, se está desangrando!». Los doctores, enfermeros y técnicos se miraron entre sí, nadie sabía atinaba que hacer, en respuesta preguntaron por los documentos de identidad de los accidentados, con tal calma y frialdad que sentí mi espalda completamente helada. «No sé quiénes son, las encontré tiradas en medio de la pista. ¡Hagan algo por favor!». Finalmente, se dieron cuenta de la urgencia de la situación y ayudaron al hombre. De la camioneta salieron tres personas, una mujer bastante mareada y con hematomas en las dos piernas, una niña de aproximadamente 4 años, y otra mujer con el brazo completamente destrozado envuelto en un polo bañado en su propia sangre. La última mujer fue enviada al quirófano de manera inmediata.

Mi tía fue internada al día siguiente al hospital y coincidentemente su compañera de cuarto era la misma mujer que entró con el brazo destrozado al hospital el día anterior. Estoy segura de que la imagen de aquella mujer desconocida, entrando en una camilla desangrándose con el brazo herido, nunca se me va a olvidar, al igual que cuando me enteré que ese día en el quirófano le tuvieron que amputar el brazo derecho. Lo que había ocurrido es que las dos mujeres y la niña paseaban en una moto, cuando de repente la que manejaba perdió el control y cayeron del vehículo. El brazo de una de las mujeres fue arrollado y destrozado por otro carro mientras estaba tirada en medio de la pista.

Esta historia estuvo rondando en mi cabeza durante un tiempo, porque siento que muestra en un mismo escenario dos posturas que puede adoptar un ser humano en la vida. La primera una conducta irresponsable y precipitada, la de las dos mujeres. Las personas nos sentimos inmortales, invencibles, sentimos que nunca nos va a pasar una desgracia, que todo lo que vemos día a día en las noticias sean robos, asesinatos, accidentes, enfermedades, les puede tocar a todos menos a nosotros. Muchos andan en moto, aunque las probabilidades de sufrir un accidente sean 12 veces más altas en comparación a las de si andamos en carro. Las personas no nos molestamos en cuidar nuestra vida, aunque esta sea lo único que tenemos asegurado. Hasta en eso somos egoístas, porque aún si morimos, los que lo van a pasar mal no somos nosotros, son las personas que se quedan aquí, que muchas veces a parte de lidiar con la tristeza tienen que cargar con responsabilidades que dejamos inconclusas.

Por otro lado, hay muy pocas personas como el hombre de la camioneta blanca que dejarían de lado, su vida y sus problemas para involucrarse en ayudar a otros. Siempre solemos poner mil excusas cuando es momento de ayudar a otra persona. Esto me hizo pensar que hay héroes o ángeles en la tierra que son capaces de ayudar a cambio de nada. Estoy casi segura que, si ese conductor no las hubiera recogido, la señora se hubiera desangrado hasta morir, ante la mirada indiferente de toda la gente.

También reflexioné con tristeza sobre la mayoría de las personas que actuamos como aquellas dos mujeres a las que no les importó las consecuencias de sus actos y de las que una terminó sin un brazo; también pensé que, si existieran más personas como el conductor de la camioneta blanca, el mundo cambiaría para bien. La decisión de cambiar, de ser indiferentes, de ser meros espectadores o de involucrarse recae en cada uno de nosotros. Cambiemos el mundo a partir de nuestros actos.

     
 

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