La caridad por encima de las normas

Edgard A. Gaspar Vergara
Comunicador Social

El 31 de julio de 2019, Víctor Coella, un anciano de 96 años, residente en el condado de Providence, en Rhode Island, Estados Unidos, es llevado ante Franck Carpio, juez municipal principal del Palacio de Justicia, acusado de exceso de velocidad en una zona escolar. La falta existía, y el policía de tránsito del condado, en «estricto cumplimiento de su deber», citó al geronte ante la corte.

Enfundado en un suéter gris, pulcra camisa blanca de cuello alto, pantalón beige y cómodos mocasines marrones, peinando un cabello completamente blanco y revestido de dignidad, el Sr. Coella ingresó al tribunal con paso lento pero firme, apoyado en un bastón de madera de avellano con mango en «T». La cabeza gacha de don Víctor evidenciaba una cifosis que el peso de los años provocó sobre sus vértebras, y el temblor intermitente de sus manos manifestaba un deterioro de las funciones cognitivas y del sistema nervioso. Cuando se hubo sentado en el banquillo de acusados, frente al juez, se produjo el siguiente diálogo:

―Buenos días, señor. ―saludó el juez, conocido por la severidad de sus veredictos.

―Buenos días, juez. ―respondió el anciano, denotando naturalidad en su expresión de respeto.

―Señor Coella, usted enfrenta cargos por violar la velocidad en una zona escolar. ―disparó el juez, a quemarropa.

―¿Perdón? ―inquirió el acusado, con sincera amabilidad, evidenciando no haber escuchado la acusación formal.

―Usted es acusado por violar una zona escolar ―repitió el juez―, lo que significa que sobrepasó el límite de velocidad en una zona escolar.

―No conduzco tan rápido, juez. Tengo 96 años, voy despacio y solo conduzco cuando es necesario. Iba a realizar un examen de sangre para mi hijo. Él es discapacitado… ―manifestó, sosegadamente, en su defensa el anciano, bajando la mirada enrojecida al decir esta última frase.

El golpe emocional que causó esta sincera confesión en el magistrado se dejó sentir en su siguiente pregunta:

―¿Llevabas a tu hijo al servicio médico?

― Sí, lo llevaba para un examen de sangre. Lo llevo cada dos semanas porque tiene cáncer… ― reveló el anciano, reprimiendo un sollozo.

El golpe moral derrumbó al temido funcionario manteniéndolo en silencio por algunos incómodos segundos. Las cosas estaban claras, y solo quedaba proceder con un veredicto.

―Escuche, señor; le deseo todo lo mejor, lo mejor para su hijo; y le deseo buena salud. Su caso queda desestimado. Buena suerte a usted, y que Dios lo bendiga. ―alcanzó a sentenciar, justo antes de ceder al efecto de la corticotropina, esa hormona que produce el exceso de estrés, evacuando una lágrima que disimuló tras sus gruesos anteojos.

«La caridad siempre debe estar por encima de las normas», sostenía mi abuela, y no dejaba de tener razón. Compartir con el necesitado, socorrer al extraño, dar sin esperar nada a cambio, perdonar, brindar consuelo y empatía o alcanzar un sano consejo, son cualidades de la naturaleza humana que nos colocan al servicio de los demás, proporcionándonos grandes satisfacciones espirituales. La caridad se traduce en aquellos actos de altruismo, amabilidad, solidaridad y generosidad que debemos practicar, por sobre cualquier otro tipo de conceptos legales o formales. Esta es la gran diferencia que hay entre impartir justicia, y aplicar la ley.

     
 

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