Inseguridad ciudadana

Doenits Martín Mora

La persona que considera la inseguridad ciudadana como falsa percepción, y no debería ser así, es nuestro presidente. En la actualidad, la delincuencia urbana todavía se mantiene como problemática social y el gobierno debería considéralo como parte de la crisis social latente, aunque su atención esté fijada en superar otros problemas domésticos.

El terrorismo se logró paliar en la década del noventa, con la captura del líder de Sendero Luminoso, Abimael Guzmán, el 12 de setiembre de 1992, luego de que devastara el país por una década, dando como resultado treinta mil muertos y veinticinco millones en pérdidas materiales. Todos creímos que la crisis social la habíamos superado descabezando a Sendero Luminoso, pero como siempre nos equivocábamos. Aunque algunos lúcidos sociólogos advertían lo que se devenía, considerando la gran cantidad de huérfanos y las familias devastadas por parte de terroristas y militares, no se les tomó real importancia a sus vaticinios para mitigar la delincuencia redoblada a largo plazo. Sin embargo, desde entonces, estábamos propensos y condenados a la delincuencia juvenil, a causa del menoscabo social, cultural y económico, que nos dejó el conflicto interno, sobre todo, por la evidente desazón de quienes habían migrado a la capital y continuaban descontentos con las desigualdades sociales.

Algunas manifestaciones de delincuencia o de violencias urbanas se han ido acrecentando con mayor apremio en los últimos años, tanto en Lima como en otros departamentos del país, y Huánuco no es la excepción, como si fuera urgente equipararlos. Los secuestros de corta duración, la extorsión, los hurtos al paso (raqueteos y cogoteos), los asaltos a bancos y automóviles, la violencia juvenil expresada en barras bravas y la proliferación de lugares para el expendio de drogas, destacan entre ellas como principales. A esto se suma el sicariato, cuyos móviles son pasionales y dinero (ajuste de cuentas por chantaje y venganza); también, podemos agregar el fenómeno social la de la cosificación (considerar a alguien una cosa), la involución de los valores o simplemente deshumanización.

La extorsión o chantaje particularmente se ha recrudecido en el norte del país. No es por ende sorpresa que haya poblado el imaginario colectivo y llenado páginas de diarios, revistas y libros, como el de nuestro Premio Nobel Mario Vargas Llosa, en cuya novela «El héroe discreto», el protagonista Felícito Yanaqué, próspero y esforzado empresario provinciano de transportes, víctima de la extorsión, se enfrenta a los delincuentes. En esta parte del Perú, nuestro querido Huánuco, también se evidencia este lastre social, aunque con menor cuantía. Pero no por eso debemos restarle importancia, sino mantenernos vigilantes ante su posible recrudecimiento. Las autoridades recién electas no deben perder de vista su inminente avance. Prestarle mayor atención a enfrentar la inseguridad ciudadana en general –descuido evidente en el actual gobierno–, nos puede evitar mayores desgracias sociales.

Parte de las causas que las generan, como a cualquier otra manifestación delincuencial, son: la extrema pobreza, que se agudiza cada vez más en los estratos necesitados, y las malas políticas del Estado, gobiernos regionales y locales par enfrenarlo; así como el desamparo educativo, que entretiene en lugar de formar ciudadanos de bien y los deja sin herramientas para hacerse de un futuro promisorio. Ya Platón nos advertía al respecto desde muchísimo tiempo atrás y aún parece que no le damos real importancia a lo que estamos padeciendo y a lo que nos corresponderá seguir sufriendo en el futuro solo por desoídos y desobedientes.

     
 

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