La angustia del vencido

Doenits Martín Mora

“¿Qué puede ser peor que estar mal y tener que venir hasta Lima a atenderte?», se dijo Mauricio. «Que te hagan venir por gusto una y otra vez».

En el pasillo del área de Cirugía, de pie, con el brazo apoyado en la barra, donde las enfermeras atendían consultas, Mauricio esperaba al médico encargado de asignar las camillas para las intervenciones quirúrgicas. El hospital bullía personal médico en la media mañana gris.

La enfermera a cargo, una mujer mayor, vestida con indumentaria celeste, revisaba unos tableros metálicos, mientras las demás revisaban unos documentos a su alrededor, haciéndole preguntas.

Minutos antes, le había dicho a Mauricio:

–No encuentro su nombre por ninguna parte. Quien le haya pedido sus datos, no lo registró en la lista de pacientes.

–¿Cómo puede ser eso posible? –dijo Mauricio–. La señorita que le tomó una foto a mi orden de hospitalización, hace un mes, me indicó que en esta fecha sería posible mi internamiento.

–Como le digo, su nombre no figura en la lista –dijo la enfermera–. Yo cumplo con informarle lo que tengo aquí. El médico encargado debe saber lo que sucedió.

–¿Lo puede llamar, por favor?

La enfermera bordeó la barra desde el interior y cruzó el pasillo, hacia la sala de enfrente. Desde la puerta, con ademan familiar, llamó a una persona en voz baja y respetuosa. El médico adelantó la cabeza y miró a ambos lados; asintió, antes de regresar al interior de la sala.

–Ya sale el médico –dijo la enfermera a Mauricio, de regreso a la barra.

«¿Qué pudo haber sucedido?», pensó Mauricio. La última vez que se había apersonado al mismo lugar, las enfermeras estaban de cambio de turno. Nadie sabía indicarle lo que debía hacer para separar una camilla.

–¿Por qué viene a esta hora, señor? –le dijo una enfermera, atareada.

–Recién el doctor me emitió la orden de internamiento –dijo Mauricio.

En el ajetreo compartido, ninguna enfermera le prestó mayor atención.

Mauricio buscaba a alguien aparte que podría ayudarlo, cuando una señorita vestida de uniforme oscuro y chaqueta de médico, salió de la sala de enfrente.

Antes de que se perdiera por el pasillo, Mauricio, inquieto y desesperado, le pidió que lo ayudara.

–Déjeme tomar una foto a su orden –dijo la señorita.

Mauricio extendió la hoja sobre la barra y la señorita la apuntó con la cámara del celular.

–En cuanto regrese a la oficina, yo lo registro –dijo, con una sonrisa amable–. Su internamiento debe estar listo para el próximo mes.

–Muchas gracias –asintió Mauricio, aliviado–. No sabe cuánto se lo agradezco.

Había sido en vano. O la señorita no lo había registrado. O su registro había sido obviado. En cualquier caso, averiguaría lo que había sucedido cuando hablara con el médico. Venir desde tan lejos para que dejaran a un lado, le parecía una tremenda falta de consideración.

–¿Usted es el señor Mauricio? –dijo el médico.

–Sí –dijo Mauricio, extendiéndole una mano–. Usted debe ser el médico encargado de los internamientos.

–¿En qué puedo ayudarlo, señor? –el médico le devolvió el saludo.

–El mes pasado se supone que me registraron. Ahora vengo y me dicen que no está mi nombre.

–Es que no hay ninguna referencia de sus datos –agudizó la mirada el médico.

–¿Por gusto me pidieron la orden de hospitalización? –repuso Mauricio, fastidiado.

–No sé quién le haya pedido sus datos –se encogió de hombros el médico–. Yo soy el médico encargado y no recuerdo haberlo visto antes. ¿Me muestra su orden, por favor?

Mauricio le extendió la hoja al médico. Este la tomó y la leyó con sumo interés.

–Su orden es por una intervención quirúrgica ambulatoria, señor –dijo–. Nada grave. Estamos priorizando casos de emergencia.

–Ya lo sé –levantó la voz Mauricio–. Pero no pueden hacerme venir desde tan lejos por gusto.

Algunas cabezas se volvieron desde el interior de la barra; el intercambio de voces femeninas decayó por unos instantes.

–Si yo lo hubiera registrado, no hubiera venido por gusto –dijo el médico–. ¿Quién le pidió sus datos?

–Una señorita vestida de médico, como usted.

De pronto, la mirada del médico se ensombreció; la expresión rígida en su rostro se tornó decaída.

–Déjeme registrar sus datos –dijo, con voz entrecortada–. Le aseguraré una camilla para la próxima visita.

Con la hoja en mano, el médico retornó a la sala, cerró la puerta al entrar, y se quedó allí unos minutos.

Mauricio no terminaba de entender lo que había sucedido. Sin embargo, se sentía complacido porque ahora sí lo había atendido el mismo encargado de registrar la hospitalización. La próxima vez que viajaría, no lo haría en vano. Sin que lo esperara, se sintió animado: pronto se desquitaría de ese mal que lo torturaba desde hacía meses. Volvería a ser el mismo de antes, aunque eso le hubiera costado algunas amarguras.

–Aquí tiene –dijo el médico, devolviéndole la hoja.

–Muchas gracias –asintió Mauricio–. Ahora sí estoy en lista, ¿verdad?

–Claro que sí –dijo el médico, forzando una sonrisa.

Mauricio aguardó todavía unos minutos. Vio al médico perderse al fondo del pasillo, a pasos lentos y calmados.

Antes de retirarse de la barra, le preguntó a la enfermera a cargo:

–¿Qué pasó con la señorita que trabajaba en esa sala?

–Tuvo un accidente grave, señor –dijo la enfermera, emitiendo un suspiro–. Murió hace unas semanas. Su cuerpo no pudo resistir.

     
 

Agregue un comentario