Estudiar hasta sangrar

Doenits Martín Mora

¿Quién no conoce la interpretación del refrán “A quien madruga Dios le ayuda”? Para algunos, incluso, fue el santo y seña en el colegio, la academia o la universidad. Sin embargo, lo que deberíamos saber también es su contraparte: “No por tanto madrugar amanece más temprano”. Porque este último refrán, poco difundido en colegios y hogares, señala que hay un límite entre el esmero moderado y excesivo. Sucede que cuando se cruza esa delgada línea las consecuencias son atroces.

Aboquémonos a la etapa preuniversitaria, que es cuando el adolescente conoce el rigor del sacrificio para ocupar una vacante en la universidad. Muchos jóvenes en su afán de compensar la desidia escolar, empiezan a tomar clases mañana, tarde y noche, leer y memorizar libros, estudiar más horas de lo habitual, y cuando se dan cuenta del gran cambio en su vida, ya están cansados o estresados; sin embargo, en lugar de hacerle un alto a su propia exigencia, insisten con mayor ahínco en los desvelos. Entonces, cruzan el límite.

Un caso ejemplar es del alumno X, que, en su afán por ingresar a la Unheval, estudiaba hasta altas horas de la noche y se despertaba de madrugada para continuar repasando. En la academia, ni salía al recreo por seguir resolviendo ejercicios. Siempre procuraba realzar su proeza, aunque esto le valiera burlas de sus compañeros.

Cuando llegó el día del examen de admisión tampoco se dio tregua. Con la misma tozudez, se despertó de madruga, repasó unas horas y se presentó puntual en la ciudad universitaria. Inició el examen de admisión. Respondió lo fácil primero, luego lo complicado. Iba por la pregunta 60, con el mismo empeño, cuando le sobrevino una hemorragia abundante por la nariz. No le importó mucho. Se quitó la camiseta y se la puso en la cara. Siguió desarrollando el examen dando todo de sí. El docente que vigilaba a los postulantes en el aula se acercó para reclamarle por quitarse la prenda, cuando el alumno X sintió perder fuerzas. Se desmayó. Una gran conmoción invadió el aula. Entre gritos y empujones, alumnos y profesores pidieron ayuda. Llegó un grupo de paramédicos en una ambulancia y se lo llevaron al tópico de la universidad. El alumno X no pudo volver a tiempo para culminar la prueba de admisión, por lo desaprobó el examen; sin embargo, siguió intentándolo hasta conseguirlo el año siguiente.

Su caso fue noticia en las aulas preuniversitarias durante meses. Él se jactaba, no sin razón, de haberse inmolado para que otros ingresaran. El día que coincidimos en el cafetín de la universidad ¾cuando ya era cachimbo¾, se animó a contarme, con la misma chispa, los pormenores de aquel día, incluso como sentía antes y después del examen. “Me había estresado, profe”, dijo. “Estudiaba mucho. A veces, hasta sin comer bien. ¿Qué tal me volvía loco?”. Reímos por lo gracioso que parecía la posibilidad de perder la cordura, pero luego coincidimos en que había puesto en riesgo su salud. Continuar esforzándose de ese modo lo habría apartado de las aulas, tal vez definitivamente. Ese día comprendí mejor que está bien esforzarse, aunque no por ello se deba afectar la salud, porque luego no quedará cuerpo ni mente que se regocije con los frutos.  Dice otro refrán: “Con amor y paciencia, nada es imposible”.

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